vas a abrir? —pregunté nerviosa.
—No lo sé... —susurró.
—¿Por qué?
Bajó la mirada hacia el paquete y se tomó un momento para responder.
—Dame un segundo...
Fruncí el ceño.
—¿Es por lo que te he dicho antes? Siento haber asumido que eras gay...
—No, no es por eso... —se quedó pensativo un momento sin dejar de mirar el regalo— Es que me da miedo...
«¿Miedo?», pensé y mi respiración se aceleró.
—¿Te acuerdas cuando nos vimos por primera vez?
—¿En la fiesta? —le dije.
—No. La anterior.
Pude sentir mi corazón desbocado.
Inspiré profundo.
Asentí.
—Aquel día que ibais con prisa, en Chueca. Carlos nos presentó y nos miramos.
—Fueron dos minutos...
—Sí —sonrió nervioso.
No dije nada. No pude. Apenas moví un músculo.
—Le pregunté a Carlos por ti... Y fue cuando supe que tenías novio.
—Desde entonces... —susurré.
—Quería conocerte... —resopló—. Lo siento, no sé explicarlo mejor.
De repente empecé a notar que mis músculos se entumecían. Solo podía atender a mi respiración acelerada y mis pulsaciones.
—Y Carlos los sabe desde el principio... —hice una pausa—¿Y Nadia? —le miré abriendo bien los ojos.
—No estoy seguro.
—¿Y por qué Nadia me diría que le gustas si supiera que tú...? —no me atreví a pronunciarlo.
—Bruna...
Lore buscó mi mirada perdida. Estaba tratando de encontrar todas las pistas que confirmaran una teoría que acababa de crear.
«Y si Carlos le dijo a Nadia que Lore estaba interesado en conocerme y es por eso que Lore se ha presentado a todas las quedadas... y no han parado de dejarnos solos cada vez que se daba la oportunidad. ¿Y si Nadia me dijo que le gustaba para ver mi reacción? ¿Y si he estado viviendo en una realidad alterada?».
Di un paso atrás.
Me miró alarmado.
—Lo sabían y no me han dicho nada... —murmuré.
—No, no sabían nada. Bruna, escúchame.
Le miré con desdén.
Él quiso agarrar mi mano.
Rechacé su gesto y salí de la habitación. Estaba agotada de sentirme siempre al margen. Pasé por delante de Nadia.
—Me voy.
Nadia miró a Lore.
—Espera, te acompaño —dijo.
—No, ya te llamaré.
—¡Bruna! —agarró mi brazo.
—Me quiero ir —le dije visiblemente molesta.
—¿Qué ha pasado?
—¿No lo sabes? Creía que lo sabías todo...
Volvió a mirar a Lore que se había quedado inmóvil en el umbral de su habitación.
—No entiendo nada... Vámonos y me lo explicas.
Vino detrás de mí. Apurada. Y cuando estuvimos en la calle me rebelé.
—¿Por qué no me lo has contado?
—¿El qué? —se extrañó.
—Lo de Lore... ¿Por qué te lo has guardado? —le reproché con lágrimas en los ojos —¿Por qué? ¿Por qué no vi venir lo de Iñaki? ¿Por qué mi madre no me quiere contar las cosas? ¿Por qué siempre me entero de todo a la mitad?
Volqué toda mi rabia contenida contra Nadia. Ella sujetó el momento para que pudiera desahogarme y ni siquiera fui consciente de ello.
—¡No puedo más!
Me derrumbé en un banco de la calle. Y lloré.
Lloré tanto que me costaba tomar aliento.
Nadia me ofrecía pañuelos, me recogía la lágrimas que caían por mi barbilla con su mano y me sujetaba.
Y cuando ya no tenía fuerzas para más.
—¿Por qué me dijiste que te gustaba Lore?
—¿Qué ha pasado?
—Por lo visto nada es lo que parece...
—¿Estás segura de eso?
—No estoy segura de nada... —la miré a los ojos—. Respóndeme.
—Porque nunca lo hubieras admitido.
—¿El qué?
—Que Lore te importa.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Tengo ojos Bruna...
Me quedé callada un rato mirando a la calle.
—Vamos, te acompaño a casa.
Asentí. Estaba agotada. Pero si me quedaba sola, sabía que mi cabeza no me dejaría descansar.
—¿Te puedes quedar a dormir?
—Claro.
Ya en el taxi, recordé que el regalo seguía en la habitación de Lore.
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conflictos emocionales, novela de personajes, búsqueda de uno mismo
Editado: 21.07.2026