Los Secretos

29. El beso

—¿Qué beso? —pregunté confundida.

—No, perdona. Lo he dicho sin pensar… —negó con la cabeza.

—¿Nos dimos un beso cuando iba borracha? —abrí los ojos tensionando la cara.

—No, no —abrió las palmas de sus manos como tratando de frenar mis pensamientos— ¡Qué va! Se me ha ido la boca… no me hagas caso.

Le miré fijamente y fruncí el ceño.

—Es que… Bueno, a ver… Cuando nos presentaron en la fiesta del trabajo de estos… —me miró para asegurarse de que sabía de lo que estaba hablando— hubo un roce de labios… ¿te acuerdas?

—Accidental…

—Sí, sí… un beso no… —carraspeó.

Se rascaba la cabeza y trataba de mantenerme la mirada pero enseguida la desvió hacia la mesa para observar su dedo aplastando el sobre de azúcar. Yo no sabía si debía dejarlo ahí o indagar más. Pero mientras estuviéramos hablando de él, no teníamos que estar hablando de mí.

—¿Y por qué lo has llamado beso? —mi voz sonó más agresiva de lo que pretendía.

—No lo sé… —dijo de inmediato y con cierto derrotismo—. Me ha salido así… —resopló—. No quiero cagarla pero… para mí fue algo…

Tembló el suelo.

Y supe que aquel era el momento.

Mi primer impulso fue frenar, cerrar la puerta y no volver a hablar del tema.

Tomé aire.

Dejé que llegara un segundo pensamiento.

«Confía».

Sonreí instintivamente.

—Lo bloqueé.

Me miró extrañado.

—¿El qué?

Y lo solté.

—No quería ni plantearme que pudiera gustarme alguien que no fuera mi novio…

Abrí los ojos, sabía perfectamente lo que había dicho. Había rasgado el envoltorio de la ambigüedad y había destapado lo que tanto tiempo escondí.

Lore enmudeció.

Yo lo miraba recordando lo seguro de sí mismo y arrogante que me pareció al principio. Sus parpadeos y su movimiento ocular me decían que estaba pensando en muchas cosas al mismo tiempo. Yo, contra todo pronóstico, estaba serena.

—No te voy a negar que también noté algo… aunque intentara ocultármelo a mí misma. Me dije que había sido la novedad, el alcohol incluso… Y luego me dejé llevar por lo bien que se sentía tenerte de amigo. Y que fueras gay era el escenario menos complicado, la verdad.

—Sí… A mí también me ha encantado compartir conversaciones contigo. Dejé un poco de lado la idea de que podía haber algo más… Hasta la noche de la llamada de mi padre… el tiramisú. Aquella noche me mataste… —sonrió y le tembló el labio.

Me cosquilleó el estómago.

—¿Por?

—El abrazo, justo cuando más lo necesitaba… No lo sé, Bruna. Me diste la vuelta.

—Lo hice como lo sentí. Seguramente por primera vez en mucho tiempo.

Sus palabras me cargaron de una energía especial. Y con ella, la idea de que podía hacer cualquier cosa.

Me levanté.

—Vámonos.

—¿Dónde?

—Espera, voy a pagar…

Me alejé y pude sentir su mirada en mi espalda. Llegué a la barra y pedí la cuenta. Me giré y lo vi quieto, erguido y sin dejar de mirarme. Sentí cierto control sobre la situación, pero esta vez no era por omisión, era por decisión. Volví a él con el estómago burbujeando.

—Supongo que aún no has abierto mi regalo, ¿no?

—No, quería esperarte… —dijo levantándose de la silla.

—Me gustaría dártelo de nuevo.

Llegamos a su casa y le seguí hasta su habitación. Me señaló el escritorio, agarré el paquete y me puse frente a él.

—Lore —le miré a los ojos—, siento haber fastidiado tu cumpleaños —sonreí tímida.

—No lo hiciste…

—Un poco sí. Me gustaría borrar lo que pasó. Y volver al momento en que te daba mi regalo… ¿Puedes repetir lo que dijiste?

Me miró.

—Venga —le susurré.

—¿Me da miedo?

—¿Lo preguntas o lo afirmas?— bromeé.

Lore agarró el regalo y lo miró.

—Me da miedo…

Puse mis manos sobre las suyas, sujetando los dos el paquete.

—¿Te acuerdas cuando vimos Inception? —asintió— Te dije que me iba a dormir porque nos dieron las tantas… Pero no me fui a dormir… Ábrelo.

Rompió el papel para desenvolver un libro fino, encuadernado a mano. Miró la portada.

—No puede ser.

—Escribí esto después de haber estado toda la noche hablando contigo —expliqué temblorosa.

—Pero… —se sentó en la cama, abrió la tapa y ojeó el interior.

—Es una historia inspirada en ti, en lo que pienso de ti…

—No me lo puedo creer…

—¡No la leas ahora que me da vergüenza!

Se levantó y dejó de mirar el libro para mirarme directamente a los ojos.

—No sé qué decir. Me encanta. Gracias.

Dio unos pasos adelante.

Acercándose lento pero firme.

Y me abrazó.

—Nadie me había hecho un regalo así —susurró.

Me temblaron las piernas.

No supe lo mucho que deseaba ese contacto…

hasta que llegó.

Le rodeé con mis brazos.

Su mejilla estaba tan cerca…

Cerré los ojos y mis sentidos se agudizaron.

Él subió su mano por mi espalda.

Lentamente, recreándose.

Y se me erizó la piel de todo el cuerpo.

Nos separamos unos pocos centímetros para mirarnos.

Noté el rubor en mis mejillas enseguida.

Y se acompasaron nuestras respiraciones.

Su mano había alcanzado mi mejilla.

Giré la cabeza y la acaricié con mis labios.

Él cerró los ojos, respirando hondo.

Acompañó con su mano mi mejilla hasta volver a tenerme de frente.

Y nos besamos.

Nos abrazábamos y nos besábamos como si el tacto se quedara corto para expresar la pasión que sentíamos. Y en medio de la vorágine de sensaciones, el teléfono de Lore comenzó a vibrar. Hice el amago de parar pero él no me dejó. Sacó el aparato del bolsillo trasero de su pantalón y lo lanzó a la cama. Pero el móvil no cesaba, paraba un segundo y volvía a vibrar.

Lore apoyó su cabeza en mi hombro y suspiró indignado. Levantó la mirada.

—Dame un segundo, no te muevas.

Apoyó una mano en la cama y estiró la otra para alcanzar el móvil. Miró la pantalla y le cambió la cara.




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