Los Umbrales del Tiempo

Capítulo 6: Cuando ser fuerte no basta

Hay momentos en los que el corazón reconoce algo antes de que la mente esté lista para aceptarlo.

No llega como una certeza, sino como una advertencia suave. Un pensamiento que no insiste, pero tampoco se va. Yo siempre he creído que ese es el instante más peligroso: cuando uno entiende que algo importa… y todavía puede huir.

* * *

Analicia caminó sola esa noche.

No era tarde, pero la ciudad había cambiado de ritmo. Barcelona se recogía poco a poco, como si se permitiera respirar después de un día largo. Ella avanzaba sin prisa, con el abrigo apenas cerrado, sintiendo el peso agradable del cansancio que deja una jornada bien vivida.

Pensó en Gilberto sin proponérselo: en la forma en que escuchaba, en cómo no llenaba los silencios por nerviosismo, en la tranquilidad que había empezado a asociar con su presencia.

Eso fue lo que la detuvo, no el pensamiento en sí, sino la sensación que lo acompañaba: una cercanía que no pedía permiso, que se había instalado sin dramatismo, sin promesas, sin preguntas.

Esto está creciendo, pensó.

Y, por primera vez, no estuvo segura de quererlo.

Se detuvo frente a una vitrina apagada, usando el reflejo como excusa para mirarse sin juzgarse demasiado. Había aprendido a ser firme, a decidir con claridad, a no permitir que las emociones la desplazaran de su centro. Esa fortaleza había sido una herencia silenciosa: la había construido observando lo que el amor podía hacerle a una persona cuando no encontraba dónde quedarse.

Pensó en su madre y en todo lo que había aprendido de ella sin palabras: los silencios bien llevados, la tristeza sin explicación, el amor como algo que se sobrevive, no necesariamente se conserva. Analicia nunca se había prometido no amar, pero sí no perderse. El miedo no era a Gilberto. Era a lo que ella empezaba a ser cuando estaba con él.

Siguió caminando, dejando que el pensamiento se asentara sin resolverlo. Algunas decisiones no se toman de inmediato. Algunas solo se reconocen… y se guardan.

Desde mi ventana, pensé que hay personas que se asustan no del dolor, sino de la posibilidad de la felicidad. Porque cuando algo empieza a importar de verdad, la fortaleza ya no basta: hace falta valentía.

Yo seguí tejiendo.

Y supe que el hilo había cambiado de tensión.

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