"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 2: EL CHOQUE DE DOS MUNDOS

El complejo deportivo internacional era un gigante de cristal y acero, ubicado en las afueras de la ciudad, un lugar donde los mejores atletas del planeta se reunían para entrenar, competir y prepararse para las grandes citas olímpicas y mundiales. Era un espacio inmenso, dividido en secciones: canchas, gimnasios, pistas de atletismo, piscinas y, por supuesto, la gran pista de hielo, orgullo de las instalaciones.
Leo había llegado allí esa mañana por obligación. Su equipo había decidido que, para variar su rutina y mejorar su resistencia cardiovascular, sería bueno que hiciera algunos entrenamientos en instalaciones distintas a las habituales. Él no estaba de acuerdo. Para Leo, cambiar de escenario era cambiar de control, y él vivía obsesionado con el control absoluto de todo lo que le rodeaba. Pero Ricardo le había insistido tanto que al final había accedido, refunfuñando y de mal humor.
Caminaba por los pasillos amplios y luminosos con su paso característico: pesado, rítmico, imponiendo presencia. Vestía su habitual ropa deportiva negra, ajustada, que marcaba cada músculo de su cuerpo trabajado al límite. Llevaba una toalla al hombro y una botella de agua en la mano. Caminaba mirando al frente, con la cabeza alta, la mandíbula tensa y los ojos oscuros fijos en el camino, ignorando a todo el que pasaba a su lado. La gente lo reconocía, claro. ¿Cómo no? Era la cara del deporte, el campeón invicto. Muchos se apartaban a su paso, con una mezcla de respeto y miedo, susurrando su nombre. Pero él no los veía. Para él, no eran más que sombras.
Su mente estaba lejos, concentrada en el dolor sordo que sentía en su hombro, en la estrategia para su próxima pelea, en la forma en que debía mejorar su defensa. Estaba tan absorto en sus propios pensamientos, en su propia burbuja de aislamiento, que al doblar una esquina, justo al salir de un pasillo estrecho hacia la zona de acceso a las pistas, no se fijó en que alguien venía corriendo al otro lado, con la misma prisa y distracción.
Fue un segundo. Un simple, maldito segundo.
De repente, algo pequeño, rápido y suave chocó contra su pecho con fuerza suficiente para detenerlo, como si una pluma hubiera intentado derribar una montaña. Pero el impacto fue tal, y la diferencia de peso y tamaño tan brutal, que quien salió despedida hacia atrás, perdiendo totalmente el equilibrio, fue la otra persona.
—¡Ay! —un grito ahogado, fino y femenino, se escuchó en el aire.
Leo se quedó inmóvil. Ni siquiera dio un paso atrás. Era como una roca. Parpadeó, saliendo de su ensimismamiento, y bajó la mirada lentamente.
Allí, en el suelo de mármol frío, estaba ella.
Sofía Montero había caído de espaldas, sentada sobre sus propios talones, con las piernas recogidas instintivamente, el cabello oscuro y largo cubriéndole parcialmente el rostro y los hombros. Sus manos se habían apoyado detrás de su cuerpo para amortiguar la caída, y ahora se frotaba suavemente una de sus muñecas finas, con una mueca de dolor y sorpresa en su rostro. Su respiración estaba agitada, no solo por el golpe, sino porque en cuanto levantó la vista y vio quién era el muro contra el que había chocado, sintió que el corazón se le detenía en el pecho.
Lo tenía ahí. A centímetros. Gigante, imponente, con esa figura que conocía de memoria por las pantallas, pero que en la realidad era mil veces más impresionante, más fuerte, más... real. Su piel se erizó por completo. Sintió un calor repentino subirle por el cuello hasta las mejillas, mezcla de vergüenza, nervios y una emoción desbordada que casi la hacía llorar.
—¿Pero qué...? —empezó a decir Leo con su voz grave, profunda y áspera, mirando hacia abajo con una expresión de confusión y luego de fastidio. No le gustaba que lo distrajeran. No le gustaban los accidentes.
Pero entonces sus ojos se fijaron bien en la chica que tenía en el suelo.
La reconoció. Todos la reconocían. Tenía que ser ciega para no hacerlo. Era la chica de los anuncios, la niña bonita que salía en la televisión patinando y sonriendo, la que todos llamaban la "princesa del hielo". Sofía Algo... Montero, sí. Sofía Montero.
Leo la miró con esa frialdad que usaba con todo el mundo. Vio su cuerpo delgado, casi frágil, vestido con un mallas finas de color azul cielo y una camiseta ajustada, ropa que parecía demasiado delicada, demasiado elegante para estar en un lugar donde la gente sudaba y se esforzaba de verdad. Vio su cabello perfecto, su piel suave, sus ojos grandes y oscuros que ahora lo miraban con una intensidad extraña, como si ella hubiera visto un fantasma, o como si estuviera viendo algo sagrado.
Para Leo, ella era el tipo de persona que él entendía poco. Alguien que hacía un deporte que él consideraba más arte que esfuerzo real. Alguien que vivía rodeada de lujos, de aplausos fáciles, de gente que la trataba como si fuera de cristal. Una muñeca. Y él, que venía del barro, que se había hecho a golpes y caídas duras, sentía una mezcla de indiferencia y leve desprecio hacia todo lo que fuera "demasiado perfecto".
—¿Es que no miras por dónde vas? —le preguntó, sin agacharse todavía, con tono duro y sin ningún rastro de amabilidad. No se disculpó. Para él, ella había chocado contra él, no al revés. Y además, él nunca se disculpaba por nada.
Sofía parpadeó, volviendo a la realidad, sintiendo cómo cada palabra de esa voz grave le recorría la columna vertebral. Quería hablar, quería decir algo inteligente, elegante, pero su cerebro se había quedado en blanco. Estaba sentada en el suelo frente al hombre del que llevaba enamorada años, el hombre que era su héroe, y él ni siquiera sabía quién era ella realmente, solo veía a una chica más que se había chocado con él.
—I... lo siento... —susurró ella, con la voz temblorosa, bajando la mirada avergonzada mientras intentaba levantarse, sintiendo las piernas débiles—. Iba con prisa, no te vi... perdóname, por favor.
Leo la vio luchar por levantarse. Se movía con una gracia increíble, incluso en el suelo, pero también vio que cojeaba levemente al apoyarse en la pierna derecha, la misma que ella le había contado —en sus pensamientos, mil veces— que tenía dañada. Vio cómo apretaba los labios para no hacer ningún sonido de dolor.
Algo en esa imagen lo detuvo. Algo extraño. Había visto a miles de personas caer, lesionarse, sufrir. Pero verla a ella, tan pequeña, tan delgada, tratando de disimular su dolor para que él no se diera cuenta... le resultó extrañamente familiar. Era lo que él hacía todos los días. Ocultar el dolor. Fingir que nada dolía.
Suspiró pesadamente, molesto consigo mismo por tener este pensamiento, y finalmente se agachó. Fue un movimiento rápido, ágil y sorprendentemente elegante para un hombre de su tamaño. Extendió su mano derecha, esa mano grande, áspera, llena de cicatrices y callosidades, marcada por el trabajo duro y los golpes, y se la ofreció.
Sofía levantó la vista de nuevo y se quedó sin aire al ver esa mano frente a ella. La mano de Leo. La mano que derribaba gigantes, la mano que ganaba peleas, la mano que ella había visto mil veces en televisión levantada en señal de victoria. Y ahora esa mano se ofrecía para ayudarla a levantarse.
Con mucho cuidado, como si tocara algo que pudiera romperse o quemarla, ella puso su mano sobre la de él. La diferencia era abismal. Su mano era pequeña, suave, fina, comparada con la de él, que la envolvió por completo, cálida, fuerte, firme.
En el instante en que sus pieles se tocaron, ambos sintieron una descarga eléctrica brutal, un choque de energía que los hizo estremecer a los dos, aunque por razones muy distintas. Sofía sintió que se desmayaba de pura emoción. Leo sintió algo que no entendió, algo que lo descolocó, una sensación extraña, intensa, que lo hizo fruncir el ceño con más fuerza.
La levantó del suelo con una facilidad pasmosa, como si ella no pesara nada, tirando de ella hacia arriba hasta que quedaron cara a cara, muy cerca, demasiado cerca. Ella tuvo que levantar mucho la cabeza para mirarlo a los ojos. Él tuvo que bajar la suya. Se miraron profundamente, por un segundo que pareció eterno.
Leo vio de cerca sus ojos. Eran hermosos, sí, pero lo que más le llamó la atención fue que no había miedo en ellos. Había... admiración. Una admiración inmensa, devota, casi dolorosa. Como si ella estuviera viendo a un dios. Y eso lo confundió. Nadie lo miraba así. Lo miraban con miedo, con respeto, con odio, con curiosidad... pero no con esa ternura intensa.
—Ten más cuidado la próxima vez —le dijo él, soltándola de golpe, como si tocarla fuera peligroso, y dio un paso atrás, recuperando su espacio, su distancia, su coraza—. No todos son tan grandes como yo para aguantar el golpe. Podrías haberte hecho daño de verdad.
Sofía se quedó de pie, ajustándose la ropa, sintiendo todavía el calor de su mano en la suya, temblando por dentro. Quería decirle: "Ya me he hecho daño de verdad, pero no por ti. Y te he visto aguantar golpes que matarían a cualquiera, lo sé todo sobre ti". Pero solo asintió, con una sonrisa pequeña y nerviosa que a él le pareció demasiado perfecta.
—Lo tendré en cuenta... gracias... señor Vargas.
Leo arqueó una ceja. ¿Señor Vargas? ¿Y cómo sabía ella su apellido? Claro, todo el mundo lo sabía. Era famoso. Pero que ella, la princesita del hielo, supiera quién era él... bueno, era normal. O eso pensó él.
Sin decir nada más, Leo asintió brevemente, se giró sobre sus talones y siguió su camino, alejándose con esa presencia imponente que abría paso a su paso. Sofía se quedó allí parada, mirando cómo se alejaba, con el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que temía que él lo escuchara. Había pasado. Había ocurrido. Lo había tocado. Lo había tenido tan cerca que podía haber sentido su calor. Y él la había mirado.
—Sofía, ¡apúrate! ¡Llegamos tarde! —la voz aguda y autoritaria de su madre la sacó de su ensoñación. Elena Montero apareció por el pasillo, mirándola con ojos críticos, de arriba abajo, notando que estaba roja, alterada—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás así? ¿Te has caído? Mira cómo tienes la ropa, Dios mío, pareces una desarreglada. Vamos, que tenemos que entrar a entrenar. Hoy es un día clave.
Sofía se sacudió la ropa instintivamente, como le habían enseñado, y miró una vez más hacia donde Leo había desaparecido.
—Nada, mamá... nada... me tropecé... vamos.
⛸️ OBSERVANDO DESDE LAS GRADAS
Leo terminó su rutina de entrenamiento de fuerza en el gimnasio de pesas, sudando, trabajando hasta el límite, descargando en el metal y en sus músculos toda la frustración y la extraña inquietud que le había dejado aquel encuentro. No entendía por qué no podía quitarse la imagen de esa chica de la cabeza. Era solo una chica bonita, pequeña, delicada. Nada especial. O al menos, eso se repetía a sí mismo.
Cuando terminó, decidió dar un paseo por las instalaciones para enfriar el cuerpo y la mente. Caminó sin rumbo fijo y, sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hacia la zona de las pistas de hielo. Había una gran pared de cristal que separaba la pista del pasillo principal, y unas gradas altas desde donde se podía ver todo el recinto sin ser visto del todo.
Subió unos escalones y se sentó en la última fila, en la sombra, apoyando los codos en sus rodillas y mirando hacia abajo, más por aburrimiento que por interés.
Y ahí estaba ella.
Sofía estaba en el centro de la pista, junto a una mujer mayor, de porte rígido y mirada severa —su madre, lo supo por lo que había oído—. Llevaba ya el traje de entrenamiento, más ligero aún, y los patines puestos. La música empezó a sonar, una melodía suave, clásica, melancólica.
Leo se recostó contra el respaldo del asiento, cruzando los brazos sobre su pecho fuerte. Iba a mirar solo un momento, por curiosidad, para ver qué era lo que tanto aplaudía la gente. Para él, esto no era más que bailar sobre hielo.
Pero entonces ella se movió.
Y Leo se quedó petrificado.
Vio cómo Sofía tomaba impulso y salió deslizándose con una velocidad y una fluidez que le cortaron la respiración. No caminaba, no corría... volaba. Se movía sobre esa superficie resbaladiza y dura como si fuera una pluma arrastrada por el viento. Y entonces saltó.
Leo, que sabía todo sobre física, sobre impulso, sobre gravedad, sobre fuerza... vio ese salto y no entendió cómo era posible. Se elevó en el aire, giró sobre su propio eje tres veces, cuatro, con las piernas estiradas, el cuerpo recto, los brazos en posición perfecta, y cayó. Cayó sobre el borde fino del patín, sobre esa cuchilla delgada que podría cortar carne, y se mantuvo firme, estable, deslizándose sin perder ni un milímetro de equilibrio.
—Maldita sea... —susurró Leo para sí mismo, abriendo ligeramente los ojos, sorprendido.
No era solo belleza. Había técnica. Había cálculo. Había un control absoluto del cuerpo, de cada músculo, de cada milímetro de movimiento. Lo vio repetir el salto una y otra vez. Y vio lo que nadie más veía, lo que las cámaras de televisión nunca mostraban.
Vio que, al aterrizar, su pierna derecha temblaba levemente. Vio cómo apretaba los dientes. Vio cómo, cuando su madre no miraba, se llevaba la mano al tobillo por un segundo, frotándolo con desesperación, disimulando rápidamente. Vio que respiraba con dificultad, que estaba pálida, que estaba agotada, y aun así, cada vez que la música sonaba, ella sonreía. Sonreía con esa sonrisa perfecta, brillante, mientras sus ojos... sus ojos seguían tristes, cansados, llenos de dolor.
Vio cómo la madre la corregía con dureza, gritándole cosas que Leo no alcanzaba a oír, gesticulando con rabia cuando Sofía no hacía algo exactamente como ella quería. Vio cómo la criticaba por la postura, por la expresión, por todo. Y vio cómo Sofía, en lugar de enfadarse o defenderse —como él hubiera hecho, como hacía él cuando alguien se atrevía a decirle qué hacer—, agachaba la cabeza, asentía, tragaba sus lágrimas y volvía a intentarlo, una vez más, y otra, y otra más, sin quejarse, sin rechistar, como si estuviera acostumbrada a recibir órdenes, a ser juzgada, a tener que ser perfecta sin importar cuánto le doliera o cuánto le costara.
Leo se quedó en silencio, observándola durante horas, sin darse cuenta de que el tiempo pasaba, de que su cuerpo se relajaba poco a poco, de que esa frialdad que siempre lo había caracterizado se estaba derritiendo poco a poco frente a sus ojos. Para él, el deporte siempre había sido algo visceral, algo que se sentía en los huesos, en la sangre, en el choque de cuerpos y la fuerza bruta. Pero verla a ella, ver cómo convertía el dolor en arte, cómo transformaba el esfuerzo en algo hermoso, cómo soportaba presiones que él ni siquiera podía imaginar... le hizo entender que no todo en la vida era golpes y violencia. Que existía otra forma de ser fuerte. Una más delicada, quizás, pero no por ello menos poderosa.
Vio cómo se caía. Una y otra vez. Se deslizaba demasiado rápido, o no alcanzaba suficiente altura, o perdía el equilibrio en el giro, y caía sobre el hielo con un golpe suave pero seguro. Y cada vez que pasaba, se levantaba inmediatamente, se sacudía la ropa, se ajustaba los patines y volvía a empezar, sin quejas, sin rendirse, como si levantarse fuera la única regla que conociera.
En una de esas caídas, Sofía se detuvo un momento, se sentó en el hielo y se llevó la mano al tobillo derecho, frotándolo con mucha fuerza, con los ojos cerrados, como si estuviera soportando un dolor insoportable. Su madre se acercó a ella y le dijo algo con voz dura, señalando con el dedo, y Sofía asintió, se limpió rápidamente las mejillas —como si hubiera estado llorando— y se puso de pie de nuevo, volviendo a su posición, dispuesta a seguir.
En ese momento, Leo sintió algo que nunca había sentido antes. Una opresión en el pecho, una sensación de rabia y de protección mezcladas que le hizo apretar los puños con tanta fuerza que sus nudillos se blanquearon. Quería bajar de esas gradas, ir hasta ella, decirle que parara, que no tenía que aguantar tanto, que estaba bien como era, que nadie tenía derecho a tratarla así. Quería ser él quien la protegiera, quien le dijera que no tenía que ser perfecta para ser valiosa.
—¿Vas a quedarte ahí sentado todo el día o vamos a comer? —la voz de Ricardo lo sacó de su ensoñación. El agente estaba de pie detrás de él, con una botella de agua en la mano y una expresión curiosa en el rostro, siguiendo la mirada de Leo hacia la pista.
Leo se giró bruscamente, como si lo hubieran descubierto haciendo algo prohibido, y se puso de pie de golpe, disimulando a toda prisa cualquier señal de lo que había estado sintiendo.
—Nada —respondió con su voz habitual, grave y cortante, apartando la mirada rápidamente—. Solo miraba.
Ricardo sonrió, con esa sonrisa astuta que tenía cuando sabía más de lo que decía. Se acercó a su lado y le dio una palmada en la espalda, con familiaridad.
—Ah, ya veo. Mirabas. ¿Y qué te parece? ¿La princesa del hielo cumple con lo que se espera de ella?
Leo lo miró con desconfianza, frunciendo el ceño.
—Parece que se esfuerza mucho. Demasiado, quizás.
—Sí, bueno... es lo que tiene. Su madre es una fiera. No le permite ni respirar por su cuenta si no es de la forma que ella quiere. Para Elena, Sofía no es una persona. Es una inversión. Una máquina de medallas. Si no da lo que se espera, se la comen viva. —Ricardo se encogió de hombros, con tono serio—. Es una lástima. Es buena atleta, sí. Tiene talento. Pero parece que se está rompiendo poco a poco por dentro.
Leo escuchó sus palabras en silencio, mirando una última vez hacia abajo. Sofía estaba terminando el entrenamiento. Se deslizó hasta el borde de la pista, se quitó los patines y se sentó en una silla que le acercaba una entrenadora, con la cabeza gacha, hablando bajito mientras su madre seguía regañándola. Parecía tan pequeña, tan frágil, tan sola.
—¿Crees que aguantará? —preguntó Leo sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
Ricardo lo miró sorprendido. Nunca había visto a Leo interesarse por nada que no fuera su carrera. Nunca lo había visto preocuparse por nadie más que por sí mismo. Y verlo así, mirando a esa chica con una expresión que no era de indiferencia ni de arrogancia, sino de algo parecido a la preocupación... le resultaba extraño, pero también interesante.
—Quién sabe —respondió finalmente, encogiéndose de hombros—. El cuerpo tiene sus límites. Y el de ella... bueno, ya te dije que tiene lesiones antiguas. Se ha operado varias veces. A veces parece que camina sobre cristal. Pero tiene una voluntad de hierro. Si alguien puede aguantar, es ella. ¿Por qué? ¿Te importa mucho?
Leo se giró de nuevo, con la expresión dura de siempre, intentando borrar cualquier rastro de lo que había sentido.
—No me importa nada —dijo con firmeza, dándose la vuelta para empezar a bajar las escaleras—. Solo estaba mirando. Nada más. Vamos a comer, que tengo hambre.
Pero la verdad era que, aunque lo negara una y otra vez, en el fondo de su ser, Leo sabía que algo había cambiado. Sabía que esa chica de ojos oscuros y mirada triste, que se movía como un sueño sobre el hielo, había entrado en su vida de una forma que él no podía controlar, y que no iba a poder olvidarla tan fácilmente.




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