"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 3: SECRETOS Y ENCUENTROS FORTUITOS

Los días siguientes transcurrieron con una rutina ajetreada, llena de entrenamientos, conferencias de prensa, sesiones fotográficas y viajes. Leo se esforzaba por mantener su vida como siempre había sido: centrada en el deporte, en el control, en la soledad. Pero por más que intentara concentrarse en sus propias cosas, su mente volvía una y otra vez a la imagen de Sofía. A cómo se movía. A cómo sufría. A cómo, a pesar de todo, seguía sonriendo.
Se dio cuenta de que buscaba cualquier excusa para pasar por las zonas donde sabía que ella entrenaba. A veces se acercaba a la pista de hielo solo para verla, sin que ella se diera cuenta, oculto en las gradas o detrás de las paredes. Otras veces, se cruzaba con ella en los pasillos, y en esos momentos, sentía que el mundo se detenía.
La primera vez que se encontraron fuera del complejo deportivo, fue en un restaurante tranquilo, cerca del hotel donde ambos se alojaban. Era un lugar elegante, tranquilo, lleno de gente que prefería la privacidad y la buena comida antes que el ruido y las multitudes. Leo estaba sentado en una mesa apartada, comiendo despacio, revisando unos documentos, cuando la vio entrar.
Ella estaba con su madre. Llevaba un vestido largo, suave, de color azul, que le quedaba perfecto, resaltando su figura delgada y elegante. Su cabello estaba peinado con cuidado, y llevaba un maquillaje sutil que ocultaba un poco las ojeras que tenía debajo de los ojos. Aun así, se le notaba cansada. Caminaba detrás de su madre, escuchando sus palabras con atención, asintiendo con la cabeza, sin oponer resistencia.
Leo la observó desde su mesa, sintiendo una extraña mezcla de orgullo y pena. Era hermosa, sí. Pero parecía una muñeca que alguien había vestido y arreglado, pero que no tenía vida propia.
De repente, Sofía levantó la vista y lo vio. Sus ojos se encontraron con los de él, y por un instante, todo lo demás desapareció. Se detuvo en seco, con la boca ligeramente abierta, sorprendida y emocionada. Su madre se dio cuenta de que se había parado y miró hacia donde Sofía miraba, frunciendo el ceño al ver a Leo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes? Vamos, que la mesa nos está esperando —le dijo Elena con voz seca, tirando levemente de su brazo.
Pero Sofía no se movió. Seguía mirando a Leo, con una sonrisa pequeña y tímida que apareció en sus labios sin que ella pudiera evitarlo. Leo, por su parte, se quedó mirándola, sin saber muy bien qué hacer. Quería saludarla, quería acercarse, pero su orgullo y sus costumbres se lo impedían. Estaba acostumbrado a que lo persiguieran, a que lo admiraran, pero nunca había tenido que enfrentarse a una situación como esta. Nunca había sentido que quería acercarse a alguien tanto.
Finalmente, fue Sofía quien tomó la iniciativa. Con un movimiento suave, se soltó de la mano de su madre y caminó despacio hacia su mesa, con una postura elegante y segura, a pesar de que por dentro su corazón estaba a punto de salírsele del pecho.
—Buenas noches, señor Vargas —dijo ella cuando estuvo lo suficientemente cerca, con una voz suave pero clara, sin temblar tanto como creía que lo haría.
Leo se incorporó lentamente, sin dejar de mirarla a los ojos, sintiendo cómo ese familiar choque de energía volvía a recorrerle el cuerpo. Se dio cuenta de que ella estaba vestida con ropa distinta, más formal, pero seguía siendo la misma mujer que había visto caer y levantarse mil veces sobre el hielo.
—Buenas noches —respondió él, con su voz grave, pero sin esa dureza de siempre. Había algo diferente en su tono, algo más suave, más atento—. ¿Cómo está?
—Bien... gracias —respondió ella, sonriendo más ampliamente—. Usted también parece bien. Felicidades por su última pelea. Fue increíble.
Leo arqueó una ceja, sorprendido de que ella supiera de eso.
—Gracias. Gracias por verla.
Sofía sintió que las mejillas se le ponían rojas.
—Siempre veo sus peleas. Es... inspiradora.
Las palabras salieron de sus labios sin pensar, y en cuanto lo dijo, quiso morderse la lengua. Era demasiado directa, demasiado abierta. Pero a Leo le gustó. Le gustó que ella dijera lo que sentía, que no se escondiera detrás de frases vacías.
Antes de que él pudiera responder, la voz de Elena resonó detrás de Sofía, con un tono frío y distante que heló el ambiente de repente.
—Sofía, ¿qué haces? ¿No te dije que teníamos prisa? Vamos, deja de molestar al señor y vámonos.
Sofía se giró hacia su madre, y su expresión cambió de inmediato. La sonrisa desapareció, sus ojos se oscurecieron un poco y agachó la cabeza, asintiendo.
—Perdóname, mamá... ya voy.
Se giró de nuevo hacia Leo, con una expresión de disculpa en el rostro.
—Disculpe... tengo que irme. Fue un placer verlo, señor Vargas. Espero que se sienta bien.
—Espera —dijo Leo antes de que ella se fuera, sin saber muy bien por qué lo hizo, pero sintiendo que tenía que decir algo más—. Que tenga una buena noche.
Sofía asintió, sonriendo una última vez, y se giró para irse con su madre. Pero antes de desaparecer por el pasillo, miró hacia atrás una vez más, y Leo sintió que esa mirada era para él solo.
Se quedó parado allí un momento, mirando hacia la puerta por donde ella había salido, sintiendo una extraña sensación en el pecho. Algo que no conocía, algo que era diferente a la emoción de ganar una pelea o a la satisfacción de cumplir una meta. Era algo más cálido, más suave, pero también más peligroso.
—¿Te ha gustado lo que has visto? —la voz de Ricardo lo sacó de su ensimismamiento. Estaba de pie a su lado, con una copa de vino en la mano, mirándolo con una sonrisa cómplice.
Leo se giró rápidamente, frunciendo el ceño, intentando recuperar su postura de siempre.
—No sé de qué me hablas. Solo hablábamos. Es una atleta, es normal saludar.
Ricardo se rió bajito, con la cabeza negando.
—Sí, claro. Seguro. Bueno, si eso es todo, yo me voy a mi mesa. Pero te aviso, Leo... esa chica te mira de una forma que no he visto que nadie te mire nunca. Y tú la miras igual. Ten cuidado. Porque las cosas entre ustedes dos... no van a ser fáciles.
Leo no respondió. Se volvió a sentar en su silla, tomó su copa de agua y miró hacia el vacío, pensando en esas palabras. Tenía razón. Las cosas no iban a ser fáciles. No solo por las diferencias entre sus deportes, o por la forma en que ella era educada y él era rudo. También había el problema de su carrera, de su imagen, de lo que la gente diría. Y sobre todo, estaba su propia mente. Él que creía que el amor era una debilidad, que ahora sentía algo que lo hacía sentir débil, vulnerable, como si alguien hubiera abierto una puerta en su corazón que él creía cerrada para siempre.
Pero lo que él no sabía era que Sofía sentía exactamente lo mismo. Que para ella, verlo, hablar con él, saber que existía y que ella también existía para él... era la cosa más emocionante y aterradora que le había pasado en su vida.




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