"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 4: LA ATRACCIÓN INEVITABLE

Con el paso de las semanas, los encuentros se hicieron más frecuentes. A veces eran breves, simples saludos en los pasillos. Otras veces, eran momentos en los que se quedaban hablando un rato, aprovechando cualquier oportunidad que se presentara.
Leo descubrió que Sofía era mucho más de lo que parecía. Era inteligente, observadora, tenía un sentido del humor sutil y una forma de ver la vida que le resultaba fascinante. Mientras que él veía el mundo como una serie de desafíos que debían ser vencidos a golpes y esfuerzo, ella veía la belleza en las cosas pequeñas, en la delicadeza, en la forma en que las personas se mueven y se relacionan. Pero también descubrió que detrás de esa dulzura había una fuerza inmensa, una capacidad de resistencia que él admiraba profundamente.
Sofía, por su parte, descubrió que Leo no era lo que parecía. Detrás de esa apariencia dura, de esa actitud agresiva y reservada, había un hombre que sufría, que había pasado por mucho, que tenía miedos y dudas igual que cualquier otra persona. Descubrió que cuando hablaba de su familia, de su infancia difícil, sus ojos se llenaban de una tristeza que no mostraba a nadie más. Descubrió que su pasión por el deporte no era solo por ganar, sino porque era lo que le había dado una vida cuando no tenía nada. Y lo más importante: descubrió que él tenía un corazón. Un corazón que estaba cerrado con llave, pero que ella sentía que podía abrir si tenía paciencia y valor.
Un día, después de que ambos terminaran sus entrenamientos, se encontraron en el gran vestíbulo del complejo. Estaban solos, a diferencia de otras veces, y el ambiente se sintió más cargado, más intenso.
Leo se acercó a ella, y por primera vez, no habló de deportes, ni de entrenamientos, ni de competencias.
—¿Cómo estás? —le preguntó, con una voz suave que a Sofía le hizo estremecerse.
—Bien... —respondió ella, bajando la mirada, sintiéndose nerviosa—. Un poco cansada, como siempre. Pero bien.
Leo la miró detenidamente, notando que estaba más pálida de lo habitual, que sus ojos tenían más ojeras de lo normal. Se acordó de lo que había visto en la pista, de cómo se caía y se levantaba, de cómo ocultaba su dolor.
—Tu madre... ¿te exige mucho? —preguntó él, con cautela, sin querer meter su nariz donde no lo llamaban, pero sintiendo que tenía que saberlo, que necesitaba entender por qué ella aguantaba tanto sin quejarse nunca.
Sofía suspiró y una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Levantó la vista y lo miró a los ojos, con esa franqueza que solo tenía con él.
—Ella no solo es mi madre, Leo. Es mi entrenadora, mi mánager, mi juez... es dueña de mi vida. Para ella, yo no soy una hija. Soy un proyecto. Una inversión que debe dar resultados perfectos, siempre. Si sonrío, tiene que ser en el ángulo correcto. Si salto, tiene que ser la altura exacta. Si gano, es lo que se esperaba. Si pierdo, soy un fracaso. —Bajó la mirada hacia sus propias manos, que se entrelazaban con fuerza—. A veces... a veces siento que si mañana dejara de ser útil, si me lesionara de verdad y no pudiera patinar... dejaría de quererme. Y eso... eso duele más que cualquier caída sobre el hielo.
Leo escuchaba cada palabra con el ceño fruncido, sintiendo cómo la rabia le subía por la sangre, esa rabia protectora que ya le era familiar cuando se trataba de ella. Quiso tomar sus manos entre las suyas, quiso decirle que él nunca la trataría así, que para él ella ya era perfecta solo por ser quien era. Pero en ese momento, un grito desde el fondo del pasillo los interrumpió. Era Elena, llamando a Sofía con su voz aguda y autoritaria, rompiendo la intimidad que se había creado entre ellos.
—Tengo que irme... —susurró ella, dando un paso atrás, rompiendo el contacto visual con dolor—. Gracias por escucharme. A veces... eres la única persona que realmente me oye.
Se giró y se alejó corriendo hacia su madre, dejando a Leo parado allí, con las manos apretadas en puños y una promesa silenciosa grabada en su mente: Un día, te sacaré de ahí. Un día, serás libre.




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