"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 5: LA PRIMERA DERROTA

Dos días después, el entrenamiento en la zona de artes marciales estaba en su punto álgido. El gran gimnasio olía a sudor, esfuerzo, cuero y adrenalina. Sonaba música fuerte, rítmica, golpeando las paredes al mismo ritmo que los golpes y las patadas que se lanzaban en cada rincón del recinto.
Leo estaba en el centro de todo, como siempre. Vestía solo pantalones cortos deportivos y las vendas en las manos, dejando al descubierto ese cuerpo de dioses, esculpido a base de años de trabajo duro, marcado por cicatrices y magulladuras que para él eran medallas de guerra. Se movía dentro del cuadrilátero de entrenamiento con esa agilidad felina, esa precisión milimétrica que lo hacían imparable.
Estaba entrenando con Martín, uno de sus mejores compañeros, un hombre fuerte, rápido y experimentado, elegido precisamente porque era de los pocos capaces de aguantar el ritmo brutal de Leo. Los dos se movían en círculos, midiéndose, sudando, respirando pesadamente. Alrededor, otros atletas, entrenadores y asistentes miraban con atención. Ver entrenar a Leo Vargas era como ver una obra maestra en movimiento. Nadie podía tocarlo. Nadie podía ni siquiera acercarse sin recibir una contraataque demoledor.
—¡Vamos, Leo! ¡Enfócate! —gritaba su entrenador desde fuera de la lona—. ¡Hoy vamos a trabajar la defensa baja! ¡No te duermas!
Leo asintió con la cabeza, con la mandíbula tensa, los ojos fijos en Martín, calculando cada movimiento. Nadie me toca, pensó. Nadie me derriba.
Pero entonces, sucedió.
A lo lejos, al otro lado del gimnasio, separado del área de entrenamiento por una gran reja de metal y un pasillo amplio, pasó ella.
Sofía caminaba despacio, acompañada de su madre y de su equipo. Iban camino a la zona de vestuarios para luego ir a la pista de hielo. Ella vestía su ropa deportiva habitual, ligera y elegante, su cabello oscuro recogido en una coleta que se movía al ritmo de sus pasos. Iba un poco por detrás de los demás, como siempre, con la mirada baja, pensativa, hasta que algo la hizo levantar la vista.
Y lo vio a él.
Se detuvo en seco. Sin darse cuenta de nada más, sin importarle el lugar ni la gente, se acercó unos pasos a la reja, quedándose justo frente al cuadrilátero, separada solo por unos metros de distancia. Se quedó de pie, inmóvil, con las manos juntas frente a su pecho, los ojos brillantes, fijos en él, observándolo con esa admiración absoluta que solo ella tenía.
Para ella, verlo ahí, en su mundo, en su hábitat natural, era ver a un rey. Lo veía fuerte, poderoso, peligroso y hermoso a la vez. Se sentía orgullosa de él, como si cada golpe que él lanzara fuera una victoria suya también. Y no pudo apartar la mirada.
Dentro del cuadrilátero, Leo sintió esa presencia.
Era algo que ya le pasaba siempre. Un sexto sentido que le avisaba cuando ella estaba cerca, como si su piel pudiera percibirla a kilómetros, como si su corazón tuviera un radar exclusivo para ella.
Estaba a punto de bloquear una patada de Martín, tenía el brazo levantado, el cuerpo en tensión, listo para la maniobra... pero sus ojos, traicionando a su cerebro y a su disciplina, se desviaron una fracción de segundo. Solo uno. Solo para mirar hacia la reja.
Y la vio.
Allí estaba ella. Pequeña, delgada, preciosa, mirándolo con esa intensidad que le quemaba el alma. El cabello le caía sobre los hombros, la luz del techo iluminaba su rostro pálido, y sus ojos... sus ojos oscuros estaban clavados en los de él.
Leo olvidó dónde estaba. Olvidó que estaba entrenando. Olvidó que tenía a un rival enfrente. Olvidó todo lo que no fuera ella. Por un segundo, el mundo entero desapareció y solo existían ellos dos, conectados a través de la distancia, de las rejas, de sus mundos opuestos.
—¡¡AAAAH!!
El grito de advertencia de su entrenador llegó demasiado tarde.
Aprovechando esa mínima, esa infinitesimal brecha en su concentración, Martín lanzó una barrida rápida, baja y fuerte, dirigida a las piernas de Leo.
Leo, distraído, con la mente y el corazón en otro lugar, no vio venir el ataque. No lo calculó. No lo bloqueó.
Las piernas de Leo perdieron el apoyo de golpe. Su cuerpo, ese cuerpo de casi noventa y cinco kilos de músculo y fuerza bruta, perdió el equilibrio y se fue hacia atrás, pesado, inevitable. Cayó contra la lona de la estera con un estruendo sordo, fuerte, que resonó en todo el gimnasio. Un golpe seco, definitivo.
LEO VARGAS ESTABA EN EL SUELO.
El silencio fue inmediato. Absoluto. Atónito.
Todos en la sala se quedaron paralizados. Los entrenadores se quedaron con la boca abierta. Los otros luchadores dejaron de hacer lo que estaban haciendo para mirar. Nadie podía creerlo. Nadie. Porque Leo Vargas era el invicto. El hombre que no caía. El hombre que, incluso en los entrenamientos más duros, jamás, bajo ninguna circunstancia, perdía el equilibrio o dejaba que lo tocaran, y mucho menos que lo derribaran. Era una leyenda viviente de disciplina y concentración. Y ahora... ahora estaba tirado en el suelo como un principiante.
Martín, que había aprovechado el hueco por instinto profesional, se quedó de pie encima de él, con los brazos levantados, pero con una expresión de total confusión y sorpresa en el rostro. No entendía qué había pasado. ¿Cómo? ¿Cómo había logrado derribarlo? Era imposible.
Leo se quedó unos segundos tendido en la lona, mirando hacia arriba, respirando pesadamente, sintiendo el golpe en su espalda y, sobre todo, sintiendo el peso de su propio error. Cerró los ojos un segundo, maldiciéndose a sí mismo, maldiciendo su debilidad, maldiciendo el hecho de que esa mujer, esa chica frágil de hielo, hubiera logrado desarmarlo más rápido y mejor que cualquier rival peligroso, más rápido que cualquier dolor o lesión.
Abrió los ojos y miró de nuevo hacia la reja.
Sofía se había llevado las manos a la boca, horrorizada. Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato. No quería eso. Nunca querría verlo caer. Se sentía culpable, terriblemente culpable. Sabía, con esa certeza que tenían los amantes, que él había caído porque la estaba mirando. Porque ella era su debilidad. Y eso la asustaba y la emocionaba al mismo tiempo.
Leo se levantó del suelo de un salto, rápido, furioso consigo mismo, con la mandíbula tan tensa que parecía que iba a romperse. No miró a nadie. No dijo nada. Solo volvió a adoptar su postura de combate, mirando ahora sí, fijamente a los ojos a Martín. Pero ya no había técnica en sus ojos. Había fuego. Había rabia. Había algo oscuro que se había despertado.
—¡Otra vez! —gritó con voz ronca, fuerte, que hizo estremecer a todos los presentes—. ¡Vamos! ¡De nuevo! ¡Con todo!
Martín asintió, tragando saliva, porque sabía que ahora Leo iba a ser imparable, que ahora iba a descargar toda su frustración, todo su miedo y toda su rabia sobre él. Y así fue. En los minutos siguientes, Leo lo acorraló, se defendió, lo atacó y lo derribó él mismo tres veces seguidas, con una violencia controlada, perfecta y aterradora. Como si quisiera borrar ese error, ese segundo de debilidad, de la memoria de todos.
Pero Ricardo, su amigo y agente, que estaba en el borde del cuadrilátero, lo había visto todo. Ricardo había seguido la dirección de la mirada de Leo justo antes de la caída. Ricardo había visto a la chica del hielo parada al otro lado, con las manos en la boca y los ojos llorosos. Y Ricardo lo entendió todo.
Cuando terminó la sesión, Leo bajó de la lona, sudando a mares, con el torso brillante, con la respiración agitada. Se pasó una toalla por la cara con fuerza, caminando hacia la zona de bebidas, con la cabeza baja, evitando las miradas de todos. Ricardo lo siguió de cerca, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia un rincón apartado, lejos de oídos ajenos.
—¿Estás loco? —le susurró, con tono serio, sin gritar pero con una intensidad que hizo que Leo se detuviera—. ¿Te das cuenta de lo que pasó ahí? ¿Te das cuenta de lo que hiciste?
Leo se giró bruscamente, con los ojos oscuros y furiosos.
—Fue un error. Nada más. Me despisté un segundo. No volverá a pasar.
Ricardo negó con la cabeza, mirándolo fijamente a los ojos, bajando aún más la voz:
—No fue un error, Leo. Y tú y yo lo sabemos. Te distraíste. Te distraíste porque ella estaba ahí. —Señaló con la cabeza hacia la zona de la reja, donde Sofía ya no estaba, se había ido junto a su madre, con el corazón hecho pedazos—. Te distraíste porque la estabas mirando. Y déjame decirte algo, amigo... lo que acaba de pasar hoy es solo el aviso.
—¿De qué me estás hablando? —gruñó Leo, apretando la botella de agua hasta deformarla con sus manos de acero.
—Te estoy hablando de que tú eres el mejor porque eres una máquina. Porque no tienes sentimientos. Porque no tienes nada que perder. Pero ahora... ahora tienes algo que perder. Ahora tienes algo que te importa. Y en este mundo, Leo... en este deporte, y en este negocio... tener una debilidad es lo mismo que estar muerto. Si tus rivales se enteran... si la prensa lo descubre... si alguien sabe que la princesita del hielo es tu punto débil... usarán a Sofía para destruirte. Y no dudarán en hacerlo.
Leo se quedó callado. Sabía que Ricardo tenía razón. Lo sabía mejor que nadie. Había vivido toda su vida bajo esa regla de hierro: Nada es tuyo. Todo puede ser usado contra ti. Y ahora, esa chica de ojos tristes y movimientos de ángel se había convertido en su arma más poderosa... y también en su mayor vulnerabilidad.
Miró hacia la puerta por donde ella había desaparecido hacía unos minutos. Sentía su corazón latiendo fuerte, no por el esfuerzo físico, sino por ella. Pensó en su madre, en cómo la trataba. Pensó en su dolor oculto. Pensó en cómo ella lo miraba como si él fuera un dios, cuando la realidad era que ella tenía el poder absoluto de hacer que el dios cayera al suelo con solo aparecer.
—Que lo intenten —dijo Leo finalmente, con una voz tan baja y fría que hizo estremecer a Ricardo—. Que lo intenten. Si alguien se atreve a tocarla, o a usarla, o a hacerle daño... se darán cuenta de que la debilidad se ha terminado. Se darán cuenta de que ahora peleo por algo más que por mí. Y eso... eso me hace mucho más peligroso.
Ricardo suspiró, sabiendo que ya nada podría detenerlo.
—Estás jugando con fuego, Leo. Y tú ya sabes lo que pasa cuando juegas con fuego... o te quemas, o quemas todo lo que tienes alrededor.
Leo no respondió. Se giró y empezó a caminar hacia los vestuarios. Pero en su mente ya había tomado una decisión definitiva.
La relación seguirá siendo secreta. Nadie sabrá nada. Pero yo estaré ahí. Yo estaré cerca de ella. Y nadie... absolutamente nadie... volverá a ser la causa de que ella sufra, ni la causa de que yo caiga. Porque si para estar con ella tengo que romper todas las reglas... las romperé. Y si tengo que destruir a todo el que se interponga... lo haré.
Esa tarde, cuando el gimnasio estaba vacío y ya no quedaba nadie, Leo volvió a subir a las gradas altas, ese lugar donde la había observado por primera vez. Miró hacia la pista de hielo. Allí abajo, Sofía patinaba sola, en silencio, entrenando hasta el agotamiento. Y aunque estaba lejos, él pudo ver que ella miraba hacia arriba, hacia las gradas, buscándolo. Y cuando sus miradas se cruzaron a lo lejos, ella sonrió. Una sonrisa pequeña, pero llena de verdad.
Y Leo supo que, aunque había caído en la lona esa mañana, aunque había perdido su invencibilidad... había ganado algo mil veces más grande.
Había ganado el amor de la única mujer capaz de hacer que un guerrero dejara su espada solo por verla pasar.




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