Pasaron las semanas, y lo que había nacido como una simple atracción, como una curiosidad mutua, se transformó en algo mucho más profundo, complejo y peligroso. Su relación seguía sin ser oficial. Seguían sin ser novios, sin besarse, sin siquiera tomarse de la mano en público. Pero existía un lenguaje entre ellos que nadie más entendía. Un código secreto de miradas, de gestos, de momentos robados.
En el complejo deportivo, todo el mundo hablaba de ellos.
- "¿Has visto a Vargas? Está diferente. Sonríe, aunque sea poco, pero sonríe. Y se le ve más fuerte que nunca."
- "Y la Montero... ¿te has fijado? Ya no tiene esa cara de sufrimiento permanente. Patina distinto. Más libre. Más viva. ¿Qué les pasa a estos dos?"
Nadie lo sabía. Nadie podía imaginar que, cuando Leo miraba hacia las gradas vacías mientras entrenaba, no miraba al vacío, miraba a ella, que estaba escondida entre las sombras. Que cuando Sofía hacía sus piruetas más difíciles y peligrosas, no las hacía por su madre ni por el jurado, las hacía pensando en que él la estaba viendo, pensando en que quería ser tan valiente como él.
Se encontraban a escondidas en los lugares más insospechados: pasillos traseros, salas de máquinas vacías, la biblioteca deportiva, incluso en las escaleras de emergencia donde nadie iba. Allí hablaban. Allí se contaban todo. Allí se daban la fuerza que el mundo les negaba.
Un mediodía, se encontraron en una de esas escaleras, lejos de todo. Sofía había bajado corriendo, escapando unos minutos de la vigilancia de su madre, con el corazón a mil por hora. Leo ya estaba allí, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, esperándola, con esa sonrisa pequeña y exclusiva que solo ella podía provocar en él.
—Casi me descubren —dijo ella, recuperando el aliento, apoyándose en la barandilla, con los ojos brillantes de picardía y emoción—. Mamá me estaba buscando para revisar mi dieta y yo dije que iba al baño. Si se entera de que estoy aquí contigo... Dios mío...
Leo soltó una risa baja, grave, que resonó en el pequeño espacio cerrado, y se acercó a ella, reduciendo la distancia hasta quedar a solo unos pasos.
—Que se entere. Ya te dije, Sofía... un día no tendrás que pedir permiso para estar conmigo.
Ella bajó la mirada, jugando con el borde de su camiseta deportiva, nerviosa por la cercanía de su cuerpo, por el calor que emanaba él.
—Lo sé. Pero ese día todavía no ha llegado. Y mientras tanto... tenemos que tener cuidado. Por ti también, Leo. ¿Recuerdas lo que dijo tu amigo Ricardo? Que si saben que eres débil por mí... te usarán.
Leo asintió, serio de nuevo. Se acercó un poco más y, con mucha suavidad, levantó la mano y le apartó un mechón de pelo de la frente, rozando su piel con la yema de los dedos. Fue una caricia mínima, pero que hizo que ambos cerraran los ojos un segundo, disfrutando de esa sensación.
—Déjalos que lo intenten —murmuró él, con voz oscura y decidida—. Déjalos que intenten usarme o usarte. Porque si se atreven, descubrirán que la debilidad ha desaparecido. Descubrirán que ahora soy mucho más peligroso. Porque ahora peleo con una razón. Y un hombre que pelea por algo que ama... es imparable. Más que cualquier campeón.
Sofía abrió los ojos y lo miró, y en ese momento, supo que ya no había vuelta atrás. Que ella ya era suya, y que él ya era de ella, aunque el mundo entero se opusiera, aunque sus carreras estuvieran en juego, aunque tuvieran que vivirlo todo en secreto.
Pero la felicidad y la cercanía no podían durar así de simples para siempre. La tormenta que ambos presagiaban estaba acercándose. Y llegó de dos formas distintas, casi al mismo tiempo.
Primero fue para Leo.
Estaba en su vestuario privado después de una sesión de entrenamiento agotadora, vistiéndose lentamente, sintiendo el dolor agudo y familiar en su hombro derecho, ese dolor que nunca se iba, ese secreto que ocultaba al mundo desde hacía años. Ricardo entró en la habitación, cerró la puerta con llave detrás de él, y su cara no tenía expresión de buenas noticias. Estaba pálido, serio, preocupado.
Leo lo miró a través del espejo.
—¿Qué pasa? Tienes cara de haber visto un fantasma. O de que alguien ha descubierto que me salto las dietas.
Ricardo no sonrió. Se acercó despacio, se sentó en el banco frente a él y bajó la voz hasta ser casi un susurro.
—Es algo más serio, Leo. Algo que lleva tiempo oliéndose, pero que hoy se confirmó. —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Javier López... tu viejo rival, el Lobo... está moviendo fichas. Y no lo hace para entrenar. Lo hace para investigar.
Leo frunció el ceño, apretando la correa de su bolsa.
—¿Investigar? ¿Sobre qué? Ya sabe que no puede ganarme en el cuadrilátero, ni ahora ni nunca.
—No te investiga a ti como luchador, Leo. Te investiga tu vida. Tu rutina. Tus horarios. Y... —Ricardo lo miró fijamente a los ojos, con miedo— ...a la gente con la que te relacionas.
Leo se quedó inmóvil. Su mente fue directa a ella. A Sofía.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que él sabe que estás cambiado. Sabe que ya no eres el lobo solitario de antes. Y sospecha que hay alguien detrás. Alguien que te hace débil. Alguien que puede usar en tu contra. —Ricardo se inclinó hacia adelante, tenso—. Ha estado preguntando. Ha estado pagando a gente del complejo para que le cuenten con quién te ves, dónde vas, qué haces. Y hoy me dijeron que ha puesto sus ojos en la chica del hielo. En Sofía Montero.
La furia estalló en Leo de golpe, una llamarada de ira tan intensa que hizo que sus nudillos se pusieran blancos al apretar los puños. Se puso de pie de golpe, tan fuerte que la silla se arrastró y golpeó la pared. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de miedo y rabia asesina.
—¿QUÉ? ¿Cómo sabe él...? ¿Qué tiene que ver ella con esto? ¡Ella no es nada mío! ¡Ella no tiene nada que ver con mi deporte! ¡Que se atreva a tocarla siquiera, que se atreva a mirarla mal, y te juro que lo mato antes de que llegue a la pelea!
—¡Leo, cálmate! —Ricardo se puso de pie también, tratando de mantener la calma aunque él también estaba asustado—. ¡Exacto! ¡Eso es lo que quería evitar! ¡Tú mismo estás reaccionando como si fuera tuya! ¡Y eso es lo que él busca! Él quiere ver esa reacción. Él quiere confirmar que ella es tu debilidad. Y si se confirma... Leo, él no tiene escrúpulos. Él destruye carreras, reputaciones, vidas si hace falta. Él usará a Sofía para destruirte a ti. Y si para eso tiene que dañarla a ella, manchar su nombre, inventar mentiras o hacerle daño físico... lo hará. Lo sabes.
Leo respiró hondo, intentando controlar esa furia que le quemaba las venas. Sabía que Ricardo tenía razón. Conocía demasiado bien a Javier "El Lobo". Era un hombre ruin, sin honor, capaz de cualquier cosa con tal de ganar. Y ahora había puesto la mira en lo único que realmente le importaba a Leo.
—¿Qué sabes? —preguntó Leo, con voz cortante, fría, letal—. ¿Qué sabe él exactamente?
—Sabe que se cruzan. Sabe que hablan. Ha visto las miradas, Leo. Todo el mundo las ve, aunque crean que son discretos. Javier está juntando información, esperando el momento justo para lanzarla a la prensa, o para usarla como chantaje. Y no solo eso... —Ricardo dudó un segundo antes de soltar la información más dura—. También sabe lo de tu hombro, Leo. Sabe que estás jugando con dolor, que te estás inyectando, que te estás rompiendo por dentro. Él sabe que tú también tienes secretos. Y si él junta esas dos cosas: tu lesión y tu relación con ella... te destruye. Te retira, te quita el título, te arruina la vida y la de ella en un solo golpe.
Leo se dejó caer de nuevo en el banco, llevándose las manos a la cabeza, sintiendo el peso del mundo entero sobre sus hombros. Todo lo que había construido, todo lo que había logrado, todo lo que empezaba a sentir por Sofía... todo estaba en peligro. Y lo peor de todo: ella no tenía ni idea. Ella seguía ahí, inocente, dulce, sonriendo, ajena a que un depredador la había marcado como presa solo por estar cerca de él.
—Tengo que alejarla —dijo Leo de repente, con una voz rota, apagada, que no sonaba a él—. Tengo que alejarla de mí. Ya. Ahora mismo. Si estoy conmigo, está muerta o arruinada. Si esta conmigo, todos la atacarán. Si esta conmigo, le traigo dolor, problemas, escándalos...
Ricardo lo miró con lástima, sabiendo que esa era la verdad más dura de todas.
—Es la única forma de protegerla, Leo. Al menos por ahora. Hasta que pase el peligro. Hasta que puedas estar libre de todo esto. Pero... sé realista. Si te alejas así de golpe, sin explicación... la vas a destruir a ella también. Y te vas a destruir tú.
Leo levantó la vista, y sus ojos estaban llenos de un dolor inmenso, de una guerra interna terrible entre su corazón y su razón.
—Prefiero que me odie y esté viva y a salvo... a que la quieran y le hagan daño. Haré lo que sea, Ricardo. Lo que sea con tal de que ella salga ilesa de esto. Incluso ser el villano de su historia.
Y para Sofía, la tormenta también se acercaba, desde su propio infierno personal.
Esa misma tarde, estaba en la pista de hielo, terminando su rutina, agotada, con el tobillo derecho ardiendo, ese tobillo que ya había sido operado dos veces, que le dolía cada vez que aterrizaba, que ella ocultaba con maquillaje y fuerza de voluntad. Al terminar, su madre, Elena, se acercó a ella con paso firme, la expresión rígida y los ojos brillantes con esa intensidad que siempre le ponía cuando tenía algo grave que decir. No esperó a que Sofía se quitara los patines ni se acomodara; se paró justo frente a ella, cruzada de brazos, bloqueando cualquier posible salida.
—He estado hablando con los patrocinadores, con el equipo médico y con los organizadores del torneo —empezó Elena, con esa voz cortante que cortaba el aire como una cuchilla—. Y todos coinciden en lo mismo: hay algo que está pasando que no me estás contando. Tu rendimiento ha cambiado. No es que patines peor, al contrario... te mueves con una libertad y una expresividad que antes no tenías, eso es cierto. Pero hay algo más. Te distraes. Miras hacia lados que no te importan. Y lo peor de todo: tu imagen está en riesgo.
Sofía sintió cómo se le helaba la sangre. Se quedó inmóvil, sentada en el borde del banco, con una mano aún sujetando la correa de su patín, bajando la mirada para evitar los ojos escrutadores de su madre.
—No sé de qué me hablas, mamá. Solo entreno. Solo me esfuerzo más, como siempre me pides.
—¡No me mientas! —la voz de Elena subió de tono, resonando en el recinto vacío, y dio un paso más, acercándose peligrosamente—. ¿Crees que soy ciega? ¿Crees que no me doy cuenta de dónde pones los ojos cada vez que pasamos por la zona de combate? ¿Crees que no he visto cómo él te mira a ti? Leonardo Vargas. —Escupió el nombre como si fuera algo sucio, algo indigno de ser nombrado—. Ese hombre. Ese bruto. Ese salvaje que se gana la vida recibiendo golpes y ensangrentándose en una jaula. ¿Crees que no sé que se cruzan? ¿Que hablan? ¿Que te has convertido en el centro de atención de alguien como él?
Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El miedo la paralizó, pero en el fondo, también sintió rabia. Rabia porque su madre hablara así de Leo, porque lo juzgara sin conocerlo, porque redujera todo lo que él era a simples golpes.
—Él no es eso, mamá... —murmuró Sofía, levantando la vista lentamente, con los ojos llenos de lágrimas pero con una chispa de defensa que nunca antes había mostrado—. Es un atleta increíble. Es una persona... buena. Y solo hablamos de deporte. De lo difícil que es llegar a la cima. Solo somos compañeros.
Elena soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor, y negó con la cabeza, mirando a su hija con lástima y desdén.
—¿Compañeros? No nos hagamos tontas, Sofía. Los mundos de ustedes son opuestos. Él representa fuerza bruta, violencia, falta de educación. Nosotras representamos elegancia, arte, perfección. La imagen es todo para nosotras. Si la prensa llega a sacar una sola foto tuya hablando con él, si empiezan a rumorear que te relacionas con alguien así... ¿sabes lo que pasaría? Te arruinaría. Tus patrocinadores, que son marcas de lujo, de belleza, de estilo... se irían. Te llamarán la chica del hielo y el animal. Te convertirán en el chiste de la temporada. Y todo lo que hemos construido durante años, todo el sacrificio, todo el dinero invertido... se irá a la basura por un capricho tonto y juvenil.
Se agachó hasta quedar a la altura de Sofía, agarrándola del brazo con fuerza, con los ojos fijos y amenazantes.
—Así que esto es lo que va a pasar. He tomado una decisión. A partir de mañana, cambiamos tu horario de entrenamiento. Entrarás dos horas antes, cuando la zona de artes marciales está vacía. Y te irás dos horas después. Ya no te cruzarás con él. Nunca más. Además, he hablado con la dirección. Se ha gestionado tu acceso a unas zonas exclusivas, así que ya no tendrás que pasar por los pasillos comunes. Estarás protegida. De él, y de cualquier tontería que se te ocurra hacer.
Sofía sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. La separaban. La estaban separando de él. Justo ahora, cuando por fin habían empezado a entenderse, cuando por fin habían encontrado en el otro su único refugio en el mundo. El dolor fue tan agudo que tuvo que morderse el labio para no gritar.
—¡No puedes hacerme esto! —exclamó, soltándose de su agarre, con las lágrimas cayendo ya libremente por sus mejillas—. ¡No puedes controlar cada segundo de mi vida! ¡Es mi vida, mamá! ¡Yo decido con quién hablo o con quién me relaciono! ¡Leo no me hace ningún daño! ¡Al contrario! Me ayuda a ser mejor, me ayuda a ser fuerte, me ayuda a sentir que... que alguien me ve de verdad.
Elena se puso de pie de golpe, roja de ira, sorprendida de esa respuesta, de esa rebeldía que nunca había visto en su hija.
—¿Que te hace fuerte? ¿ÉL? —gritó, señalando hacia la puerta con desprecio—. ¡Ese hombre es un desastre, Sofía! ¿Sabes lo que dicen de él? ¿Sabes que tiene lesiones que oculta, que se inyecta para poder aguantar, que se está matando poco a poco? ¿Sabes que tiene rivales que quieren destruirlo y que usarían cualquier cosa contra él, incluso a ti? ¿Sabes que está rodeado de problemas, de gente peligrosa, de escándalos? ¡Si te acercas a él, te quemas! ¡Y yo no voy a permitir que arruines tu carrera, tu futuro y tu nombre por un hombre que no tiene nada que ofrecerte más que problemas!
Hizo una pausa, respirando agitadamente, y bajó el tono, volviendo a esa voz fría y calculadora que era peor que sus gritos.
—Y te lo advierto, Sofía. Si te vuelvo a ver mirándolo, hablando con él, o si me entero de que te encuentras a escondidas... te saco de aquí. Te retiro de la competición. Te llevo lejos, a casa, y te olvidas del patinaje para siempre. Y te olvidas de él. ¿Me he explicado bien?
Sofía se quedó callada, temblando por dentro y por fuera, sintiendo que el mundo se le venía encima. Sabía que su madre hablaba en serio. Sabía que era capaz de hacerlo. Y también sabía, por las palabras de Elena, que había cosas que ella ignoraba. Cosas sobre Leo. Lesiones ocultas. Rivales peligrosos. Problemas graves. Su madre no lo había dicho todo, pero el mensaje era claro: estar con Leo era un peligro mortal para ambos.
—¿Me has entendido? —repitió Elena, imponiendo su autoridad.
Sofía asintió lentamente, agachando la cabeza, derrotada, sintiendo cómo su corazón se hacía pedazos.
—Sí... mamá. Entendido.
—Bien. Ahora termina aquí. Te espero en el coche en diez minutos. Y lávate esa cara de pena, que te hace fea. Recuerda: la gente no paga para ver sufrir a la princesa. Pagan para verla brillar.
Elena se giró sobre sus talones y se marchó, caminando con esa elegancia que la caracterizaba, dejando atrás a su hija, sola en el banco, rodeada de hielo frío y silencio.
Sofía se llevó las manos a la cara y lloró en silencio, con un dolor profundo, desgarrador. Sentía que la estaban partiendo en dos. Por un lado estaba su sueño, su deporte, todo por lo que había luchado desde niña. Por otro lado estaba Leo. Leo, que se había convertido en su sueño más grande, en su realidad más hermosa, en su única verdad.
Y ahora, todo le gritaba que tenía que alejarse de él. Su madre, sus reglas, la sociedad, los problemas de él... todo. Pero lo que más la asustaba era la sospecha de que Leo ya lo sabía. De que él ya lo había decidido. De que esa distancia que sentía venir, ese frío que se acercaba, no era solo obra de su madre, sino también de él. Porque Leo era un hombre que protegía lo que amaba. Y si creía que alejarse era protegerla... lo haría. Aunque le doliera en el alma.