Pasaron tres días. Tres días eternos, vacíos, silenciosos. Los horarios habían cambiado drásticamente. Los caminos que antes se cruzaban ahora estaban diseñados para nunca encontrarse. Leo entraba cuando Sofía salía. Sofía entrenaba en zonas cerradas a las que Leo no tenía acceso. Se habían convertido en dos sombras que habitaban el mismo edificio pero en dimensiones distintas.
Para Leo, esos tres días fueron un infierno. Había aceptado la decisión de alejarla para protegerla de Javier, de la prensa, de su propio mundo oscuro. Pero no era fácil. Cada vez que pasaba por un pasillo y no la veía, sentía un vacío inmenso. Cada vez que entraba al gimnasio y no sentía esa presencia que antes lo iluminaba y lo distraía a la vez, sentía que algo le faltaba. Entrenaba con una ferocidad aterradora, golpeando sacos hasta que sus nudillos sangraban, descargando su frustración, su dolor y su amor en cada impacto. Su cara se había vuelto aún más dura, más cerrada, más impenetrable. Ricardo lo miraba con lástima, sabiendo que estaba sufriendo, sabiendo que esa decisión de separarse le estaba costando la vida.
Pero lo peor no era la distancia. Lo peor era la necesidad de verla una última vez. De explicarle, aunque fuera brevemente, de hacerle entender que no era desprecio, sino amor. Que la dejaba libre para salvarla.
Y el destino, o quizás el deseo inmenso de ambos, quiso que se encontraran una última vez en el lugar donde todo había empezado: las escaleras de emergencia, ese rincón secreto que se había convertido en su refugio.
Sofía bajaba despacio, huyendo de nuevo, necesitando respirar, necesitando sentir que él seguía existiendo aunque no lo viera. Y Leo subía, con la intención de buscarla una vez más, aunque fuera solo para verla de lejos.
Se toparon en el rellano intermedio. Se quedaron paralizados, uno frente al otro, separados solo por unos pocos escalones, pero con una distancia emocional que parecía de kilómetros.
El impacto de verlo fue brutal para ella. Leo se veía diferente. Tenía ojeras profundas, la mandíbula más tensa que nunca, una expresión de sufrimiento oculto detrás de esa máscara de dureza. Llevaba ropa oscura, como siempre, y sus manos estaban vendadas, señal de que había estado golpeando hasta el límite.
Sofía sintió que las piernas le fallaban. Quiso correr hacia él, quiso abrazarlo y pedirle que no la dejara sola, que lucharan juntos contra todo. Pero se quedó quieta, porque vio en sus ojos lo que ya temía: él también había decidido alejarse.
—Leo... —susurró ella, con la voz quebrada, temblando de pies a cabeza— ...me han prohibido verte. Me han prohibido hablar contigo. Cambiaron todo. Mis horarios, mis caminos... Ya no puedo pasar por donde tú estás.
Él asintió lentamente, tragando grueso, sintiendo que cada palabra que iba a decirle le rasgaba las entrañas. Bajó la mirada un segundo, incapaz de sostener esa mirada suya que lo conocía tan bien, para luego volver a levantarla con una determinación dolorosa.
—Lo sé, Sofía. Lo sé todo. Y... es lo mejor.
Esas tres palabras cayeron sobre ella como una losa pesada. Sofía abrió los ojos con desesperación, negando con la cabeza, dando un paso atrás.
—¿Lo mejor? ¿Cómo puedes decir eso? ¿Por qué de repente todo el mundo decide lo que es mejor para mí? ¿Por qué tú también? —Las lágrimas empezaron a correr de nuevo por sus mejillas—. Yo creí que tú eras diferente. Creí que tú me veías a mí, no lo que dicen los demás, no lo que dicen las reglas. Creí que... que éramos un equipo contra todo esto.
Leo dio un paso hacia ella, instintivamente, queriendo secar sus lágrimas, queriendo borrar su dolor, pero se detuvo a medio camino, apretando los puños con tanta fuerza que sus venas resaltaron. Tenía que ser fuerte. Tenía que ser el villano. Por su bien.
—Lo soy, Sofía. Te veo a ti. Y precisamente porque te veo, porque te valoro, porque... —casi se le rompe la voz, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para seguir— ...porque me importas, tengo que alejarme. Tu madre tiene razón. Nuestros mundos no encajan. Yo soy lo que soy. Un deporte violento, peligroso, lleno de enemigos, de problemas, de secretos oscuros. Tú eres luz. Eres arte. Eres perfección. Y si te acercas a mí... te mancho. Te arrastro a mi oscuridad. Y no puedo permitirlo. No permitiré que tu brillo se apague por mi culpa.
—¡Yo no quiero brillar si tú no estás! —gritó ella, rompiendo el silencio del pasillo, desesperada, sincera, mostrándole todo lo que sentía—. ¡Yo no quiero ser perfecta, Leo! ¡Te quiero a ti! ¡Te quiero a ti con tus golpes, con tus heridas, con tus problemas, con todo lo que eres! ¡Me da igual lo que diga mi madre, me da igual lo que diga la gente, me da igual el riesgo! ¡Porque contigo me siento viva! ¡Contigo siento que por fin soy yo misma!
Leo sintió que el pecho le estallaba. Escucharla decir eso, confesarle su amor de esa forma tan pura y valiente, era lo que más deseaba y lo que más temía a la vez. Quería correr hacia ella, tomarla entre sus brazos, besarla y decirle que ella era su vida, que lucharía contra el mundo entero por ella. Pero la imagen de Javier, la imagen de ella sufriendo, lastimada o arruinada por su culpa, se interpuso entre ellos como un muro de acero.
—Pues tienes que aprender a querer otra cosa, Sofía —dijo él, con una frialdad que le dolió más a él que a ella, usando la única arma que le quedaba: la indiferencia—. Porque yo no puedo darte lo que buscas. Yo no busco nada de esto. Yo solo vivo para pelear, para ganar, para sobrevivir. El amor, los sentimientos, las relaciones... son distracciones. Y yo ya cometí el error de distraerme contigo una vez. Y ya viste lo que pasó. —Señaló hacia abajo, hacia el gimnasio imaginario—. Caí. Por tu culpa. Y un hombre como yo no puede permitirse caer. Ni por nadie.
Fue un golpe bajo. Un golpe certero. Una mentira cruel y necesaria.
Sofía se quedó petrificada. Esas palabras, por tu culpa, resonaron en su mente, repitiéndose una y otra vez. Lo que ella creía que era un motivo de orgullo, la conexión más fuerte del mundo, él lo veía como un error, como una debilidad, como una carga.
—¿Por mi culpa? —repitió ella, con voz diminuta, perdiendo toda la fuerza, sintiéndose pequeña, estúpida, rota—. ¿Así que... soy solo una distracción para ti? ¿Un error que cometiste?
Leo asintió, muriéndose por dentro con cada movimiento, sosteniéndole la mirada aunque sentía que se desgarraba por dentro.
—Sí. Y ahora hay que corregirlo. Tú sigue tu camino, brilla, gana medallas, sé la reina que todos quieren que seas. Y yo seguiré con lo mío. Golpes, sangre y victorias vacías. Es lo que nos toca.
Hizo una pausa, dio media vuelta y empezó a subir los escalones, alejándose de ella, de lo que amaba, de su corazón.
—Adiós, Sofía. Cuídate. Y... olvídate de que alguna vez nos conocimos.