"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 9: DOS MUNDOS, DOS INFIERNOS

Pasaron los meses. El tiempo siguió su curso, implacable, indiferente al dolor de dos corazones que se habían roto en mil pedazos. Y aunque seguían viviendo en el mismo complejo deportivo, entrenando bajo el mismo techo, respirando el mismo aire... ahora estaban más lejos que nunca. Eran extraños. Completos desconocidos. Y eso era lo que más dolía.
Para Sofía, esos meses fueron una pesadilla. Volvió a ser la chica que era antes: fría, perfecta, distante, triste. Pero ahora había algo más. Había un vacío enorme dentro de ella que nada podía llenar. Patinaba. Patinaba hasta el agotamiento, hasta que sus piernas no daban más, hasta que sus tobillos ardían y dolían tanto que el dolor físico lograba tapar, por un momento, el dolor del alma.
Su madre estaba encantada. "Has vuelto a ser la de siempre", le decía con satisfacción. "Esa tontería se te pasó. Ahora eres perfecta de nuevo". Pero no sabía que esa perfección era solo una cáscara vacía. Sofía había ganado todas las competiciones en las que había participado desde entonces. Ganaba por inercia, por disciplina, por esa fuerza de voluntad que la caracterizaba. Pero ya no sentía la música. Ya no sentía la libertad. Cuando saltaba y giraba en el aire, no sentía que volaba, sentía que caía. Y cuando aterrizaba, siempre esperaba verlo a él en las gradas, mirándola, admirándola... pero las gradas estaban vacías. O llenas de gente que no le importaba.
A veces, en los pasillos, se cruzaban. Y esos encuentros eran torturas breves y terribles.
Sofía caminaba con la cabeza alta, la mirada fija al frente, con esa expresión de hielo que había aprendido a usar para protegerse. Y él pasaba por su lado, a unos metros, acompañado de su equipo, grande, imponente, igual de frío, igual de distante. No se miraban. No se saludaban. Ni siquiera un parpadeo delataba que alguna vez habían compartido secretos, caricias o palabras de amor. Eran dos sombras que chocaban sin tocarse.
Pero Sofía notaba cada vez que él pasaba. Sentía su calor. Sentía su olor. Sentía esa energía poderosa que emanaba de él y que ya no era suya. Y por dentro, se desmoronaba. Y veía cómo él cambiaba. Veía cómo Leo se estaba destruyendo.
Leo se había convertido en una máquina de guerra aún más aterradora que antes. Desde aquel día en las escaleras, había cambiado. Ya no entrenaba para ganar. Entrenaba para destruirse. Trabajaba su cuerpo hasta límites que ningún médico aprobaba. Golpeaba con una violencia que asustaba a sus propios compañeros. No perdonaba ni un segundo, ni un error, ni una debilidad. Se alimentaba mal, dormía poco, vivía solo para el deporte, encerrado en una soledad absoluta que él mismo había elegido.
Ricardo ya no sabía qué hacer. Lo veía morir poco a poco. Veía cómo el dolor de la separación, sumado al dolor de sus viejas lesiones, estaba carcomiendo al hombre que él conocía. Leo había firmado para una pelea tras otra, aceptando desafíos peligrosos, peleando con rivales más grandes, más fuertes, más sucios, como si buscara inconscientemente que alguien le hiciera daño, que alguien pusiera fin a su miseria.
—Te estás matando, Leo —le dijo Ricardo una tarde, después de verlo entrenar durante seis horas seguidas sin descanso, sudando sangre literalmente, con el hombro vendado y dolorido—. Estás ganando todas las peleas, sí. Estás destrozando a todos tus rivales. Pero a cambio... te estás rompiendo tú. Y al final, ¿qué te queda? Estás solo. Estás amargado. No sonríes, no hablas, no vives. Solo peleas. ¿Es eso lo que querías al alejarla? ¿Acabar así?
Leo se limpió el sudor de la cara, miró a su amigo con esos ojos oscuros y vacíos que ya no tenían brillo, y se pasó la toalla al cuello.
—Ella está bien, ¿no? —preguntó con voz ronca, rasposa—. Ella está ganando, está brillando, está siendo la reina que debe ser. Nadie la molesta. Nadie la señala. Su nombre está limpio. Su vida es perfecta. —Se giró hacia la ventana, hacia la zona de la pista de hielo, donde sabía que ella estaba, lejos, inalcanzable—. Eso es lo que quería. Y el precio... el precio soy yo. Me da igual lo que me pase a mí. Mientras ella esté a salvo... yo puedo aguantar cualquier cosa.
Pero Ricardo sabía la verdad. Sabía que la tormenta que habían intentado evitar no había desaparecido. Solo había esperado el momento adecuado para atacar con toda su fuerza. Y ese momento estaba cada vez más cerca.
Faltaba apenas un mes para la pelea más importante del año: Leo contra Javier "El Lobo", el rival y ex campeón al que Leo le abia arrebatado el título hace ya 6 años, que llevaba tiempo acechando, investigando y planeando su ataque. Todo el mundo hablaba de ello. Era la pelea del siglo. El invicto contra el depredador. El hombre perfecto contra el hombre sucio.
La presión mediática era inmensa. Y Javier, sabiendo que tenía las de perder en el cuadrilátero porque era inferior en técnica y fuerza, decidió poner en marcha su verdadera estrategia: la guerra sucia.
Una mañana, cuando Leo llegó al gimnasio, Ricardo lo estaba esperando en la puerta, pálido, con un teléfono en la mano y una expresión de terror absoluto en la cara.
—¿Qué pasa? —preguntó Leo, acostumbrado ya a las malas noticias, pero sintiendo esa punzada en el estómago que le avisaba de que algo grave ocurría.
—Mira esto... —fue lo único que pudo decir Ricardo, entregándole el móvil.
Leo tomó el aparato y miró la pantalla. Era una captura de pantalla de un portal de noticias deportivas sensacionalista, de esos que vendían por escándalos. El titular, en letras gigantescas y rojas, le golpeó los ojos como un puñetazo:
LA PRINCESA DE HIELO Y EL REY DE LA JAULA: EL AMOR PROHIBIDO QUE PODRÍA ARRUINARLO TODO.
Leo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Leyó rápido, con el corazón golpeándole las costillas con fuerza brutal. El artículo hablaba de ellos. De cómo se veían. De cómo se buscaban. De cómo sus mundos opuestos habían chocado. Contaban que se habían visto en el coche aquella noche de lluvia. Hablaban de encuentros secretos, de miradas cómplices, de cómo la chica delicada había ablandado al hombre de acero. Y lo peor... mezclaban todo con mentiras peligrosas: decían que Leo estaba lesionado y que perdía combates a propósito por ella, que ella estaba descuidando su deporte por él, que sus patrocinadores estaban furiosos, que la imagen de ambos estaba en el suelo.
Y al final, la frase que hizo que Leo soltara el teléfono como si quemara: Fuentes cercanas aseguran que la familia de la patinadora habría obligado a la separación para salvar su carrera, dejando a ambos deportistas destrozados.
—¡¡¡HIJOS DE PUTA!!! —rugió Leo, lanzando el teléfono contra la pared con tanta fuerza que el aparato se hizo añicos. La furia, el miedo, la impotencia... todo estalló en él al mismo tiempo. Lo habían hecho. Javier lo había logrado. Había usado lo único que Leo tenía, lo único que amaba, lo único que había protegido con su vida... y lo había puesto en los ojos de todo el mundo.
—¿Cómo? ¿Cómo lo han sacado? —gritó Leo, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Prometí que estaría a salvo! ¡Prometí que nadie la tocaría! ¡Y ahora su nombre está en todas partes mezclado con el mío! ¡La he arruinado! ¡Yo la he arruinado por estar cerca de ella aunque fuera en silencio!
Ricardo lo agarró por los hombros, sacudiéndolo para que reaccionara.
—¡Leo, escúchame! ¡Esto es solo el principio! Javier ha filtrado esto para romperte antes de la pelea. Sabe que si tú crees que ella está en peligro, que ella sufre, que ella es atacada... te volverás loco. Y si te vuelves loco, cometerás errores. Y si cometes errores, te vence. ¡Ese es su plan! ¡Y lo está logrando!
Leo se quedó inmóvil. La imagen de Sofía, de su madre, de la prensa rodeándola, gritándole preguntas, acosándola... se le pasó por la mente y le causó un dolor físico insoportable. Ella odiaba eso. Ella vivía para ser perfecta, para estar limpia, para ser admirada. Y ahora la llamaban "la amante del luchador", "la distracción", "la causa de sus problemas".
—Tengo que ir con ella... —dijo Leo, recuperando el control, con una determinación oscura y aterradora en su mirada—. Tengo que verla. Tengo que saber cómo está. Tengo que protegerla ahora más que nunca. Aunque me odie. Aunque me haya olvidado. Si alguien le ha dicho algo, si alguien le ha hecho daño... juro que destruyo todo esto.
Corrió hacia la zona de las pistas de hielo, ignorando todo a su paso, ignorando las reglas, ignorando las advertencias. Llegó hasta las puertas de cristal que daban al recinto principal y se detuvo en seco, con el corazón golpeándole tan fuerte en las costillas que casi le impedía respirar.
Allí estaba ella.
Sofía estaba en el centro de la pista. Había poca gente, solo su equipo técnico y algunas figuras de la dirección, todos en silencio, todos mirando con expresión de lástima y tensión. Ella se mantenía de pie, inmóvil, erguida como una estatua, con los brazos caídos a los costados y la cabeza alta, pero Leo, que la conocía mejor que a sí mismo, vio el desastre. Vio cómo sus manos temblaban ligeramente. Vio cómo su respiración era agitada y cortada. Vio que detrás de esa máscara de hielo que había reconstruido con tanto esfuerzo, se estaba desmoronando.
Y entonces la vio a ella, a Elena. Su madre estaba frente a ella, de pie justo al borde de la pista, con el teléfono en la mano, con la pantalla encendida hacia la cara de su hija, gritando con una furia que se escuchaba incluso a través del cristal cerrado. Leo no necesitaba oír las palabras exactas para saber lo que le estaba diciendo. Vio la rabia en sus gestos, la decepción en su cara, la forma en que señalaba la pantalla y luego señalaba a Sofía como si fuera la cosa más sucia y vergonzosa del mundo.
Vio cuando Elena, vencida por la ira, lanzó el teléfono al suelo con fuerza, haciendo que el aparato rebotara y se deslizara por el hielo hasta los pies de Sofía. Y vio cómo su madre se dio la vuelta y se marchó, furiosa, seguida por el resto del equipo, dejándola allí sola. Sola con el escándalo, sola con la culpa, sola con su dolor.
Sofía no se movió. Se quedó mirando el teléfono tirado a sus pies, esa pequeña máquina que había destruido todo lo que había construido durante años. No lloraba. Ya no le quedaban lágrimas. Había llorado tanto en estos meses, y especialmente en las últimas horas desde que estalló la noticia, que ahora solo sentía un vacío absoluto, una resignación amarga y fría.
Leo no pudo aguantar más. Empujó las puertas con fuerza y entró. El frío del ambiente le golpeó la cara, pero él ni lo notó. Caminó pesadamente sobre la zona de seguridad, acercándose al borde de la pista. El sonido de sus pasos fuertes y decididos resonó en el silencio sepulcral del lugar.
Ella levantó la vista lentamente. Cuando sus ojos se encontraron, fue como si el mundo entero dejara de girar.
Hacía meses que no se miraban así. Hacía meses que se evitaban, que se trataban como fantasmas, que fingían no existir. Pero ahora, ahí estaban. Ella, pálida, hermosa, rota. Él, oscuro, furioso, destrozado.
Sofía lo miró y en sus ojos no había amor. Ya no. Ni siquiera había rencor. Había algo mucho peor: había resignación. Había la certeza absoluta de que todo lo malo que le pasaba en la vida tenía un único nombre: Leonardo Vargas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con una voz tan fría, tan lejana, tan carente de emoción que a Leo le dolió más que cualquier golpe recibido en la cara—. ¿Vienes a asegurarte de que tu "error" se ha vuelto público? ¿Vienes a ver cómo me han destrozado la vida por tu culpa?
Leo negó con la cabeza, con desesperación, dando un paso hacia el borde, queriendo saltar la barrera, queriendo llegar hasta ella, queriendo abrazarla y pedirle perdón mil veces.
—No, Sofía... escúchame, por favor. Esto no es lo que crees. Esto es una trampa. Todo esto es culpa de mis enemigos, de Javier, él filtró todo, él inventó cosas, él quería usarte para destruirme a mí... ¡Y lo ha conseguido! ¡Lo ha conseguido porque te he arrastrado a mi infierno aunque intenté con todas mis fuerzas mantenerte fuera! ¡Lo siento! ¡Dios mío, Sofía, lo siento tanto!
Ella soltó una risa seca, amarga, que cortó el aire como una cuchilla. Se quitó los patines de seguridad que usaba para entrenar y dio unos pasos hacia él, deslizándose suavemente sobre el hielo, acercándose lo suficiente para que él pudiera ver cada rastro de dolor en su rostro.
—¿Lo sientes? —repitió ella, bajando la mirada un segundo antes de volver a clavarle los ojos llenos de una tristeza infinita—. Esa es tu especialidad, ¿verdad? Destruir y luego pedir perdón. Primero entras en mi vida, me enseñas lo que es ser libre, lo que es ser querida, lo que es vivir... y luego me echas como a un perro sucio diciendo que soy una distracción, que soy un error, que no significo nada. Y ahora... ahora que mi nombre está manchado, que mi madre me odia, que mis patrocinadores me amenazan, que todo lo que he logrado desde que tenía seis años se está cayendo al suelo... ¿ahora vienes a decirme que lo sientes?
Se detuvo justo frente a él, separada solo por la barrera baja que dividía la pista del resto de la sala. Lo miró fijamente, y por primera vez en mucho tiempo, fue ella quien fue fuerte y él quien se sintió pequeño.
—¿Sabes qué es lo peor, Leo? Lo peor es que tenía razón mi madre. Tenías razón tú. Nuestros mundos no podían unirse. Yo soy de hielo. Frágil, limpia, pura. Y tú eres de barro. Sucio, peligroso, violento. Y cuando el hielo y el barro se mezclan... el hielo se derrite y se ensucia. Y eso es lo que soy ahora. Agua sucia. Sin forma. Sin valor. Todo por haberte mirado. Todo por haber querido algo que no me pertenecía.
Leo sentía que se ahogaba. Cada palabra suya era un cuchillo que se clavaba en su pecho y se retorcía. Verla así, convencida de que todo era culpa de él, convencida de que él era lo peor que le había pasado... era el castigo más cruel que podía recibir.
—Te equivocas... —susurró él, con la voz rota, con los ojos llenos de lágrimas que ya no caían—. Tú eres lo más puro que existe. Tú eres lo único bueno que tengo. Y si tu vida se ha arruinado... entonces yo no tengo nada por lo que seguir viviendo. Porque mi única razón para ganar, para pelear, para aguantar el dolor... era saber que tú estabas ahí fuera, brillando, a salvo. Y ahora... ahora que te he fallado, ahora que no te he podido proteger...
Sofía negó lentamente con la cabeza, dándose la vuelta para alejarse, incapaz de seguir mirándolo, incapaz de seguir escuchándolo.
—Pues entonces déjalo, Leo. Deja de pelear. Deja de intentar salvarme. Porque ya no hay nada que salvar. —Se giró un último instante, antes de empezar a patinar hacia la salida, pequeña y solitaria sobre el inmenso espejo blanco—. De ahora en adelante, sigue tu camino y déjame seguir el mío. Aunque el mío ya no tenga luz. Y por favor... por última vez... déjame en paz.
La vio irse. La vio cruzar la pista, salir por la puerta lateral y desaparecer, dejando atrás solo el frío y el silencio. Y Leo se quedó allí de pie, solo, frente al hielo vacío, con la sensación física de que le habían arrancado el corazón del pecho y lo habían pisoteado allí mismo.




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