"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 10: LA PELEA DE SU VIDA

Las semanas siguientes fueron un caos absoluto. La noticia corrió como la pólvora por todo el mundo deportivo y más allá. Los titulares cambiaban cada día: unos los presentaban como dos enamorados separados por el destino y las reglas, otros como una joven promesa arruinada por un hombre violento, otros como una historia de amor imposible. Pero lo que más dolía era el daño real.
Los patrocinadores de Sofía empezaron a retirar apoyos. "Nuestra imagen no se alinea con polémicas ni con deportistas vinculados a escándalos", decían los comunicados fríos y calculadores. Elena Montero, en un intento desesperado por salvar lo poco que quedaba de la carrera de su hija, dio entrevistas donde negaba todo, donde atacaba a Leo, donde decía que él había sido una obsesión unilateral de Sofía, que ella había sido la víctima de un hombre perturbado. Mentiras crueles, diseñadas para limpiar el nombre de ella a costa de destrozar el de él.
Leo lo vio todo. Lo leyó todo. Y no dijo nada. No se defendió. No desmintió. Cada mentira que contaban sobre él, cada insulto, cada acusación falsa... la aceptaba en silencio. Porque pensaba: Si manchar mi nombre sirve para que ella quede limpia, para que ella se salve... entonces que digan lo que quieran. Que me hagan lo que quieran.
Ricardo estaba desesperado. La pelea contra Javier "El Lobo" estaba a solo tres días de distancia. Y el estado de Leo era catastrófico. Físicamente, su hombro estaba peor que nunca, dolía constantemente, estaba inflamado, y él se inyectaba dosis más altas de lo permitido solo para poder levantar los brazos. Mentalmente... estaba ausente. No entrenaba. No comía. No hablaba. Se pasaba las horas mirando la pared, o mirando fotos de ella que tenía escondidas en su teléfono, o repasando una y otra vez las palabras que ella le había dicho en la pista.
—¡Leo, escúchame, por el amor de Dios! —le gritó Ricardo una tarde, agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo con fuerza, harto de verlo destruirse—. ¡Javier ha ganado ya! ¡Él quería romperte antes de la pelea y lo ha conseguido! ¡Te ha quitado la concentración, te ha quitado la fuerza, te ha quitado las ganas de vivir! ¡Si entras así al cuadrilátero, te mata! ¡Literalmente te mata! ¡Y no solo pierdes el título, pierdes tu vida!
Leo lo miró con esos ojos vacíos, oscuros, muertos.
—¿Y qué más da, Ricardo? ¿Qué importa si gano o pierdo, si vivo o muero? Todo lo que hago, todo lo que soy... ya no sirve para nada. Ella me odia. Ella cree que soy lo peor que le ha pasado. Su carrera se está yendo a la mierda por mi culpa. ¿De qué me sirve ser campeón del mundo si soy el hombre más miserable y culpable sobre la tierra?
Ricardo lo soltó, cansado, con lágrimas en los ojos.
—De que te sirve... —repitió con tristeza—. De que ella te está mirando, Leo. Lo quieras o no, lo sepas o no... ella te mira. Ella sabe que esta pelea es contra el hombre que le ha hecho daño a los dos. Y si tú te rindes... si tú dejas que ese animal te gane... entonces todo lo que sacrificaste, todo lo que sufriste al alejarte de ella, todo lo que estás sufriendo ahora... habrá sido en vano.
Esas palabras calaron hondo en Leo. Todo habrá sido en vano.
Esa noche, Leo no durmió. Se sentó en el borde de su cama, mirando al vacío, recordando. Recordó el primer día que la vio caer y levantarse mil veces. Recordó la lluvia, el coche, las palabras que se dijeron, las promesas silenciosas. Recordó la cara de ella cuando le dijo que lo amaba. Y recordó sobre todo por qué había tomado la decisión de alejarla: para protegerla.
Pero ahora se dio cuenta de que protegerla no significaba desaparecer. Protegerla significaba destruir a quienes querían hacerle daño. Y Javier era el primero de esa lista. Javier había usado su nombre. Javier había manchado su honor. Javier había sido el causante de todo el dolor.
—No... —susurró Leo en la oscuridad, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en la palma—. No he sacrificado su amor para dejar que ese cerdo gane. No he roto mi corazón para que él se ría de nosotros. Esta pelea... esta pelea ya no es por mí. Ya no es por el título. Esta pelea es por ella. Es por su honor. Es por cada lágrima que le hice derramar. Es por cada segundo de dolor que ella ha pasado. Y por Dios... haré que me cueste la vida si hace falta, pero ganaré. Y ganaré de tal forma que nadie, nunca más, se atreva a tocarla ni a manchar su nombre.
Al día siguiente, Leo apareció en el gimnasio al amanecer. Y el cambio fue aterrador. Ya no era el hombre roto de los últimos meses. Ya no era el chico triste que miraba al vacío. Sus ojos tenían un brillo nuevo, un brillo oscuro, intenso, letal. Una determinación absoluta.
Entrenó como nunca lo había hecho. Con una ferocidad, una técnica y una fuerza que asustaron a todos los que lo veían. Golpeaba los sacos con tal potencia que parecía que los iba a romper. Se movía por el ring como una bestia perfecta, calculando cada movimiento, cada ángulo, cada golpe. Su hombro dolía, sí, dolía como el infierno, pero Leo ya no sentía dolor. El dolor físico era nada comparado con el dolor de su alma. Y usaba ese dolor como combustible.
Ricardo lo miraba desde la esquina, con una mezcla de miedo y esperanza. Sabía que Leo estaba listo. Sabía que Leo era ahora más peligroso que nunca. Porque un hombre que pelea sin miedo a morir, y que pelea por amor... es invencible.

Horas antes de que se abrieran las puertas del estadio, Javier "El Lobo" se encontraba en su vestuario, sentado frente al espejo, con una sonrisa torcida y malvada en los labios. Sabía que, en igualdad de condiciones, no tenía ninguna posibilidad contra Leo Vargas. Técnicamente era inferior, menos rápido, menos fuerte y, sobre todo, tenía mucho menos corazón. Pero Javier no jugaba limpio. Nunca lo había hecho. Y esa noche, tenía un as bajo la manga que aseguraría su victoria, el título y la destrucción total de su rival.
Sacó su teléfono y revisó los mensajes que le habían enviado. Sonrió con satisfacción. Todo estaba listo. Horas atrás, había contratado a decenas de periodistas, paparazzis y reporteros de todo tipo, pagándoles una suma de dinero muy generosa con una única orden: acosar, hostigar y perseguir a Sofía Montero allá donde estuviera, antes de que empezara la pelea. Javier sabía que ella estaría viendo el combate. Sabía que ella estaría en las instalaciones, en una zona reservada, pero accesible. Y sabía que si Leo veía lo que le hacían a ella, se rompería por dentro antes de dar el primer golpe.
—El mejor luchador del mundo... —murmuró Javier frente al espejo, ajustándose los guantes—. Pero un hombre que piensa con el corazón en otro lado, es un hombre muerto. Y esta noche... yo seré el rey.
En el vestuario de Leo, el ambiente era tenso, silencioso. Él estaba sentado en el banco, con la cabeza gacha, vendándose las manos con movimientos precisos y automáticos. Ricardo estaba de pie a un lado, revisando los últimos detalles, cuando la televisión que tenían encendida en un rincón, transmitiendo las noticias deportivas previas, captó su atención.
—Leo... —dijo Ricardo con voz tensa, acercándose al aparato—. Leo, mira esto...
Leo levantó la vista lentamente y sus ojos se fijaron en la pantalla. En ese momento, su sangre se heló en las venas.
La imagen que se veía era caótica, horrible. Era Sofía. Ella caminaba rápidamente, rodeada por su equipo de seguridad y su madre, tratando de llegar a su zona, pero los periodistas la habían rodeado completamente. Eran decenas de ellos, empujando, gritando, metiendo cámaras y micrófonos en su cara, bloqueando su paso, impidiendo que avanzara.
—¡Sofía! ¿Es cierto que fuiste tú quien buscó a Vargas para distraerlo?!
—¡¿Crees que él perderá hoy por tu culpa?!
—¡¿Sigues enamorada de él a pesar de que te arruinó la carrera?!
—¡Dinos, Sofía! ¡¿Qué sientes al ser llamada la maldición del deporte?!
Gritos, preguntas hirientes, flashes de cámaras que la cegaban. Leo vio la cara de ella. La vio asustada, pálida, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia y miedo. La vio intentar cubrirse la cara con las manos, intentando huir, caminando casi a ciegas, mientras Elena intentaba sin éxito apartar a la gente y protegerla. La vio tropezarse un poco cuando alguien le pasó una cámara por delante de los pies, y cómo tuvo que ser sostenida por uno de los guardias para no caer al suelo entre el caos.
—¡HIJOS DE PUTA! —rugió Leo, lanzando un golpe furioso contra la pared del vestuario, rompiendo la calma y asustando a todos los presentes. Se puso de pie de un salto, con los ojos inyectados en furia y desesperación—. ¡La están atacando! ¡La están lastimando! ¡Tengo que ir allá! ¡Tengo que matar a cada uno de esos bastardos que la están tocando y gritándole!
Ricardo se interpuso en su camino, agarrándolo de los hombros con fuerza, obligándolo a mirarlo a los ojos, sabiendo que ese era exactamente el plan de Javier.
—¡Leo, NO! ¡Escúchame! ¡Es lo que ellos quieren! ¡Es lo que quiere Javier! —le gritó, sacudiéndolo—. ¡Él ha pagado a toda esa gente! ¡Lo sé, me acaban de informar! ¡Es su truco sucio para romperte antes de que pises el ring! ¡Sabe que si la vez sufrir, te vuelves loco, te desconcentras y te destruyes! ¡Si vas allá ahora, te descalifican, pierdes el título automáticamente y Javier gana sin pelear! ¡Y todo lo que sufriste al alejarte de ella, todo lo que aguantaste... será para nada!
Leo respiraba agitadamente, mirando la pantalla donde ya no se veía nada porque la transmisión cambió, pero teniendo grabada en su retina la imagen de ella, asustada, huyendo, tratando de protegerse. Su corazón golpeaba sus costillas con fuerza, no por el miedo a la pelea, sino por el terror de que le hicieran daño a ella. Su mente ya no estaba en el vestuario, ni en la pelea, ni en el título. Su mente estaba con ella, en peligro, acosada, sufriendo.
Y lo peor de todo: el estrés, la furia contenida y la tensión brutal hicieron que un dolor agudo, punzante y familiar estallara en su hombro derecho. Ese hombro que ya estaba dañado, que tenía lesiones antiguas mal curadas, que dolía con el frío, con el cansancio y ahora, con la rabia. Leo apretó los dientes y se llevó la mano izquierda a la zona dolorida, apretando fuerte, intentando ahogar el dolor. Pero sabía. Sabía que esa noche, su cuerpo también le traicionaría.
—Tienes que centrarte, Leo —le dijo Ricardo, con voz suave pero firme, notando cómo su amigo apretaba la mandíbula por el dolor—. Tienes que ganar. Ganar por ti, ganar por ella. Porque cuando seas el campeón indiscutible otra vez, cuando tengas todo el poder... nadie se atreverá a volver a tocarla. Pero ahora... ahora tienes que aguantar.
Llegó el momento. Las puertas se abrieron. La música retumbó. Leo caminó por el pasillo, bajo las luces cegadoras, escuchando los gritos mezclados de la gente: unos lo abucheaban por el escándalo, otros lo vitoreaban, otros simplemente esperaban sangre. Pero él no escuchaba nada. Solo tenía una imagen grabada en su mente: la cara de Sofía, asustada, rodeada de gente mala, huyendo. Y el dolor en su hombro que ya no se iba.
Entró al cuadrilátero. Al otro lado, esperaba Javier "El Lobo". Grande, sonriente, relajado, mirando a Leo con una mezcla de burla y desprecio, sabiendo perfectamente que su plan había funcionado. Sabía que Leo ya no estaba ahí. Sabía que Leo estaba derrotado antes de empezar.
El árbitro dio las instrucciones de rigor. Leo ni siquiera lo miró. Sus ojos oscuros buscaban entre las gradas, buscaban la zona reservada donde sabía que ella debía estar. Y la vio. Allí, en un palco elevado, detrás de un cristal de seguridad, estaba Sofía. Estaba pálida, tenía los ojos hinchados y rojos por el llanto, y miraba hacia abajo, hacia él, con una expresión de angustia y miedo que le partía el alma. Estaba sentada al lado de su madre, que le apretaba el brazo con fuerza, impidiéndole quizás incluso moverse.
—¡Al ring! —gritó el árbitro, dando la señal de inicio.
Sonó la campana.
Javier salió rápido al ataque, buscando desesperadamente el contacto, buscando el choque. Leo se movía, esquivaba por instinto, bloqueaba golpes con la mano izquierda, porque la derecha... la derecha le dolía horrores, apenas podía levantarla bien. Su mente estaba dividida entre pelear y mirar hacia el palco, entre golpear y recordar los gritos de los periodistas. No estaba concentrado. No era el Leo de siempre.
Y Javier lo notó al instante. Vio la lentitud. Vio que la mano derecha colgaba un poco más baja de lo normal. Vio la mueca de dolor que Leo intentaba disimular. Y sonrió. Lo sabía. Sabía que estaba lesionado. Y sabía dónde dolía.
Javier cambió su estrategia. Dejó de buscar golpes fuertes a la cara y al cuerpo, y empezó a atacar de forma inteligente y ruin: atacaba el hombro.
Cada vez que Leo levantaba el brazo para cubrirse, Javier lanzaba un golpe seco, duro, justo en la articulación. Cada vez que Leo giraba, Javier buscaba la zona dolorida con el codo o con el puño. Y cada impacto era un martillazo en la herida oculta. Leo gruñía de dolor, apretaba los dientes hasta casi rompérselos, sentía cómo la lesión se abría de nuevo, cómo los músculos desgarrados volvían a sufrir, cómo el brazo empezaba a perder fuerza, a dormirse, a ser inútil.
La pelea se convirtió en una tortura para él. Para la gente, parecía que Leo estaba rindiendo mal, que estaba siendo superado. Pero para quienes lo conocían —como Ricardo, que miraba desde la esquina con lágrimas en los ojos y el corazón roto— y para Sofía, que veía cada movimiento con el alma en vilo, era evidente: Leo estaba sufriendo, estaba aguantando dolor que ningún ser humano debería soportar, y estaba perdiendo porque su mente y su corazón estaban en otro lugar, lejos de la jaula.
En el tercer asalto, Javier logró acorralarlo contra las cuerdas. Leo intentó reaccionar, intentó lanzar su golpe de firma, ese gancho derecho que había derribado a tantos gigantes... pero el dolor fue tan brutal que el golpe salió débil, lento, sin fuerza. Javier lo esquivó con facilidad y aprovechó la apertura. Levantó su propio puño y descargó todo su peso, toda su fuerza, toda su maldad, directamente sobre el hombro lesionado de Leo.
Se escuchó un sonido sordo, seco, horrible, mezclado con el grito ahogado de Leo y el grito desgarrador de Sofía desde las gradas.
Leo cayó de rodillas. El dolor fue tan intenso que casi pierde el conocimiento. Sentía que le habían arrancado el brazo. Sentía fuego, cuchillas, vidrio molido dentro de su propio cuerpo. Intentó levantarse, apoyándose en la mano izquierda, intentando no rendirse, pensando en ella, pensando que tenía que ganar por ella... pero su cuerpo ya no respondía. Su cuerpo, que había sido su templo y su herramienta, le había fallado, destrozado por años de esfuerzo y por la traición de esa noche.
—¡UNA! —empezó a contar el árbitro.
Leo miraba hacia arriba, hacia el cristal donde estaba ella. La veía llorar, gritar, golpear el cristal con las manos desesperada, queriendo bajar, queriendo ayudarlo.
—¡DOS!
Javier gritaba de júbilo, paseándose por el ring, sabiendo que ya era suyo.
—¡TRES! ¡CUATRO!
Leo intentó levantarse otra vez, pero el hombro le ardía tanto que las lágrimas se le escaparon de los ojos, no por miedo, sino por el dolor físico y emocional insoportable. Sabía que no podía. Sabía que esa noche, había perdido todo. El título, su invencibilidad, su salud, y quizás, para siempre, a ella.
—¡DIEZ! ¡FUERA!
La campana finalizó la pelea.
Javier "El Lobo" era el nuevo campeón del mundo. Levantaban su mano, el estadio estallaba, confusiones, gritos, celebraciones... pero Leo no veía ni oía nada. Seguía de rodillas en la lona, con la cabeza baja, sosteniéndose el brazo derecho que ya no se podía mover, sintiéndose el hombre más fracasado y miserable sobre la tierra.
Lo ayudaron a salir del ring. Lo llevaron casi en volandas hasta los vestuarios. Y en el camino, al levantar la vista por última vez, vio que Sofía ya no estaba en el palco. Se había ido. Huyendo, como siempre, pero esta vez, dejándolo a él tirado en el suelo, vencido, destrozado, arruinado por culpa de su amor.




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