Las semanas siguientes fueron duras, muy duras. La derrota de Leo fue noticia mundial. Los titulares fueron crueles: "El Rey Caído", "La maldición del amor destruye a Vargas", "Derrotado por su propio cuerpo y su propio corazón". Javier se paseaba por todas las portadas, presumiendo el título, mintiendo sobre su victoria, diciendo que él siempre había sido mejor, que Leo estaba acabado, que ya no servía para nada.
Leo fue sometido a varias operaciones en su hombro. Los médicos fueron claros y directos: la lesión era grave, tendones rotos, músculos desgarrados acumulados durante años y agravados brutalmente en esa pelea.
—Leo —le dijo el especialista mientras revisaba las radiografías—. Si quieres volver a luchar, si quieres volver a ser el de antes... vas a tener que parar. Parar por completo durante seis u ocho meses. Rehabilitación intensiva, fisioterapia, descanso absoluto, nada de esfuerzos bruscos. Tu cuerpo te ha aguantado mucho, pero esa noche lo llevaste al límite de la destrucción. Ahora toca reconstruirlo. Y solo si lo haces bien, tendrás una oportunidad de recuperar tu lugar.
Leo aceptó. No dijo nada. No se quejó. Se sentía culpable, avergonzado, herido en su orgullo y en su alma. Se alejó de todo. Se fue a una clínica especializada, apartada de la ciudad, lejos de las cámaras, lejos del deporte, lejos de todo lo que conocía. Pasó meses encerrado, trabajando duro para recuperar cada movimiento, cada milímetro de fuerza en ese brazo que dolía hasta dormido.
Ricardo iba a verlo a menudo. Era su único lazo con el mundo exterior. Y cada vez que iba, veía a un Leo diferente. Ya no era la máquina dura y fría, ni el hombre roto de antes. Era alguien que estaba aprendiendo a reconstruirse desde las cenizas. Entrenaba su mente tanto como su cuerpo. Leía, estudiaba estrategias, aprendía sobre sus propios límites. Y cada día, cada ejercicio, cada gota de sudor y cada minuto de dolor... lo hacía pensando en una sola cosa: Volver. Volver más fuerte. Y recuperar lo que es suyo.
—¿Cómo está ella? —le preguntaba siempre a Ricardo, bajito, con miedo a la respuesta, cada vez que su amigo venía de la ciudad.
Y Ricardo le contaba lo que sabía. Lo que salía en las noticias. Lo que se rumoreaba. Y fue así como Leo se enteró de lo nuevo que se venía.