Mientras Leo luchaba contra su propia rehabilitación, la vida de Sofía y de su madre seguía su curso, intentando desesperadamente salvar lo que quedaba de su imperio. El escándalo no desaparecía. Al contrario, cada día que pasaba sin noticias nuevas, la gente inventaba cosas nuevas. Los patrocinadores seguían retirándose. Elena Montero estaba al borde de la desesperación, buscando cualquier solución, cualquier forma de limpiar el nombre de su hija y volver a ser la reina del deporte.
Fue entonces cuando apareció Thiago Silva.
Thiago era un patinador artístico profesional, de otro país, unos años mayor que Sofía. Era famoso, talentoso, guapo, carismático y muy reconocido en el mundo del hielo, aunque siempre había vivido un poco a la sombra de las grandes estrellas, como ella. Sabía perfectamente quién era Sofía, sabía de su talento, pero también sabía de su situación actual: su imagen dañada, los problemas con los patrocinadores y la historia de amor que había sacudido al mundo entero.
Y eso era exactamente lo que él estaba buscando.
Thiago había seguido todo el escándalo desde el principio, no por curiosidad, sino por interés. Él tenía claro que necesitaba un empujón para llegar a la cima, para ser tan grande como ella alguna vez lo fue. Y qué mejor forma de conseguir fama mundial, portadas en todas las revistas y contratos millonarios, que apareciendo justo en el momento en que la "Princesa del Hielo" estaba caída, para ser su salvador.
Contactó a Elena Montero directamente, a través de sus representantes, y pidió una reunión privada, urgente y confidencial. Elena, desesperada y dispuesta a cualquier cosa con tal de arreglar el desastre, aceptó sin dudarlo. Se encontraron en un hotel lujoso, lejos de miradas indiscretas, en una sala reservada solo para ellos.
Thiago entró sonriente, seguro de sí mismo, con ese aire de elegancia que caracterizaba a los deportistas de hielo. Se sentó frente a Elena, la miró a los ojos y fue directo al grano, sin rodeos, mostrando que tenía muy claro lo que pasaba y lo que quería.
—Señora Montero, sé por lo que están pasando usted y su hija —empezó Thiago, con voz suave pero firme—. Sé que la imagen de Sofía ha sufrido mucho en los últimos meses. Sé que los rumores, la historia con ese luchador y todo el escándalo han hecho que muchas puertas se cierren. Y sé que usted necesita una solución rápida, efectiva y que devuelva a su hija al lugar que merece: la cima.
Elena lo miraba con atención, viendo en él la esperanza que tanto había buscado.
—¿Y tú puedes ofrecerme eso, Thiago? ¿Qué tienes tú que pueda arreglar lo que ese hombre destruyó?
Thiago sonrió, inclinándose un poco hacia adelante sobre la mesa.
—Tengo una propuesta. Una estrategia perfecta para ambos. Yo soy un deportista limpio, respetado, con una imagen intachable. Soy del medio, como ustedes. Entiendo el arte, la elegancia, la perfección. Si yo aparezco ahora, si se empieza a hablar de que yo estoy al lado de Sofía, de que la apoyo, de que estamos juntos... todo cambia. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo—. La gente olvida rápido, señora Montero. Mañana, si usted quiere, los titulares ya no hablarán de la chica que se enamoró de un bruto, sino de la pareja dorada del patinaje mundial. Sofía recuperará su reputación de elegancia, volverá a ser la princesa, pero esta vez acompañada de un príncipe de hielo, no de un monstruo de la jaula. Los patrocinadores volverán corriendo, las marcas de lujo pelearán por tenerlos, y el escándalo quedará enterrado para siempre bajo nuestra fama.
Elena sintió cómo se le iluminaba la cara. Era exactamente lo que quería. Era la solución perfecta. Borrar a Leo Vargas de la existencia, sustituirlo por alguien de su mismo mundo, alguien "adecuado", y devolverle a su hija su estatus y su dinero.
—¿Y qué ganas tú con todo esto, Thiago? —preguntó ella, aunque ya se imaginaba la respuesta, y le gustaba.
Él se acomodó en la silla, con una sonrisa que revelaba su ambición.
—¿Yo? Gano todo, señora. Sofía es la mejor del mundo. Es la más talentosa, la más hermosa, la más famosa. Si estoy a su lado, si soy su pareja... yo paso de ser un buen deportista a ser una estrella mundial. Todos querrán saber de mí. Todos querrán contratarnos juntos. Ganamos ambos. Usted recupera a su hija y su imperio, y yo consigo la fama y el reconocimiento que merezco. Es un trato justo. Una alianza perfecta.
Elena no lo dudó ni un segundo. Para ella, esto no era amor, ni sentimientos, ni nada de eso. Era negocios. Era estrategia. Era lo que siempre había hecho: manejar la vida de su hija como si fuera su propia empresa. Extendió la mano sobre la mesa, sellando el destino de Sofía sin que ella hubiera dicho ni una palabra.
—Trato hecho, Thiago. Pero recuerda: todo debe parecer real. Debe parecer amor. Debe parecer que tú llegaste para salvarla de la oscuridad.
Thiago estrechó su mano con fuerza, satisfecho.
—Descuide. Sé muy bien cómo actuar. Y créame... haré que todo el mundo crea que soy el hombre perfecto para ella.
Días después, la noticia estalló en todos los medios, tal como lo habían planeado. La foto principal era impactante: Sofía y Thiago juntos, caminando por la entrada del complejo deportivo. Él iba a su lado, cerca de ella, protegiéndola con un brazo levemente rozando su espalda, sonriendo a las cámaras, guapo y elegante. Ella caminaba con la cabeza alta, el pelo perfecto, vestida impecablemente, con esa máscara de perfección que su madre le obligaba a usar, pero con la mirada perdida, fría, vacía.
Los titulares cambiaron radicalmente, tal como predijo Thiago:
¡EL AMOR VUELVE AL HIELO! SOFÍA MONTERO Y THIAGO SILVA: LA PAREJA DORADA QUE VIENE A SALVAR EL DEPORTE.
DEJANDO ATRÁS EL PASADO: SOFÍA ELIGE BIEN Y ENCUENTRA EL APOYO EN EL CAMPEÓN THIAGO SILVA.
ADÉU AL ESCÁNDALO: LA PRINCESA Y SU NUEVO PRÍNCIPE.
El efecto fue inmediato y brutal. La gente se volcó con ellos. Olvidaron rápido todo lo de Leo, todo el dolor, todo el drama. Ahora querían historias bonitas, parejas perfectas, cuentos de hadas. Los patrocinadores empezaron a llamar de nuevo, ansiosos por firmar contratos con la nueva pareja estrella. Elena estaba radiante de felicidad. Todo estaba volviendo a ser como antes. O incluso mejor.
Pero para Sofía, todo esto era una pesadilla diferente, pero igual de dolorosa.
Su madre le había presentado todo esto como una orden, no como una opción.
—Es lo que toca, Sofía —le había dicho en cuanto le contó el plan—. Thiago es la salvación. Gracias a él, no perdemos nada. Gracias a él, vuelves a ser quien eras. Y tú vas a hacer tu parte. Vas a sonreír, vas a caminar a su lado, vas a dejar que te tomen fotos y vas a actuar como si fueras la mujer más feliz del mundo. ¿Me has entendido? Es tu deber. Es tu carrera. Es tu vida. Y sobre todo... es la única forma de borrar para siempre el nombre de ese tal Vargas de tu historia.
Sofía había aceptado, derrotada, cansada de luchar, cansada de sufrir. Caminaba al lado de Thiago, le dejaba tomarle la mano, le dejaba acercarse, le dejaba hablar de ellos como si fueran novios... pero por dentro, sentía repulsión. No por Thiago, que en el fondo era amable y educado, sino por todo lo que esto significaba: era una mentira gigante. Era la confirmación de que su vida entera era una farsa. Que ella era un objeto que se podía cambiar de dueño, de imagen, de historia, según convenía.
Y lo peor de todo: cada vez que veía una foto suya con Thiago, cada vez que escuchaba su nombre junto al de él, su mente volaba inevitablemente hacia Leo. Se preguntaba dónde estaría. Cómo estaría. Si habría visto las noticias. Si sabía que ella ahora estaba con otro, alguien de su mundo, alguien "adecuado". Y le dolía. Le dolía en el alma pensar que él creería que ella lo había olvidado fácilmente, que ella lo había cambiado, que todo lo que habían vivido no había significado nada para ella. Porque aunque ahora caminara al lado de Thiago, aunque sonriera para las cámaras, su corazón seguía tirado en la lona de ese ring, el día que él perdió todo por ella.