"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 13: CENIZAS QUE ARDEN

A miles de kilómetros de allí, en la clínica de rehabilitación alejada de todo ruido, Leo también vio las noticias.
Estaba terminando una sesión agotadora de fisioterapia, con el cuerpo empapado en sudor, con el hombro ardiendo por el esfuerzo de recuperar movilidad, cuando Ricardo entró en la habitación con el teléfono en la mano, con la cara pálida y una expresión de dolor profundo.
—Leo... —dijo Ricardo bajito, dudando si enseñarle o no lo que veía en la pantalla—. Tienes que ver esto... aunque me parte el alma dártelo.
Leo se secó la cara con una toalla, respirando pesadamente, y alzó la vista.
—Pasa. Sea lo que sea, ya lo he perdido todo. No puede doler más de lo que ya duele.
Ricardo le pasó el móvil. La pantalla mostraba la foto a color, grande y nítida: Sofía, hermosa, inalcanzable, del brazo de ese tal Thiago Silva. Sonriendo. Posando. Luciendo perfecta, brillante, feliz... tal como él siempre había querido que fuera.
Leo sintió como si le hubieran golpeado de nuevo en el hombro herido, pero esta vez el dolor fue mil veces peor, porque no fue en el cuerpo, fue en el alma. Se quedó mirando la imagen fijamente, con la respiración detenida, con el corazón apretado en un puño de hierro. Leyó los titulares. Leyó las palabras bonitas que decían de ellos. Vio cómo la llamaban "la pareja ideal". Vio cómo borraban su nombre, su existencia, todo lo que habían sido.
—Se llama... Thiago Silva... —murmuró Leo, con voz ronca, áspera, rota, sin apartar la mirada de la cara de ella, de esa sonrisa que ahora regalaba a otro—. Un patinador. De los suyos. Perfecto, ¿no? Tal como dijo su madre. Tal como debía ser. Princesa y príncipe. Ambos de hielo. Ambos fríos, perfectos, limpios... A diferencia de mí. Que soy barro. Que soy suciedad. Que soy dolor.
Dejó el teléfono sobre la mesa, se giró de espaldas a Ricardo y miró por la ventana, hacia el horizonte vacío. Sus manos, esas manos que habían derribado a gigantes, que habían sostenido el mundo, le temblaban ligeramente.
—Lo ha olvidado rápido... —susurró, y una lágrima de rabia y tristeza se le escapó, golpeando el suelo—. O tal vez... tal vez nunca me quiso tanto como yo creía. Tal vez todo esto es lo que ella quería desde el principio. Una vida bonita, sin golpes, sin dolor, sin alguien como yo arruinándolo todo.
—¡No digas eso, Leo! —intervino Ricardo, acercándose con cuidado—. Tú sabes que esto no es así. Tú sabes que es su madre, que es presión, que es negocio. ¡Tú sabes que ella te ama! ¡Viste cómo lloró el día de la pelea! ¡Viste cómo gritaba tu nombre desde el palco! ¡Esto es una farsa!
Leo negó lentamente con la cabeza, apretando los dientes, tragándose su propio dolor y transformándolo en algo más oscuro, más fuerte.
—Da igual lo que sea, Ricardo. El resultado es el mismo. Ella está bien. Ella está a salvo. Ella está brillando de nuevo. Y eso... eso era lo único que quería. ¿Recuerdas? Dije que si mi nombre servía para mancharme a mí y limpiarla a ella, lo aceptaría. Dije que si yo desaparecía de su vida, ella sería feliz. —Se giró hacia su amigo, y sus ojos ya no estaban tristes. Estaban llenos de fuego, de una determinación aterradora y absoluta—. Y ahora veo que es verdad. Ella es feliz. Ella está donde debe estar. Con quien debe estar.
Caminó hacia la máquina de entrenamiento, volvió a agarrar las correas, volvió a someter su hombro al esfuerzo brutal que requería la recuperación.
—Entonces, ya no tengo nada que me ate al pasado. Ya no tengo nada que me distraiga. Ya no tengo debilidades. Ella ha cerrado la puerta. Y yo... yo voy a abrir el camino de vuelta. Voy a volver, Ricardo. Voy a curarme, voy a ser más fuerte que nunca, voy a recuperar mi título, voy a destrozar a Javier y a todos los que se rieron de mí... y lo haré sin corazón. Porque mi corazón... ella se lo llevó con ella. Y ahora que lo ha tirado a la basura con mi recuerdo... solo me queda el acero.
Ricardo lo miró, y aunque le dolía verlo así, tan endurecido, tan herido, tan decidido, supo una cosa con total certeza: Leo Vargas iba a volver. Y cuando lo hiciera, el mundo entero temblaría bajo sus pies.
Pasaron los meses. Meses de silencio, de trabajo duro, de dolor y de reconstrucción. Leo desapareció de la vista pública. Nadie sabía nada de él. Los medios decían que estaba acabado, que se había retirado, que la derrota y el amor lo habían destruido. Javier "El Lobo" seguía presumiendo de campeón, diciendo que él había acabado con la leyenda de Vargas.
Y en el mundo del hielo, Thiago y Sofía eran la sensación del momento. Ganaban competiciones, posaban para revistas, firmaban contratos multimillonarios. Todo parecía perfecto. Todo parecía de cuento. Pero en el fondo, en lo más profundo de los ojos de Sofía, siempre había una sombra, una ausencia, un nombre que no decía en voz alta, y una herida que nunca dejaba de sangrar.
Pero el tiempo de las cenizas estaba a punto de terminar. Y el fuego que había debajo... estaba a punto de estallar con más fuerza que nunca.




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