"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 15: EL PRECIO DE LA VERDAD

La noticia de la caída y la lesión de Sofía recorrió el mundo entero en cuestión de horas. Los titulares, que semanas atrás alababan a la pareja perfecta, ahora eran crueles y burlones:
¡EL SUEÑO ROTO! SOFÍA MONTERO Y THIAGO SILVA: EL DESASTRE DE LA TEMPORADA.
DE LA GLORIA AL SUELO: LA CAÍDA QUE ACABÓ CON EL MITO.
¿MAL QUÍMICA O FALTA DE TALENTO? EL FRACASO DE LA PAREJA DORADA.
Y lo peor de todo para la imagen que habían intentado construir: Thiago, en sus declaraciones a la prensa, tal como había hecho en el vestuario, no tuvo el menor reparo en culparla abiertamente.
—Fue un error de ella —dijo ante las cámaras, con esa falsa expresión de pesar—. Ella se adelantó, no siguió el ritmo, me descuadró totalmente. Yo estaba listo para sostenerla, pero no llegó al lugar acordado. Lamento mucho su lesión, pero en el deporte, la precisión lo es todo. Y ella falló.
Sus palabras fueron una puñalada trapera. No solo la culpaba, sino que además insinuaba que ella era incapaz, que había perdido su talento, que ya no servía. Elena escuchó todo eso en su casa, con el televisor encendido, y sintió vergüenza. Una vergüenza que nunca antes había sentido. Se dio cuenta de la clase de persona en la que había puesto toda su confianza y todo el futuro de su hija: un hombre egoísta, cobarde y falso.
Inmediatamente, tomó el teléfono, llamó a sus abogados y dio la orden definitiva:
—Corten todo contrato con Silva. Cancelen todas las apariciones conjuntas. Rompan todo vínculo legal, deportivo y personal. Y si vuelve a hablar mal de mi hija... que se enfrente a nosotros en los tribunales. Ya no me importa la imagen. Me importa ella.
Pero el daño ya estaba hecho. Sofía estaba en su habitación, en su casa, con la pierna en alto, medicada para el dolor, mirando por la ventana mientras la nieve caía lentamente en la ciudad. Estaba aislada del mundo, pero por primera vez en mucho tiempo, no se sentía vigilada. Su madre había cambiado. Ya no entraba para dar órdenes, sino para llevarle té, para preguntarle cómo estaba, para sentarse en silencio a su lado.
Sin embargo, en medio de todo ese caos, en medio de su dolor físico y emocional, había algo que Sofía no sabía: Leo lo estaba viendo todo.
En la clínica de rehabilitación, las noticias llegaban igual. Leo estaba en la sala de descanso, terminando una sesión durísima que le había dejado el hombro ardiendo, cuando vio la imagen repetida mil veces: la caída. La vio en cámara lenta, la vio desde distintos ángulos. Vio cómo Thiago fallaba el agarre. Vio cómo la dejaba ir. Vio cómo ella golpeaba el hielo. Y vio cómo ese hombre se levantaba y la dejaba ahí tirada, sola y herida.
Un rugido de furia, contenido y profundo, salió de la garganta de Leo. Agarró el mando a distancia y lo lanzó contra la pared, haciéndolo pedazos. Ricardo, que estaba allí mismo leyendo unos informes, saltó del susto.
—¡Leo! ¡Tranquilo, por favor! —le gritó, acercándose con precaución, sabiendo que su amigo estaba al límite—. Ya sabes cómo es ese tipo... es un cobarde. No vale nada.
—¡LA DEJÓ CAER, RICARDO! —bramó Leo, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada, con los ojos inyectados en ira—. ¡La agarró mal! ¡La tiró! ¡Y luego se fue corriendo! ¡Si yo estuviera ahí...! ¡Si yo estuviera ahí, lo habría matado! ¡Juro por Dios que lo habría matado con mis propias manos por tocarla, por hacerle daño, por dejarla sola! ¡Ella no merece eso! ¡Ella merece que la sostengan hasta el último segundo, aunque se caiga uno mismo con ella!
Se detuvo de golpe, se llevó la mano buena a la cara, y por primera vez en meses, la máscara de dureza se le rompió por completo. Se sentó pesadamente en el sofá, vencido por la impotencia.
—Duele... —susurró, con la voz quebrada—. Verla ahí, llorando, herida... y yo aquí, lejos, sin poder hacer nada. Pensé que al dejarla libre, al dejarla irse con alguien de su mundo, estaría a salvo. Pensé que alguien como ella necesitaba alguien elegante, bonito, perfecto... ¡Y me equivoqué! ¡Me equivoqué horrible! ¡Ella no necesita perfección, Ricardo! ¡Ella necesita protección! ¡Ella necesita lealtad! ¡Ella necesita a alguien que pelee sus batallas aunque sean contra el mundo entero! ¡Y ese maldito patinador no tiene ni la mitad de agallas que tiene ella sola!
Ricardo se sentó a su lado, poniéndole una mano en el hombro sano.
—Lo sé, Leo. Lo sé. Pero mira... ahora sabes algo más. Sabes que tu lugar sigue siendo junto a ella. Sabes que nadie más puede darle lo que tú le dabas. Nadie. Ni el dinero, ni la fama, ni los títulos... nada.
Leo levantó la vista, y en sus ojos oscuros, además de la ira y el dolor, se encendió de nuevo esa llama que parecía apagada. Una llama de propósito. Una llama de amor.
—¿Cómo está? —preguntó, casi con miedo a la respuesta—. ¿Cómo está ella realmente?
—Mal, Leo. Dicen que tiene la pierna muy mal. Que no va a competir en mucho tiempo. Que está encerrada en casa, alejada de todos. Y... dicen que está muy sola. Que rompió todo con Silva. Que ya no hay pareja.
Leo sonrió levemente, pero no era una sonrisa de alegría, sino de determinación.
—Bien. Menos mal. Al menos se libró de esa basura. —Se puso de pie, apretó los dientes y empezó a quitarse las vendas de entrenamiento con movimientos rápidos y decididos—. Ricardo... llama a los médicos. Diles que acorten los plazos. Que duplique las sesiones. Que haré el doble de esfuerzo, el triple, lo que haga falta. No me importa el dolor. No me importa el cansancio.
—¿Leo? ¿Qué estás pensando? —preguntó Ricardo, intuyendo lo que venía.
Leo se giró hacia él, y su mirada era la de antes. La mirada del campeón. La mirada del hombre que lo sacrificaba todo.
—Pensando que mi rehabilitación acaba de cambiar de objetivo. Antes me recuperaba solo para recuperar mi título, para vengarme, para demostrar que sigo siendo el mejor. —Se acercó a la ventana, mirando hacia la ciudad, hacia donde sabía que ella estaba—. Pero ahora... ahora me recupero para ella. Porque sé que está herida. Porque sé que está sola. Porque sé que el mundo entero se le ha venido encima otra vez. Y porque... cuando yo vuelva al ring, cuando yo recupere lo que es mío, cuando sea el rey indiscutible de nuevo... entonces, y solo entonces, tendré el derecho de volver a su vida.
Se quedó en silencio un segundo, y susurró, como una promesa hecha al viento:
—Esperame, Sofía. Ya casi estoy listo. Y cuando vuelva... esta vez, no te dejaré caer. Nunca más.




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