Pasaron once meses desde la derrota en el campeonato. Once meses de esfuerzo, de dolor, de sudor y de voluntad férrea. Leo había cumplido al pie de la letra lo que le habían ordenado los médicos: rehabilitación intensiva, días enteros trabajando sobre su hombro, movimientos lentos al principio, muy lentos, hasta que empezaron a tener fuerza. Había días en que el dolor era tan fuerte que le hacía llorar en silencio, pero nunca se rindió. Cada vez que sentía que quería abandonar, solo tenía que cerrar los ojos y pensar en ella: en cómo la había visto caer, en cómo la habían dejado sola, en lo mucho que se merecía ser protegida. Y esa imagen era el combustible que lo mantenía en pie.
Los médicos confirmaron lo que tanto había esperado: estaba listo. Su hombro había recuperado casi toda su movilidad y fuerza. Las lesiones antiguas habían sanado, y aunque quedaba una pequeña marca que le recordaría siempre lo que había sufrido, ya no era un obstáculo. Estaba más fuerte que nunca, más rápido, más técnico, más inteligente. El tiempo de descanso no lo había debilitado, lo había perfeccionado.
La primera decisión que tomó fue ir a ver a la junta de boxeo y artes marciales, para solicitar formalmente el derecho a una revancha por el título mundial que le habían arrebatado injustamente. Allí le explicaron la regla clara: para poder volver a disputar el cetro, tenía que ganar seis combates consecutivos, contra rivales de diferentes categorías y niveles, demostrando que estaba en forma y merecía la oportunidad.
Leo aceptó sin dudarlo. Seis peleas. Seis victorias. Nada más. Y luego, volvería a enfrentarse a Javier "El Lobo" y le quitaría lo que le pertenecía por derecho.
El anuncio de su regreso causó sensación en el mundo deportivo. Los medios hablaban de él como el "Campeón que Volverá", la gente lo apoyaba con locura, recordando su estilo único, su fuerza y su corazón que lo hacían diferente a cualquier otro luchador.
Pero el enemigo, Javier "El Lobo", no se quedaría con los brazos cruzados. Sabía que Leo era peligroso, sabía que tenía talento y carácter, y sabía que si volvía a tener la oportunidad, lo derrotaría de nuevo. Por eso, desde el primer día, envió a sus propios representantes y a periodistas pagados para seguirle la pista, para buscar cualquier error, cualquier noticia que pudiera manchar su nombre, cualquier forma de hacerlo daño antes de que llegara la revancha.
Sin embargo, Leo tenía una regla de oro: nunca haría nada que involucrara a Sofía. Ninguna declaración, ninguna foto, ninguna palabra que pudiera traerla de nuevo al centro de la atención, que pudiera causarle problemas o que pudiera hacer que la relacionaran con él de forma que la perjudicara. Se mantuvo en silencio sobre su vida personal, solo hablaba de deporte, de entrenamiento, de respeto y de superación.