La casa estaba en lo alto de una colina, con vistas a montañas cubiertas de árboles y un jardín enorme lleno de flores. Era pequeña, acogedora, con espacios amplios pero con un calor que hacía sentir que estaban en casa. Cuando llegaron, dejaron las maletas en el suelo y se miraron, con una sonrisa que decía todo lo que necesitaban decir.
Leo se acercó primero, con esa fuerza que lo caracterizaba pero con una ternura que solo ella conseguía sacar. La tomó de la cintura y la acercó suavemente hacia él, mirándola a los ojos con una intensidad que hacía que el corazón de Sofía latiera más rápido.
—Por fin... —murmuró él, con la voz suave pero llena de emoción—. Por fin podemos estar tranquilos. Sin periodistas, sin competiciones, sin que nadie nos diga qué hacer o qué decir. Solo tú y yo.
Sofía sonrió, poniendo sus manos en su pecho, sintiendo cómo su corazón latía fuerte bajo su camisa. Se sentía segura, protegida, amada de una forma que nunca antes había sentido. Le gustaba verlo así: no como el campeón, no como el luchador fuerte e imparable, sino como él era realmente: un hombre que amaba con toda su alma, que sentía con mucha intensidad y que quería a su lado a la persona más importante de su vida.
—Sí —respondió ella, con esa voz tranquila y dulce que lo calmaba siempre—. Por fin. Es lo que más he deseado.
Ese primer día lo pasaron caminando por el jardín, hablando de todo y de nada, riendo como dos niños que han encontrado su lugar. Leo le contaba anécdotas de sus entrenamientos, de momentos difíciles que había tenido que superar, y ella le escuchaba con atención, preguntándole cosas, haciendo que él se sintiera comprendido de una forma que nadie más lo había hecho nunca. Ella le hablaba de sus rutinas en la pista, de cómo se sentía cuando patinaba, de lo feliz que era ahora que lo hacía por amor y no por obligación.
Las tardes eran su momento favorito. Se sentaban en el porche, tomando algo caliente, mirando cómo el sol se escondía detrás de las montañas y pintaba el cielo de colores naranjas y rosas. En esos momentos, la cercanía entre ellos crecía cada vez más. Leo tomaba su mano, acariciándola con suavidad, y a veces, sin prisa, sin urgencia, se acercaba poco a poco hasta que sus frentes se tocaban, hasta que sus respiraciones se mezclaban. Había besos suaves, llenos de sentimiento, que no necesitaban palabras para decir lo que sentían: amor, gratitud, pertenencia. Eran besos lentos, profundos, donde se daban todo lo que tenían, donde se sentían uno solo, sin barreras ni miedos.
Sofía disfrutaba cada instante de esa intimidad. Le gustaba sentirlo cerca, sentir su fuerza, sentir cómo la cuidaba, cómo la respetaba y al mismo tiempo cómo la deseaba. Ella era la calma en su vida, y él era la pasión en la de ella, y juntos creaban una mezcla perfecta que los hacía sentir completos.
Pero como Leo era una persona que sentía todo con mucha intensidad, esa calma y esa felicidad pronto se mezclaron con algo que era parte de su forma de ser: los celos.
Era algo que él no podía controlar del todo, algo que venía de lo más profundo de su ser, de su forma de amar con tanta fuerza que no soportaba la idea de que alguien más pudiera mirarla, hablarle o acercarse a ella de una forma que no fuera la suya. Y aunque sabía que Sofía era fiel, que lo amaba con todo su corazón, sus sentimientos eran más fuertes que su razón en esos momentos.
Todo comenzó una tarde en que salieron a dar un paseo por un pueblo cercano. Era un lugar pequeño, tranquilo, donde los vecinos los reconocieron enseguida, ya que eran famosos en todo el país. Mientras caminaban por la calle, un grupo de jóvenes que estaban en una cafetería los vio y se acercaron con entusiasmo. Eran sus fans, personas que los admiraban por lo que hacían, y querían saludarles, tomar algunas fotos y hablar un poco con ellos.
Sofía, que siempre había sido amable y cariñosa con la gente, aceptó de buen grado. Sonrió, se puso de pie para las fotos, habló con ellos con naturalidad y hasta dio su número de teléfono a uno de los chicos, un joven que se había acercado con mucha timidez y que le dijo que quería aprender a patinar y que le gustaría que le diera algunos consejos.
Leo se quedó a su lado, sonriendo por fuera, pero por dentro sentía cómo algo se le apretaba en el pecho. Veía cómo ese chico se acercaba demasiado, cómo la miraba con admiración, cómo le hablaba con una suavidad que a él le parecía que nadie más debía usar con ella. Sus manos se cerraron en puños a los lados de su cuerpo, su mandíbula se apretó y sus ojos se oscurecieron un poco, mostrando esa intensidad que lo caracterizaba cuando sentía que algo o alguien se acercaba a lo que era suyo.
Quiso acercarse, quiso separarlos, quiso decirle a ese chico que se alejara, que ella era de él y que nadie más tenía derecho a estar tan cerca de ella. Pero se contuvo. Sabía que estaba en un lugar público, que si reaccionaba de forma violenta o exagerada, los medios lo cogerían, lo manipularían y harían chismes otra vez, diciendo que era posesivo, violento o que tenía problemas de carácter. Y lo más importante: no quería causarle problemas a Sofía, no quería que ella se viera involucrada en discusiones o polémicas por su culpa. Así que aguantó, tragó sus sentimientos y se quedó allí, con una sonrisa forzada, aunque por dentro estaba ardiendo.
Cuando el grupo se fue, Leo se quedó en silencio, caminando un poco más rápido de lo normal. Sofía se dio cuenta de que algo pasaba, de que su estado de ánimo había cambiado, y se acercó a él con calma, poniendo su mano en su brazo.
—¿Qué pasa? —le preguntó ella con su voz tranquila y dulce—. ¿Te pasa algo?
Leo se detuvo, se giró hacia ella y la miró. En sus ojos se veía la confusión, el deseo de estar tranquilo y al mismo tiempo la necesidad de demostrar que ella era suya.
—Ese chico... —empezó él, con la voz un poco tensa—. Te dio su número. Te hablaba como si... como si tuviera derecho a estar cerca de ti. No me gustó. No me gustó nada.
Sofía lo miró con comprensión, sin enojarse, sin ponerse a la defensiva. Conocía su forma de ser, sabía que él amaba con tanta fuerza que sus celos no eran por desconfianza, sino por amor, por miedo a perderla, por no soportar que alguien más pudiera verla o quererla de una forma que no fuera la suya. Se acercó más, tomó su cara entre sus manos y lo miró fijamente.
—Leo, mírame —le dijo ella con suavidad—. Tú eres lo más importante que tengo. Solo a ti te amo, solo a ti te pertenece mi corazón. Ese chico solo quería aprender, solo quería saludarme, no hay nada más. Y yo sé que lo que sientes es porque me quieres mucho, y eso me hace sentir feliz. Pero no te preocupes, ¿vale? No hay nadie que pueda estar en mi lugar. Tú eres el único.
Sus palabras, tan tranquilas, tan seguras, calmaron la tormenta que había en su pecho. Leo suspiró, cerró los ojos un momento y se acercó a ella, apoyando su frente en la de ella, buscando su calma para encontrar la suya.
—Lo sé... lo sé que dices la verdad —murmuró él, ya más tranquilo—. Pero es que te quiero tanto que a veces me da miedo que alguien más te vea y te quiera también. Y yo no puedo soportar la idea de que te vayas con alguien que no sea yo.
Sofía sonrió, dándole un beso suave en los labios, un beso que le transmitía toda su seguridad, todo su amor.
—Nunca me iré de tu lado —le prometió ella—. Eres mi fuerza, mi refugio, mi todo. No hay nadie más en el mundo que pueda ocupar tu lugar.
Pero los celos de Leo no eran algo que se fuera a resolver con solo unas palabras. A veces aparecían de nuevo, en pequeños momentos, sin que hubiera una razón real, solo por la forma en que la miraban, por cómo le hablaban, por cómo la trataban los demás.
Otra vez sucedió una tarde, cuando estaban en un centro comercial comprando cosas para la casa. Había mucha gente, y muchos fans los reconocieron enseguida. Se acercaban a ellos para pedir fotos, para saludarlos, para decirles lo mucho que los admiraban. Una chica, muy emocionada, se acercó a Sofía y le dijo que era su mayor inspiración, que quería ser como ella, y mientras hablaba, se acercó tanto que casi tocaba su brazo, y lo hacía con una cercanía que a Leo le pareció demasiado.
Él se acercó rápidamente, se puso justo al lado de Sofía, poniendo su cuerpo como una barrera suave pero firme entre ella y la chica, y tomó la mano de Sofía con fuerza, pero con cuidado, como si quisiera dejar claro que ella estaba con él, que pertenecía a él. Sonrió a la chica, pero su sonrisa era un poco tensa, un poco distante, y después de saludar, tomó a Sofía de la mano y se alejaron un poco más rápido de lo que iban.
Cuando estuvieron en un rincón más tranquilo, Sofía se giró hacia él, con una expresión tranquila, sin enojo, solo con comprensión.
—¿Otra vez? —preguntó ella con suavidad.
Leo suspiró, pasándose una mano por el pelo, sintiéndose un poco avergonzado de su propia actitud, pero sin poder evitarlo.
—Es que... —empezó él, buscando las palabras—. Cuando veo que te miran, que te hablan, que te tratan con tanta cercanía... siento algo que no me gusta. No es que desconfíe de ti, es que es mi forma de ser. Te amo tanto que necesito que todos sepan que eres mía, que nadie más puede tenerte.
Sofía se acercó a él, poniendo sus brazos alrededor de su cuello, y lo miró a los ojos con esa calma que siempre lo calmaba todo.
—Lo sé, amor —le dijo ella, besándolo suavemente en los labios—. Y te entiendo. Tus celos son una muestra de lo mucho que me quieres, y eso es algo que valoro mucho. Pero recuerda que yo soy tuya, completamente. No hay nada que temer. Y si alguna vez te sientes así, solo tienes que decírmelo, ¿vale? No hace falta que te enojes ni que te preocupes. Solo necesitamos hablar, y todo se arregla.
Leo la abrazó con fuerza, sintiéndose más tranquilo cada vez que estaba con ella. Sentía que con ella podía ser él mismo, sin tener que fingir, sin tener que ocultar lo que sentía. Ella aceptaba sus defectos, su intensidad, sus celos, y eso lo hacía amarla aún más.