Cuando terminaron su tiempo de descanso, llenos de energía, de amor y de paz interior, volvieron a sus actividades, pero esta vez era diferente. Ya no iban con el miedo de que su relación fuera un problema, ya no tenían que esconderse ni tener cuidado con lo que hacían o decían. Ahora caminaban con la cabeza alta, sabiendo que tenían el apoyo de los que realmente contaban, y que lo que sentían era tan real y tan valioso como cualquier éxito deportivo.
Leo tuvo que prepararse para una nueva defensa de su título, una pelea que se esperaba con mucha expectación, ya que su rival era uno de los más fuertes que había tenido que enfrentar en mucho tiempo. Todos decían que era una pelea muy equilibrada, que cualquiera podía ganar, y que la diferencia estaría en quién mantuviera la concentración y la calma hasta el final.
Como siempre, Sofía estaba a su lado. No solo iba a las gradas a animarlo, sino que también lo ayudaba en los entrenamientos, de una forma que nadie se esperaba. Con su forma de ser tranquila, su paciencia y su forma de ver las cosas, le ayudaba a relajarse, a no dejar que la presión lo agobiara, a concentrarse en lo que tenía que hacer sin pensar en nada más. Cuando él estaba tenso, cuando sentía que la carga era muy grande, ella le hablaba con suavidad, le recordaba lo que valía, lo que había logrado y lo que luchaba por defender. Y esa ayuda, que para ella era natural, para él era un regalo invaluable.
—Tú eres el mejor —le decía ella mientras lo miraba entrenar, con una sonrisa que le transmitía toda su confianza—. No tienes que demostrarle nada a nadie. Solo tienes que hacer lo que sabes hacer, lo que haces mejor que nadie. Y yo estaré aquí, viéndote, sabiendo que ganes o pierdas, para ti soy el campeón del mundo.
Sus palabras eran como un bálsamo para su mente. Le quitaban el peso de los hombros, le hacían sentir que no estaba solo, que tenía a alguien que lo amaba por quien era, no por lo que lograra conseguir. Y eso lo hacía más fuerte, más seguro y más decidido que nunca.
Pero como Leo era tan intenso y sus sentimientos eran tan profundos, durante estos días de entrenamientos y preparación, los celos volvieron a aparecer, a veces con más fuerza que antes, como si su corazón no pudiera evitar sentir lo que sentía.
Un día, mientras estaban en el gimnasio, llegaron algunos compañeros de otros equipos, y entre ellos había un luchador joven, que se acercó a Sofía para saludarla. Era un chico amable, educado, que había visto sus competiciones de patinaje y que le dijo que le parecía increíble lo que hacía, que la admiraba mucho y que le gustaría tener la oportunidad de hablar más con ella algún día.
Leo, que estaba a su lado, sintió cómo de nuevo se le apretaba el pecho. Veía cómo ese chico la miraba con respeto, pero con una admiración que a él le parecía demasiado cercana, demasiado profunda. Sus manos se cerraron en puños, sus ojos se oscurecieron y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no reaccionar de forma brusca, para no decir nada que pudiera causar una escena o que los medios pudieran usar en su contra.
Se quedó en silencio, mirando cómo hablaban, y cuando el chico se fue, se giró hacia ella con una expresión que mezclaba celos, inseguridad y amor.
—¿Por qué le hablas así? —le preguntó, y su voz sonaba un poco tensa, un poco diferente a la suave que usaba con ella siempre—. ¿Por qué le dices que lo admiras, que es genial? Yo soy el que está aquí, soy el que te ama, soy el que está contigo. No entiendo por qué tienes que hablar con él como si fuera alguien que... que pudiera ocupar mi lugar.
Sofía lo miró con calma, sin enojarse, sin ponerse a la defensiva. Conocía su carácter, sabía que sus celos no eran por desconfianza, sino por el miedo profundo a perderla, por la necesidad de saber que ella era completamente suya y que nadie más podía acercarse a ella con los mismos sentimientos que él.
Se acercó a él, tomó sus manos entre las suyas y las acarició con suavidad, haciendo que sus puños se relajaran poco a poco.
—Amor, mírame —le dijo ella con su voz tranquila y dulce—. Tú eres el único en mi corazón. Nadie más puede estar en mi lugar, nadie más puede hacerme sentir lo que tú me haces sentir. Ese chico solo me habla con respeto, como se habla a una deportista que admira, no como se habla a la mujer que amo. No hay nada entre nosotros, no hay nada que te pueda hacer daño.
Leo la miró, y en sus ojos se veía la lucha entre sus sentimientos y su razón. Quería creerla, quería estar tranquilo, pero su forma de ser hacía que le costara trabajo.
—Pero es que te quiero tanto... —murmuró él, bajando la cabeza un poco, como un niño que se siente mal por haber sentido algo que no debía—. No soporto la idea de que alguien más te mire, de que alguien más te hable como yo lo hago. Te perteneces a mí, y quiero que todo el mundo lo sepa, que todo el mundo lo entienda.
Sofía sonrió, con ternura, y lo acercó hacia ella, abrazándolo con fuerza.
—Lo sé, y lo entiendo perfectamente —le dijo ella, acariciando su espalda—. Y me hace feliz saber que me quieres tanto, que me valoras tanto. Pero tienes que confiar en mí, ¿vale? Yo soy tuya, completamente. No hay nadie más en mi vida, no hay nadie más en mi corazón. Y si alguna vez te sientes así, solo tienes que decírmelo, y te lo demostraré, te lo mostraré, para que estés tranquilo.
Leo la abrazó con fuerza, cerrando los ojos y dejándose llevar por su calma. Sabía que ella decía la verdad, sabía que ella lo amaba con toda su alma, y poco a poco, la tormenta que había en su pecho se calmaba, dejando solo el amor y la paz que solo ella le podía dar.
—Gracias —murmuró él, besándola suavemente en la frente—. Gracias por ser así, por ser tú. Sin ti, no sé qué haría.