Mientras Leo seguía demostrando su valor, ganando pelea tras pelea y acercándose cada vez más a su objetivo, Javier "El Lobo" no se quedaba quieto. A diferencia de lo que muchos creían, él no había abandonado su sueño de recuperar el título que consideraba suyo por derecho. Al contrario, su rabia y su ambición se habían convertido en una fuerza que lo empujaba a entrenar con una intensidad aún mayor que antes.
Sabía que, para volver a tener la oportunidad de pelear por el cetro, tenía que cumplir con la misma regla que había tenido que cumplir Leo: debía ganar seis peleas consecutivas contra rivales de distinto nivel y demostrar que estaba en plena forma, que seguía siendo un luchador peligroso y que merecía volver a estar en la cima. Así que se puso manos a la obra, dedicaba horas y horas al gimnasio, perfeccionaba sus técnicas, aumentaba su fuerza y su velocidad, y se preparaba mentalmente para no cometer los mismos errores que había cometido en su primera pelea contra Leo.
Cada victoria que conseguía lo llenaba de una satisfacción malvada, pero también aumentaba su deseo de venganza. Sabía que su rival era más fuerte, más inteligente y más decidido que nunca, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para ganar. Sus entrenadores lo veían cambiar: se volvía más frío, más calculador, más dispuesto a usar cualquier recurso para salir victorioso, sin importarle si sus métodos eran limpios o no.
Cuando finalmente consiguió ganar las seis peleas que le pedían, la notificación oficial le llegó a las oficinas de la junta de deportes, y al mismo tiempo, la noticia llegó también a Leo: la revancha estaba confirmada. La pelea por el título mundial sería entre Leo Vargas y Javier "El Lobo", y la fecha ya estaba fijada para dentro de dos meses.
Al recibir la noticia, Leo sintió una mezcla de emoción y determinación. Era el momento que tanto había esperado, el momento en que tendría la oportunidad de demostrar que había ganado por méritos propios, que su victoria no había sido casualidad y que el Lobo no tenía derecho a reclamar lo que era de él.
A partir de ese momento, su vida se centró por completo en la preparación. Entrenaba desde que salía el sol hasta que se oscurecía, cada día era igual de intenso, sin descansos ni distracciones. Sus rutinas se volvieron más duras, los entrenadores lo sometían a exigencias cada vez más altas, porque sabían que se enfrentaba a un rival que había mejorado mucho y que no se rendiría fácilmente.
Leo entrenaba con el mismo espíritu de siempre, pero ahora con una motivación aún más fuerte: no solo quería ganar, quería demostrar que su amor por Sofía, su felicidad y su paz interior no eran una debilidad, sino una fuerza que lo hacía más fuerte que nunca. Cada golpe que lanzaba, cada movimiento que practicaba, lo hacía pensando en ella, pensando en que quería seguir construyendo su futuro juntos, y que esa pelea era el paso final para asegurar que todo lo que habían conseguido se mantendría para siempre.
Sabía que el Lobo era peligroso, sabía que era capaz de todo para ganar, pero también sabía que él estaba preparado, que estaba en su mejor momento, y que nada ni nadie iba a impedir que mantuviera el título que se había ganado con tanto esfuerzo.
Pero Javier "El Lobo" no podía aceptar que Leo volviera a ser campeón, que lo superara una y otra vez y que se convirtiera en el mejor de todos. Cada vez que veía cómo ganaba, cómo se hacía más fuerte y más respetado, una rabia inmensa le recorría el cuerpo. Sabía que no podía vencerlo en el ring, porque Leo ya era más rápido, más técnico, más fuerte y más seguro que nunca. Así que decidió que la única forma de recuperar lo que creía que le pertenecía era destruirlo por dentro, romperlo mental y emocionalmente antes siquiera de que comenzara la pelea.
Pasó días y días ideando planes, buscando la forma de causarle el mayor daño posible, sabiendo que si lograba hacerle daño a lo que más amaba, si lograba quitarle la calma y la fuerza, Leo se derrumbaría y él podría ganar sin siquiera tener que pelear de verdad.
Finalmente, encontró a un hombre sin escrúpulos, a quien pagó una cantidad de dinero enorme para que hiciera lo que le ordenara. Le explicó exactamente qué tenía que hacer, le dio las instrucciones claras y le prometió una recompensa mayor si todo salía como lo había planeado. El acuerdo era simple: tenía que atacar a Sofía, hacerle daño, causarle miedo y dolor, y dejarla en una situación que rompiera a Leo por completo.
Mientras tanto, Leo se preparaba con toda su energía para la pelea. Era el día anterior al gran combate, y había terminado su entrenamiento con más intensidad que nunca. Sabía que era una defensa muy importante, que tenía que demostrar una vez más que se merecía el título, y que no podía fallar. Cuando terminó de entrenar, se dio una ducha rápida, se vistió con ropa cómoda y comenzó el camino hacia el departamento donde vivía Sofía. Iba con la mente llena de pensamientos agradables, pensando en lo que harían al llegar, en lo que hablarían, en lo feliz que sería estar con ella después de todo el esfuerzo.
Nada de lo que pasaría esa noche se le pasaba por la mente. No podía imaginar que alguien fuera capaz de hacerle daño a la persona que más amaba, ni que existiera alguien tan cruel como para usarla como arma para ganar una pelea.
El plan del Lobo estaba listo para ejecutarse. El hombre que había contratado llegó al edificio donde vivía Sofía, con un paquete falso en las manos, disfrazado de repartidor. Subió hasta el piso correspondiente y se detuvo frente a la puerta. Llamó al timbre, y cuando Sofía abrió, con una sonrisa en los labios al creer que era una entrega o una visita que esperaba, el hombre entró rápido, sin dejarla reaccionar, y sin decir nada, levantó un cuchillo que llevaba oculto y le apuñaló con fuerza en el costado.
Sofía sintió un dolor agudo, intenso, que le atravesó todo el cuerpo. Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa y el miedo, y sin poder hacer nada, perdió el equilibrio y cayó al suelo. El malhechor, con el corazón acelerado por lo que acababa de hacer, salió corriendo del departamento y bajó las escaleras lo más rápido que pudo, queriendo alejarse del lugar lo antes posible.
En la entrada del edificio, justo cuando salía corriendo, se cruzó con Leo, que acababa de llegar y estaba abriendo la puerta para entrar. Leo vio cómo un hombre salía corriendo de forma extraña, con la cara pálida y los ojos llenos de miedo, pero en ese momento no le dio importancia. Pensó que era alguien que tenía prisa, que tenía algún problema, y no prestó ninguna atención a lo que pasaba. Simplemente abrió la puerta y entró, sin saber que segundos antes había pasado lo peor.
Cuando entró al departamento, llamó a Sofía por su nombre, esperando encontrarla en la sala, sonriente y esperándolo. Pero no obtuvo respuesta. Al ver que todo estaba en silencio, comenzó a caminar hacia las habitaciones, y fue entonces cuando la vio: en el suelo, recostada, con ropa manchada de sangre, con los ojos cerrados y el cuerpo débil.
El mundo se le vino encima en ese instante. Corrió hacia ella de inmediato, se arrodilló a su lado y la tomó con mucho cuidado, con miedo de hacerle más daño. Vio la herida, vio cómo la sangre salía de su cuerpo, y sintió que el corazón se le paraba. Llamó su nombre una y otra vez, con la voz rota por el dolor y el miedo, intentando despertarla, intentando que le respondiera.
Sofía, que ya perdía fuerzas rápidamente por la pérdida de sangre, abrió un poco los ojos. Miraba a Leo, con una mirada llena de amor y de preocupación, y antes de que la consciencia se le escapara por completo, reunió todas sus fuerzas para decirle solo unas palabras:
—Tienes que ganar... esta pelea... no pierdas tu título... de nuevo...
Y después de decir eso, cerró los ojos y perdió el conocimiento.
Leo la tomó en sus brazos con toda la fuerza que tenía, la abrazó como si quisiera protegerla de todo el mundo, y salió corriendo del departamento hacia el coche. Llegó al hospital en cuestión de minutos, gritando pidiendo ayuda, y los médicos y enfermeros la atendieron de inmediato. Lo llevaron a una sala de urgencias, le hicieron todas las pruebas necesarias y comenzaron a operarla de inmediato, porque la herida era grave y necesitaba atención urgente.
Leo se quedó fuera de la sala, caminando de un lado a otro sin parar, con el corazón acelerado, con el miedo apoderándose de él. No podía estar quieto, no podía dejar de pensar en ella, en lo que le había pasado, en si estaría bien, en si la herida sería grave. Pasó toda la noche allí, sentado en una silla, sin dormir ni un momento, mirando siempre hacia la puerta por donde salían los médicos, esperando cualquier noticia.
Llegó el día de la pelea. El sol salió, y todo el mundo estaba preparado para el gran combate, pero Leo no estaba en condiciones de pelear. Estaba pálido, con ojeras profundas por no haber dormido, con la mente llena de preocupación, sin saber cómo estaría ella, sin saber si podría concentrarse en algo que no fuera su bienestar. Su amigo Ricardo estaba con él, viéndolo sufrir, viendo cómo se estaba destruyendo por dentro, y sabía que si no lo impulsaba, Leo no iría al ring, y perdería todo lo que había conseguido, no por falta de fuerza, sino por la preocupación que lo había agotado.
—Leo, tienes que ir —le decía Ricardo, con voz suave pero firme—. Ella te lo pidió, ¿recuerdas? Te dijo que ganaras, que no perdieras el título. Ella confía en ti, y lo que más querría ahora es que cumplieras con lo que te has propuesto. No puedes dejar que su sufrimiento sea en vano. Tienes que demostrarle que eres fuerte, por ella.
Después de mucho hablar, de convencerlo y de ayudarle a reunir un poco de fuerzas, Leo aceptó. Se arregló lo mejor que pudo, se puso su ropa de combate y salió hacia el lugar de la pelea. Cuando llegó, entró al ring y se colocó en su esquina, pero su mirada estaba perdida, no estaba presente como siempre lo había estado. Parecía distante, como si su mente estuviera en otro lugar, como si estuviera pensando: ¿Por qué estoy aquí? Debería estar con ella ahora, debería estar cuidándola, no aquí, esperando pelear.
Javier "El Lobo" estaba en su esquina, observando todo con atención. Al ver a Leo entrar, ver su cara pálida, ver sus ojos sin brillo, ver cómo estaba distraído y sin concentración alguna, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Sabía que su plan había funcionado perfectamente. Había logrado lo que se había propuesto: había roto a Leo por dentro, había quitado su calma y su fuerza, y ahora estaba seguro de que ganaría el título de nuevo. Estaba convencido de que, con Leo así, sin fuerzas ni concentración, no habría forma de que pudiera ganar, y él recuperaría lo que creía que le pertenecía.