El silencio que reinaba en el ring era tan denso que parecía que se podía tocar con las manos. Todo el estadio estaba en espera, miles de personas guardaban un profundo respeto, sabiendo que lo que sucedería en esos minutos sería más que una simple pelea deportiva; sería la prueba de quién lograba salir victorioso, no solo con la fuerza de los puños, sino con la fuerza de voluntad, la capacidad de superar el dolor y la capacidad de mantenerse en pie a pesar de lo que pasaba en su vida personal.
Javier "El Lobo" no podía ocultar su satisfacción. Desde que vio entrar a Leo, supo que su plan había dado el resultado que esperaba. Observaba a su rival con una sonrisa fría y segura, sintiendo que el título estaba ya casi en sus manos. Se acercó a él, con una expresión llena de burla y sarcasmo, y susurró al oído con voz baja pero clara, lo suficientemente fuerte para que solo Leo pudiera escucharlo:
—Espero que tu princesa del hielo no muera mientras estás aquí jugando... ja, ja, ja...
Aquellas palabras cayeron como un rayo sobre Leo. En un instante, todo lo que había pasado, todo lo que había sentido, todas las dudas y las preguntas que había tenido en su mente, se aclararon de golpe. Comprendió todo. No había otra explicación posible, nadie más podía saber lo que le había pasado a Sofía, nadie más podía saber que su vida corría peligro en ese mismo momento, si no era porque él estaba detrás de todo. Él lo había hecho, él había planeado todo, él era el culpable de que ella estuviera en el hospital, de que estuviera sufriendo, de que su vida estuviera en riesgo.
Sus ojos se llenaron de una furia inmensa, una furia que no venía del odio, sino de la rabia por la maldad, por la crueldad de alguien que era capaz de hacer daño a una persona inocente solo para conseguir lo que quería. Su mirada cambió por completo: ya no había tristeza, ya no había dolor, solo había una fuerza bruta, una determinación que lo transformó por completo. Ya no era el mismo hombre que había entrado al ring momentos antes, ya no era un ser humano que sentía solo miedo o preocupación; se convirtió en una fuerza de la naturaleza, en algo peligroso, en alguien que no se detendría ante nada para hacer pagar a quien se había atrevido a tocar lo que era suyo.
El árbitro se acercó a ambos, explicó las reglas, y antes de que pudiera terminar de hablar, dio la orden de inicio. En el mismo instante en que sonó la campana que daba comienzo a la pelea, Leo se lanzó sobre el Lobo con una velocidad y una fuerza que nadie había visto nunca. Se abalanzó sobre él y comenzó a lanzar golpes uno tras otro, sin parar, sin dejarle ni un solo instante para defenderse, para cubrirse o para reaccionar siquiera.
El Lobo quedó aplastado contra la lona, sin poder hacer nada, sin tener ninguna oportunidad de evitar los golpes que llovían sobre él como una tormenta. Cada golpe que Leo lanzaba era más fuerte que el anterior, cargado de toda la rabia, todo el dolor y toda la determinación que sentía en ese momento. El estadio se quedó en silencio, atónito por lo que estaba viendo, nadie esperaba que la pelea terminara casi antes de haber empezado, nadie imaginaba que Leo fuera capaz de reaccionar con tanta violencia y tanta fuerza.
El árbitro intentó intervenir, intentó separarlos para proteger al Lobo, pero no pudo. La fuerza de Leo era inmensa, y estaba tan concentrado en lo que hacía que nadie podía detenerlo.
—¡Te voy a matar! —gritaba Leo, con la voz rota por la furia y el dolor—. Te voy a hacer pagar todo lo que has hecho, perro maldito. Le has hecho daño a la persona que más amo, y eso nadie lo hace impunemente.
Los miembros del equipo del Lobo y los amigos que estaban en el borde del ring se acercaron corriendo, y entre todos lograron separar a Leo de una forma muy difícil, porque él luchaba por seguir golpeando, porque su única intención era hacerle pagar cada uno de sus actos crueles.
Cuando por fin lograron separarlos, el Lobo estaba tirado en el suelo, sin fuerzas, sin poder moverse, con el cuerpo golpeado y lleno de heridas. El árbitro levantó la mano de Leo en señal de victoria, confirmando que se había hecho justicia, que Leo había ganado la pelea y conservaba su título, demostrando que era el mejor y que nadie podía vencerlo cuando se trataba de defender lo que más amaba.