"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 35: EL DOLOR DE LA ESPERA Y LA SEPARACIÓN

Cuando la pelea terminó y se confirmó que él era el vencedor, Leo no sintió ninguna alegría, ninguna satisfacción ni ganas de celebrar. Todo lo que había pasado en el ring, toda la furia y la rabia que lo habían recorrido, se desvanecieron de golpe, dejando en su lugar un vacío enorme y un dolor más profundo que nunca. Lo único que le importaba en ese momento era Sofía, su bienestar, su vida, y lo que le había pasado. Bajó del ring sin mirar a nadie, sin escuchar los aplausos, sin prestar atención a las felicitaciones que le daban por todos lados. Sus pasos eran rápidos, casi corriendo, y su única meta era llegar al hospital lo antes posible, para saber cómo estaba, para verla, para asegurarse de que siguiera con vida.
Llegó a las instalaciones médicas en cuestión de minutos, entró en la sala de urgencias donde lo estaban atendiendo y se acercó corriendo al médico que lo había recibido antes. El profesional lo miró con una expresión seria y triste, y le dio la noticia que lo llenó de miedo e incertidumbre:
—La cirugía terminó hace un rato —le explicó el médico, con voz suave pero clara—. Logramos detener la hemorragia y solucionar los problemas más graves, pero tuvimos algunas complicaciones durante la operación. Su cuerpo perdió mucha sangre, y el golpe y el daño interno fueron más fuertes de lo que habíamos esperado. Ahora está estable, su estado no es peligroso en este momento, pero se encuentra en coma. No podemos decirle cuándo despertará, ni si será pronto o si tardará más tiempo. Solo podemos esperar, darle tiempo y ver cómo reacciona su cuerpo.
Las palabras del médico cayeron sobre Leo como una losa. Se quedó de pie, con las piernas temblando, sintiendo cómo el corazón se le rompía en pedazos. No podía creer lo que escuchaba, no podía aceptar que ella estuviera así, sin poder abrir los ojos, sin poder hablar, sin poder decirle que lo amaba como siempre hacía. Lo único que deseaba era estar a su lado, cuidarla, hablarle, hacer que supiera que él estaba allí, que la acompañaba en todo momento, pero ahora solo podía esperar y rezar para que se recuperara.
En ese momento entró en la habitación la madre de Sofía. Llegó corriendo, con el rostro lleno de lágrimas, con los ojos hinchados por el llanto y el miedo. En cuanto vio a Leo, se detuvo en seco, y en su mirada se mezcló el dolor, la rabia y la frustración, sentimientos que no pudo controlar y que salieron de inmediato, sin dejarle lugar a la calma ni a la comprensión. Se acercó a él, con la voz temblorosa por el llanto, y le dijo con amargura y dolor:
—¡Todo es por ti! ¡Todo es culpa tuya! Si ella no se hubiera involucrado contigo, si no te hubiera elegido a ti, ahora estaría bien, estaría sana y salva, y no estaría aquí sufriendo, luchando por su vida. ¡Tú eres el motivo de todo esto! Tú has traído el peligro a su vida, tú has sido la causa de que le pasara esto.
Las palabras le dolieron más que cualquier golpe que hubiera recibido en el ring. Leo se quedó inmóvil, con el corazón apachurrado, sin poder decir nada, sin poder defenderse. Él sabía que ella decía eso por el dolor, por el miedo que sentía, por lo mucho que amaba a su hija y por lo mucho que la preocupaba su salud. Pero aun así, escuchar que era el culpable, que todo lo que había pasado era por su culpa, le hizo sentir un dolor inmenso en el pecho. Quiso decirle que no era así, que él la amaba con toda su alma, que lo único que quería era protegerla y cuidarla, pero no pudo sacar ni una sola palabra de su garganta, que se había cerrado por la emoción.
La madre de Sofía, sin poder controlar sus sentimientos, siguió hablando, con la voz llena de reproche:
—No quiero que vuelvas a verla nunca más. No quiero que te acerques a ella, no quiero que vuelvas a entrar en su vida. Lo que has traído sobre ella es demasiado grave, y no voy a permitir que sigas haciéndole daño. Ya ha sufrido lo suficiente, y no voy a dejar que tú seas la causa de más dolor. Aléjate de ella, por tu bien y por el suyo.
Después de decir eso, dio una orden a los médicos y a los empleados del hospital:
—Voy a trasladarla a un hospital privado, uno de los mejores del país, que está lejos de aquí, lejos de todo lo que le pueda hacer daño. Allí será atendida con todo lo necesario, y estará en un lugar seguro. No quiero que nadie de aquí se acerque a ella, y mucho menos tú.
Inmediatamente comenzaron los trámites para el traslado. Leo no pudo hacer nada, no tuvo poder para evitarlo, no pudo hacer que se quedara, no pudo quedarse a su lado como deseaba. Solo pudo ver cómo la llevaban, cómo la preparaban para salir, cómo se alejaba poco a poco de su vista, alejándose cada vez más, dejándolo solo con el dolor y la impotencia que sentía en el pecho. Quiso correr detrás de la ambulancia, quiso ir con ella, quiso estar presente en todo momento, pero no pudo. No tenía derecho, no tenía permiso, y la madre de Sofía se había encargado de cerrarle todas las puertas. Se quedó allí, en la entrada del hospital, mirando hacia el lugar por donde se había ido, sintiéndose más solo que nunca, sin saber qué hacer ni a dónde ir.
Mientras tanto, la verdad sobre lo que había pasado empezó a salir a la luz gracias a las cámaras de seguridad que había en el edificio donde vivía Sofía. Las imágenes habían captado todo lo que había ocurrido: se veía claramente al hombre que había llegado con el paquete falso, cómo había entrado al departamento, cómo había atacado a Sofía y cómo había salido corriendo después. La policía recibió las grabaciones rápidamente, las analizó y, gracias a las descripciones y a las pruebas, lograron dar con el paradero del delincuente en muy poco tiempo. Lo detuvieron en una zona cercana, antes de que pudiera escapar, y lo llevaron a declarar.
El hombre, al ver que ya no había forma de ocultar la verdad y que las pruebas eran irrefutables, no tuvo más remedio que confesar todo lo que había hecho. Dijo que había sido contratado por alguien que le había pagado una cantidad enorme de dinero para atacar a Sofía, y dio el nombre de quien se lo había ordenado: Javier "El Lobo". Además, reconoció que el dinero que le habían dado había sido suficiente para que aceptara hacer algo tan cruel y tan malo, y que solo había cumplido con lo que le habían ordenado sin saber bien las consecuencias que tendría.
Con esa confesión y con las pruebas que tenían, la policía ordenó la detención inmediata de Javier "El Lobo". Pero el problema era que, justo en ese momento, el luchador se encontraba en el hospital, recuperándose de las heridas graves que le había causado Leo durante la pelea. Había quedado muy maltratado, con varios huesos rotos, cortes profundos y golpes que le habían dejado el cuerpo lleno de hematomas, por lo que los médicos le habían prohibido cualquier movimiento y le habían ordenado que se quedara en cama hasta que estuviera un poco mejor. Sin embargo, en cuanto supieron que el hombre que había atacado a Sofía había delatado su nombre, las autoridades se presentaron en el centro médico, lo detuvieron mientras todavía estaba recostado y lo llevaron a la cárcel, donde tendría que responder por todos los delitos que había cometido: el intento de homicidio, la conspiración y los daños, además de todo lo que había planeado para hacer daño a Leo y a Sofía. Ambos, el delincuente que había actuado y el Lobo que había ordenado el crimen, quedaron bajo custodia, enfrentándose a las consecuencias de sus actos crueles y malvados.
Pero para Leo, todo eso no servía de nada. Saber que los responsables estaban detenidos, saber que tendrían que pagar por lo que habían hecho, no le quitaba el dolor que sentía, no le devolvía a Sofía, no le hacía desaparecer el miedo de que algo le pasara. Pasó los días siguientes en su casa, en la soledad, sumido en una profunda tristeza y en una gran depresión. No tenía ganas de comer, no tenía ganas de entrenar, no tenía ganas de hacer nada. Solo podía pensar en ella, en cómo estaba, en si se despertaría pronto, en si todo saldría bien. Pasaba las horas mirando el teléfono, esperando alguna noticia, cualquier información sobre su estado de salud, pero nadie le daba noticias.
Intentaba contactar una y otra vez con la madre de Sofía, llamaba a su número una y otra vez, le enviaba mensajes, le pedía por favor que le dijera cómo estaba, que le permitiera saber algo, que le dejara estar presente, pero la respuesta siempre era la misma, siempre con la misma frialdad y tristeza:
—Todavía está en coma. No hay cambios. No puedes verla, y no te voy a dar ninguna otra información. Hasta que yo diga lo contrario, no quiero que te acerques a ella ni que vuelvas a molestarnos.
Leo escuchaba esas palabras una y otra vez, y cada vez le dolía más. Se sentía impotente, sin poder hacer nada, sin poder ayudar, sin poder estar allí donde ella lo necesitaba. Se pasaba las noches en vela, pensando en todo lo que habían vivido juntos, en todo lo que habían construido, y rogaba a Dios y a la suerte para que ella se recuperara pronto, para que pudiera volver a verla, para que pudiera volver a escuchar su voz, a sentir su calma y su amor. Se sentía solo, con un vacío enorme en el pecho, pero seguía esperando, con la esperanza de que algún día pudiera volver a verla, de que todo saldría bien y de que pudieran seguir construyendo su futuro juntos, a pesar de todo lo que habían tenido que pasar.




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