Pasaron cuatro largos meses. Cuatro meses en los que el tiempo se detuvo para Leo, cuatro meses en los que cada día era igual al anterior, lleno de entrenamientos, de silencio, de llamadas telefónicas que siempre recibían la misma respuesta: «Sigue dormida, no hay cambios». Cuatro meses en los que Sofía Montero permaneció sumida en ese sueño profundo, lejos de todo y de todos, luchando en silencio dentro de su propia mente, mientras su cuerpo se recuperaba lentamente de las graves heridas que había recibido. Pero un día, finalmente, todo cambió.
Una mañana, al despertar las enfermeras para hacer la ronda habitual, encontraron sus ojos abiertos. Sofía estaba despierta, mirando el techo blanco de la habitación con una expresión de total confusión y extrañeza. No entendía dónde estaba, no reconocía el lugar, no sabía qué hacía allí, ni por qué se sentía tan débil y cansada. Lo más grave y doloroso de todo era que, al intentar pensar en su vida, en su pasado, en quién era, en su familia, en sus amigos, en lo que había hecho antes de estar ahí, su mente estaba completamente en blanco. No recordaba absolutamente nada. Ni su nombre, ni su historia, ni sus sueños, ni a las personas que amaba. Todo se había borrado de golpe, como si alguien hubiera tomado una goma y hubiera borrado cada recuerdo, cada imagen, cada sensación guardada en su memoria.
Los médicos acudieron de inmediato, la examinaron con detalle, le hicieron muchas preguntas y realizaron todas las pruebas necesarias para entender qué había pasado y por qué ocurría esto. Después de analizar todos los resultados y estudiar su caso con mucha atención, dieron el diagnóstico definitivo y la explicación de lo que sucedía:
—Durante la cirugía —explicó el especialista con voz seria y pausada, mirando a la madre de Sofía a los ojos—, hubo un momento en que su cuerpo sufrió mucho. Perdió mucha sangre y, durante unos minutos, el oxígeno no llegó de forma correcta y constante a su cerebro. Esa falta de oxígeno afectó las zonas donde se almacenan los recuerdos, y eso es lo que ha provocado esta pérdida total de memoria. Ahora mismo, ella no recuerda nada de nada. No sabemos si esto será temporal o si es algo definitivo. Podría ser que, con el paso del tiempo y con ayuda, todo vuelva poco a poco, o podría ser que jamás recuerde lo que fue su vida antes de este accidente. No hay forma de saberlo ni de asegurarlo.
La madre de Sofía escuchaba todo esto con el corazón en un puño, asintiendo con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, pero en el fondo de su mente, mientras oía esas palabras, algo empezó a cambiar. Al principio solo sentía dolor e incertidumbre, pero luego, al escuchar que no recordaba nada, que todo lo que había vivido se había borrado, vio en todo esto una oportunidad única, la que había estado esperando sin saberlo. Para ella, todo lo malo que le había pasado a su hija, todo el sufrimiento, el peligro, el dolor, todo había comenzado desde el momento en que conoció a Leo. En su mente, Leo era la causa de todo, el origen de todos los problemas, el motivo por el que su hija había estado a punto de morir. Y ahora que Sofía no recordaba nada, ahora que Leo no existía para ella, ni su relación, ni los problemas, ni el peligro, veía la posibilidad de empezar de cero, de borrar todo lo que había sido su vida anterior y construir una nueva, lejos de él, lejos de los riesgos, lejos del mundo del deporte y de la violencia que él arrastraba consigo.
—Lo que deben hacer para ayudarla a recordar, si es que se puede —continuó diciendo el médico—, es llevarla a los lugares que frecuentaba, que esté con las personas que conocía, que vea cosas que le sean familiares. Veremos si así su mente empieza a reconocer algo y las memorias vuelven a aparecer. Es la única forma que tenemos de intentar recuperarla.
Pero la madre de Sofía ya había tomado su decisión. No iba a hacer nada de eso. No quería que recordara nada de lo anterior, y mucho menos quería que recordara a Leo. Así que, al estar a solas con su hija, se sentó a su lado, le tomó la mano con cariño y empezó a hablarle con voz suave, mintiéndole, construyendo una historia falsa desde cero para que ella creyera que esa era su única verdad:
—Mi niña... lo que pasó es que te asaltaron. Ibas caminando por la calle y unos delincuentes te atacaron, te hicieron daño y te trajeron aquí. Pero ya pasó, ya estás a salvo. No te preocupes por nada, yo estoy contigo y voy a ayudarte en todo. Tu vida siempre ha sido tranquila, normal, tú eras feliz y yo te cuidaba. Vamos a ir recuperando todo poco a poco, y yo te iré contando todo lo que necesites saber para que recuerdes quién eres, ¿está bien? Yo soy tu mamá, y todo lo que hago es por tu bien, para protegerte.
Sofía la miraba con ojos llenos de inocencia y confianza. No tenía ninguna razón para dudar de ella, era lo único que tenía en ese momento, la única persona que reconocía y que sentía que la quería, así que le creyó todo al pie de la letra.
Poco tiempo después, en cuanto su estado de salud se lo permitió, la madre organizó todo en secreto. Hizo las maletas, arregló todos los papeles necesarios y se la llevó del país, muy lejos, a un lugar desconocido, en otro continente, en un pueblo pequeño y tranquilo donde nadie los conocía, donde no había nadie que supiera quiénes eran, donde no existía nada que pudiera recordarle a Sofía su vida pasada, ni su carrera, ni sus amigos, ni el deporte, y mucho menos a Leo. Cambió totalmente su apariencia: le cortó el cabello, se lo pintó de un color distinto al que siempre había tenido, le cambió el estilo de ropa, la forma de maquillarse, todo lo que pudiera hacer que se viera diferente, irreconocible. «Es por tu seguridad», le decía ella, «es para protegerte y que nadie te haga daño nunca más». Y Sofía, sin recordar nada, obedecía, pensando que todo era por su bien.
Mientras tanto, Leo seguía fiel a su costumbre. Al pasar los días después de que ella despertara, marcó el número de siempre, esperando escuchar la misma frase de siempre, esperando que le dijera que seguía igual, que seguía durmiendo, pero esta vez, la respuesta fue totalmente distinta, una respuesta que le cayó encima como un golpe devastador que terminó de romper lo poco que quedaba de su esperanza.
—Ella despertó —dijo la madre de Sofía con voz fría, dura y cortante, sin darle oportunidad de decir nada—. Pero no quiere saber nada de ti. Casi muere por culpa de tus enemigos, Leo. Tu mundo es peligroso, está lleno de violencia, de gente mala que quiere hacerte daño, y tú arrastras a todos los que te quieren a ese peligro. Ella ahora quiere vivir tranquila, quiere vivir sin miedo, sin tener que mirar atrás pensando en cuándo va a llegar el próximo ataque. Y nosotros sabemos que, si seguimos cerca de ti, esto volverá a pasar, tus enemigos buscarán hacerte daño a través de ella, porque esa es tu debilidad, siempre lo ha sido. Así que nos vamos del país. Nos iremos muy lejos, donde nadie nos encuentre, donde nada nos recuerde a ti. No volveré a contestar tus llamadas, ni tus mensajes, ni nada. Olvídate de ella, Leonardo. Hasta nunca.
Y colgó. Leo se quedó con el teléfono en la oreja, escuchando el silencio absoluto que siguió después, incapaz de moverse, incapaz de hablar, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. Al principio pensó que era mentira, pensó que ella solo quería alejarlo por miedo, pensó que quizás Sofía sí quería saber de él y ella solo se lo impedía. Pero poco a poco, la razón le fue ganando a la esperanza, y entendió que tenía razón. Ella tenía toda la razón del mundo. Sus enemigos, los rivales, la gente que quería destruirlo, siempre buscaban su punto débil, y ese punto débil, lo único que podía usarse para herirlo, era Sofía. Era ella. Si la tenían cerca, siempre correría peligro, siempre estaría expuesta a que alguien usara su vida, su salud o su seguridad para atacarlo a él. Lo que había pasado era la prueba más grande de todo eso. Si él no hubiera estado en su vida, si ella no hubiera sido su pareja, su amor, su compañera, nada de eso habría pasado. Ella estaría bien, estaría sana, estaría viviendo su vida tranquila y feliz.
Entonces, Leo comprendió que alejarla, dejarla ir, perderla para siempre, era el sacrificio más grande y más doloroso que tenía que hacer por amor. Tenía que dejarla ir para que estuviera bien, para que estuviera a salvo, para que pudiera vivir sin miedo, sin peligros, sin que nadie quisiera hacerle daño por ser quien era él. «Es lo mejor para ella», se repetía a sí mismo una y otra vez, ahogando el llanto, apretando los dientes para soportar el dolor que sentía en el pecho, «es lo único bueno que puedo hacer por ella ahora: dejarla libre, dejarla lejos, donde nada pueda tocarla».
Muy lejos de allí, en ese pueblo tranquilo y olvidado del mundo, Sofía pasaba los días recuperándose poco a poco. Su cuerpo ya no tenía dolor, sus heridas habían sanado, caminaba bien, comía bien, estaba sana físicamente. Pero por dentro, en lo más profundo de su alma, sentía un vacío inmenso, un hueco enorme que nada ni nadie podía llenar. Se sentía bien, estaba tranquila, la trataban con cariño, pero siempre tenía esa sensación extraña de que algo le faltaba, de que había algo o alguien que no estaba, algo que debía estar ahí a su lado y que no estaba. Sentía una nostalgia extraña, una melancolía que no entendía, como si hubiera perdido algo muy valioso y no supiera qué era. Soñaba a veces con ojos oscuros, con una sonrisa, con una voz que le decía «te amo», pero al despertar no recordaba quién era, pensaba que solo eran sueños, imaginaciones de su mente. No sabía que ese vacío que sentía se llamaba Leo, ni que ese algo que le faltaba era el amor de su vida.
Pasó todo un año. Un año entero en el que Leo siguió cumpliendo con su promesa, defendiendo su título, ganando todas as peleas, manteniéndose en la cima del deporte, convertido nuevamente en esa persona fría, distante, arrogante y solitaria que había sido mucho antes de conocerla. Pero ahora era peor, porque esa frialdad era solo un escudo para proteger un corazón roto.
Sin embargo, los problemas no venían solo por su dolor personal. Sus patrocinadores, las grandes marcas que invertían dinero en él, que ganaban millones con su imagen y su fama, empezaron a quejarse, a exigir cambios. Para ellos, Leo era un producto, una mercancía que debía generar ganancias, y notaban que algo había cambiado.
—Ya no es lo mismo —decían en las reuniones de dirección—. Cuando estaba con Sofía Montero, todo era distinto. La gente los amaba, los veían como la pareja perfecta, la gente sentía curiosidad, interés, emoción. Ella le daba luz, le daba vida, la gente se sentía atraída por ellos. En ese entonces nosotros ganábamos mucho más dinero, las ventas se disparaban, la audiencia era enorme. Pero ahora, desde que ella ya no está, Leo se ha vuelto aburrido. Siempre solo, serio, callado, distante. La gente se ha cansado de lo mismo de siempre, ya no genera esa emoción que generaba antes. Necesitamos eso de nuevo. Necesitamos que vuelva a ser interesante, que la gente vuelva a hablar de él, que vuelvan las miradas y el interés.
Un día, su patrocinador más grande, el que tenía más peso y más poder sobre su carrera, lo llamó a una reunión importante y le presentó a una joven mujer que estaba esperando en la oficina.
—Leo, escúchame bien —le dijo el hombre con autoridad—. Hemos decidido lo que vamos a hacer. Tú necesitas volver a ser noticia, necesitas volver a tener ese interés público. Ella es Ángela, tiene 24 años, casi diez años menos que tú. Es deportista, practica taekwondo, está empezando su carrera y tiene mucho potencial, es bonita, joven, simpática. Hemos firmado un contrato. A partir de hoy, ella será tu novia. Oficialmente, públicamente, ante todo el mundo. Saldrán juntos, se verán en eventos, irán a las peleas, se tomarán fotos, subirán cosas a redes sociales. Todo es falso, es un trabajo, un acuerdo para subir las vistas, para que la gente vuelva a interesarse, para que volvamos a ganar lo que ganábamos antes. Se te pagará extra por esto, y ella también. Solo tienes que fingir, actuar, nada más.
Leo miró a la joven con total indiferencia, sin ningún tipo de interés. Era guapa, sí, muy guapa, joven, pero para él no era nada, era como si no estuviera ahí. No le importaba, no sentía nada, así que aceptó sin decir ni una palabra. Para él todo era igual, todo daba lo mismo. «Es solo otra cosa que tengo que hacer», pensó, «es solo un papel que tengo que interpretar, como todo lo demás».
Por el contrario, Ángela estaba totalmente enamorada de él. Para ella, esto era el sueño hecho realidad. Leo era un hombre guapo, fuerte, famoso, rico, admirado por todo el mundo, y ella desde hacía tiempo sentía una gran admiración y atracción por él. Estaba feliz, emocionada, dispuesta a todo para que él la quisiera de verdad, pensando que con el tiempo él también se enamoraría de ella. Pero también sentía un miedo terrible, porque notaba esa frialdad en él, esa distancia, esa indiferencia absoluta que sentía cada vez que la miraba o le hablaba.
Empezaron entonces la rutina que les habían obligado a cumplir. Él debía llevarla a todos sus combates, y ella debía ir a verlo siempre, sentada en primera fila, visible para las cámaras, aplaudiendo, animando, siendo la novia devota y cariñosa. Él debía acompañarla a sus competiciones de taekwondo, estar ahí, verla pelear, apoyarla. Debían ser vistos en restaurantes, paseos, eventos deportivos, premios, fiestas. Y muy pronto, sus nombres volvieron a estar en todas las noticias, en las portadas de las revistas, en las redes sociales. «La nueva pareja de oro del deporte», decían todos, «qué bien quedan juntos, qué guapos son, parecen muy enamorados».
Pero quienes lo conocían bien, o quienes habían sido seguidores de Leo desde hacía tiempo, notaban algo extraño, notaban la gran diferencia que había entre cómo era ahora y cómo había sido antes con Sofía. Antes, cuando estaba con Sofía, sus ojos brillaban, sonreía siempre, la miraba con una ternura y una pasión que se notaba a kilómetros, siempre estaba atento a ella, siempre la buscaba con la mirada, siempre se acercaba a ella apenas terminaba una pelea, como si ella fuera su único premio. Ahora, con Ángela, todo era distinto. Leo se había convertido nuevamente en ese hombre arrogante, frío, distante, serio, que parecía que estaba ahí solo por obligación. No la miraba, no le hablaba, apenas le dedicaba una sonrisa forzada cuando había cámaras delante. En las entrevistas, él se quedaba callado, serio, con los brazos cruzados, dejando que fuera Ángela la que hablara, la que contara cosas, la que inventara una vida de amor y felicidad que en realidad no existía, que solo estaba en su imaginación y en lo que el contrato les obligaba a decir.
—¡Es el hombre más increíble del mundo! —decía Ángela entusiasmada ante los periodistas, mientras Leo miraba hacia otro lado, aburrido—. Me apoya en todo, es mi mayor inspiración, nos entendemos perfectamente, nos queremos mucho, tenemos una vida maravillosa juntos...
Y todo el mundo se lo creía, y todo parecía funcionar perfectamente para los intereses de los patrocinadores: las ganancias subían, las vistas aumentaban, la gente hablaba de ellos sin parar y las marcas estaban más que satisfechas con el resultado. Pero la realidad era muy distinta, un secreto a voces que solo ellos dos y su equipo conocían a la perfección.
Esa noche, la noche de su última pelea, todo siguió exactamente el mismo guion de siempre. El estadio estaba lleno hasta la bandera, miles de personas gritaban el nombre de Leo, las luces brillaban con intensidad y el ambiente estaba cargado de emoción. Ángela estaba allí, en su lugar reservado en la primera fila, vestida elegantemente, con una sonrisa radiante, saludando a las cámaras y mostrándose orgullosa de estar a su lado, o al menos, de ser la mujer que el mundo creía que estaba a su lado.
Sonó la campana de inicio, y Leo subió al ring con esa actitud de superioridad que lo caracterizaba últimamente. Caminaba con paso firme, la cabeza alta, la mirada fija y vacía, sin mostrar ninguna emoción, como si lo que estuviera a punto de hacer fuera algo completamente mecánico, una tarea más que cumplir sin ningún tipo de pasión. Su rival esa noche era un joven luchador que venía con mucha fuerza, con ganas de demostrar que podía ganarle al gran campeón, que tenía la energía y la juventud de su lado, y que había estado hablando mucho en los días previos, diciendo que por fin destronaría al rey, que Leo ya no era el mismo, que se le notaba apagado y que esa sería su noche de gloria.
Pero esas palabras, esos retos, esa arrogancia del contrario, no lograron mover ni un milímetro el estado de ánimo de Leo. No le importaba lo que dijeran, no le importaba quién fuera su rival, no le importaba ganar ni perder. Sin embargo, su cuerpo, su instinto, todo lo que había aprendido y entrenado durante años, actuaba por sí solo, respondía con una precisión y una fuerza que seguían siendo imparables.
Al principio del combate, el joven contrincante intentó aprovechar lo que creía que era la debilidad del campeón: su aparente falta de interés, su frialdad, esa sensación de que Leo estaba ahí solo por cumplir. Lo atacó con fuerza, lanzó golpes rápidos, intentó acorralarlo contra las cuerdas, presionarlo, hacerle daño, convencido de que podría con él fácilmente. Pero se equivocaba. Leo se movía con una agilidad asombrosa, esquivaba cada golpe con una calma inquietante, como si el tiempo se detuviera para él, como si pudiera predecir cada movimiento del otro antes de que siquiera lo ejecutara. No atacaba, solo se defendía, se limitaba a no recibir daño, observando, analizando, esperando, con esa paciencia que solo tienen los verdaderos maestros de este deporte.
En las esquinas, su entrenador y Ricardo lo miraban con el corazón en un puño. Lo conocían demasiado bien, sabían lo que pasaba por su cabeza, sabían que esa indiferencia era una máscara, pero también sabían que, en el fondo, Leo seguía siendo el mejor, y que en cualquier momento, cuando él decidiera terminar con todo, lo haría de la forma más contundente posible.
—¡Vamos, Leo, reacciona! —le gritaba su entrenador entre asalto y asalto—. ¡No te duermas, usa tu fuerza, demuéstrale quién eres!
Pero Leo solo lo miraba con esa mirada apagada y asentía levemente, sin decir nada, sin cambiar su expresión.
Llegó el tercer asalto, y el rival, cansado ya de golpear el aire, frustrado por no haber podido conectar nada contundente, se lanzó al ataque con toda su furia, arriesgándose demasiado, dejando huecos en su defensa, confiado en que su velocidad sería suficiente. Y fue entonces, justo en ese momento, cuando Leo decidió que ya había sido suficiente, que el espectáculo había terminado.
En una fracción de segundo, todo cambió. Esa apatía que mostraba hasta hace un instante desapareció por completo, sustituida por una velocidad explosiva que nadie esperaba. El joven lanzó un gancho de derecha que pasó rozando la nariz de Leo, quien en lugar de retroceder, avanzó hacia adelante, entró en la distancia corta con una agilidad felina, y antes de que su rival pudiera darse cuenta o reaccionar, Leo conectó un golpe directo y seco al hígado, seguido inmediatamente de un uppercut brutal que impactó directamente en la barbilla.
Fue un sonido sordo, fuerte, que se escuchó incluso entre el ruido de la multitud. El chico se quedó rígido un instante, con los ojos muy abiertos y vidriosos, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la lona, pesadamente, como un muñeco al que le han cortado los hilos. Quedó inmóvil, boca arriba, con la mirada perdida en el techo, totalmente inconsciente.
Leo se quedó de pie frente a él, de pie y firme, respirando con calma, sin haber gastado casi energía, sin haber derramado ni una gota de sudor más de lo necesario. Ni siquiera miró al hombre que yacía en el suelo, ni miró al árbitro que comenzó la cuenta, ni miró hacia el público que estallaba en gritos y aplausos ensordecedores. Se quedó mirando un punto fijo en el vacío, con esa expresión impasible, como si todo eso no fuera con él, como si no acabara de vencer a un retador que había jurado destruirlo.
—...¡ocho, nueve, diez! ¡Fuera! —gritó el árbitro, levantando la mano de Leo hacia el techo—. ¡Ganador por nocaut, y sigue siendo el campeón indiscutido, Leo Vargas!
El estadio temblaba con los aplausos, todos estaban de pie, aclamándolo, admirando esa capacidad que tenía de ganar cuando quisiera, de terminar la pelea en un par de segundos cuando se le antojaba. Pero para Leo, esa victoria no significaba absolutamente nada. Solo era una más en la lista interminable, una más que no servía de nada porque no había nadie a quien dedicársela, nadie que esperara abrazarlo al terminar.
Bajó del ring con la misma calma con la que había subido, caminó por el pasillo central sin detenerse a saludar, sin dar la mano, sin sonreír, esquivando a la gente que intentaba tocarlo o felicitarlo. Y entonces, allí, justo al borde del escenario, estaba Ángela.
Ella estaba radiante, llena de emoción, con los ojos brillantes de admiración y de alegría. Había visto todo, había visto esa demostración de fuerza y dominio, y para ella, él era más que nunca su héroe, el hombre más grandioso del mundo. Al verlo acercarse, se abalanzó hacia él con los brazos abiertos, gritando de felicidad, lista para darle el beso de rigor, la escena romántica que todos esperaban ver, la imagen que saldría en todas las portadas al día siguiente.
—¡Mi amor, lo hiciste increíble! ¡Eres el mejor, te amo, qué orgullo, fuiste imparable! —le decía a gritos, con la voz entrecortada por la emoción, intentando abrazarlo con fuerza, intentar besarlo en los labios como habían acordado que haría siempre.
Pero Leo pasó de largo. La rozó apenas, se dejó abrazar mecánicamente por la cintura, puso su mano en su hombro solo para mantenerla a distancia, giró levemente la cabeza para que el beso que ella intentaba darle cayera en su mejilla, un roce frío y sin vida. Ni siquiera la miró a los ojos. Tenía la vista fija al frente, en la salida, en el camino hacia los vestuarios, ignorando completamente la presencia de la chica que tenía pegada a su cuerpo y que fingía estar loca de amor por él.
No le dijo nada. Ni un "gracias", ni un "hola", ni una palabra de agradecimiento o de cariño. Simplemente se deshizo de su abrazo con suavidad pero con firmeza, dio media vuelta y siguió caminando, dejándola allí parada, con las manos aún extendidas, con la sonrisa congelada en la cara, sintiendo esa frialdad que la hería en lo más profundo, delante de todas las cámaras y de todo el público. Ángela tuvo que disimular rápido, volver a sonreír, hacer como que todo estaba perfecto, como que esa actitud distante era simplemente la forma de ser de Leo, esa fama de tipo duro y solitario que a tanta gente le gustaba. Pero ella sabía, y todo el que conocía la historia sabía, que nunca, en ningún momento, la miraba con la mitad del brillo, de la ternura o de la atención que años atrás le dedicaba a Sofía Montero.
Minutos después, ya en la rueda de prensa obligatoria, la diferencia era aún más evidente. Leo estaba sentado en el borde de la mesa, recostado hacia atrás, con una pierna cruzada sobre la otra, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada baja o perdida en la pared de enfrente, sin decir absolutamente nada. Tenía el ceño fruncido, serio, imponente, una estatua de carne y hueso que parecía estar allí solo por obligación.
A su lado, Ángela hacía todo el trabajo. Sonreía a todos, contestaba las preguntas, hablaba por los dos, relataba cómo había sido la pelea desde su punto de vista, contaba anécdotas inventadas sobre cómo se habían preparado juntos, cómo él era tan cariñoso en casa, cómo planeaban pasar unos días de vacaciones, cómo se apoyaban mutuamente en sus carreras deportivas... construyendo una vida de ensueño que no existía en ningún lugar más que en sus palabras y en la imaginación de la gente.
—Leo está muy concentrado, ya saben cómo es —decía ella, mirándolo de reojo buscando alguna señal de aprobación que nunca llegaba—, es un hombre de pocas palabras, pero sus puños y sus hechos dicen todo lo que hay que decir. Él es mi mayor inspiración, y yo trato de ser la suya... nos entendemos sin necesidad de hablar.
Los periodistas asentían, tomaban notas, fotografiaban, grababan, contentos con la información que recibían, satisfechos con la imagen que se les vendía. Y a pesar de la frialdad absoluta de Leo, la estrategia funcionaba a la perfección. Las revistas deportivas y de espectáculos titularían al día siguiente cosas como: «Leo Vargas, invicto e imponente: El rey del ring y su musa», «Así es la vida íntima de la pareja más poderosa del deporte», «Ganan, triunfan y se aman: Ángela, la mujer que devolvió la luz a Leo Vargas».
Pero la verdad era muy distinta, y Leo lo sabía mejor que nadie. Mientras Ángela seguía hablando y hablando, él se perdía en sus pensamientos, y en el silencio de su mente, la única imagen que aparecía, una y otra vez, día y noche, era la de Sofía. La veía clarísima, con su cabello distinto al de ahora, con su sonrisa dulce, con esa mirada tranquila que lo calmaba todo, tal como la recordaba el último día que la vio, antes de que todo se rompiera. Se preguntaba dónde estaría ahora, en qué lugar lejano estaría viviendo su nueva vida, si estaría bien, si estaría feliz, si alguna vez, en algún momento, un recuerdo borroso cruzaba por su mente y le hacía preguntarse quién era él, ese hombre del que sentía que le faltaba algo.
Pensaba en ella lejos, segura, protegida, sin acordarse de nada malo, sin acordarse de él, y aunque ese pensamiento le destrozaba el alma cada segundo, al mismo tiempo le daba la extraña paz de saber que había cumplido su promesa: la había dejado ir para salvarla. Había pagado el precio más alto posible, el de su propia felicidad, el de su propia vida, con tal de asegurar que ella tuviera la suya, tranquila y sin peligros.
Y así pasaban los meses, atrapado en esa mentira que él mismo había aceptado, siendo el campeón que todos querían, la imagen que todos admiraban, el novio perfecto de cartón piedra que las marcas exigían, mientras por dentro seguía siendo el mismo hombre roto que un día lo perdió todo, esperando, sin esperanza, pero fiel al recuerdo de la única mujer que realmente había existido para él: Sofía Montero, la mujer que ahora vivía en algún lugar del mundo sin saber que él seguía existiendo, y que él seguiría amando y esperando por el resto de su vida, aunque ella jamás volviera a saber de él.