"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 38: RECUERDOS QUE NO SON, SENSACIONES QUE NO ENTIENDO

Muy lejos de allí, en ese pequeño pueblo tranquilo donde su madre la había llevado para empezar una nueva vida, Sofía Montero había comenzado poco a poco a integrarse, a conocer gente y a construir esa existencia tranquila y sin sobresaltos que le habían prometido. Su madre, cumpliendo su plan de ocultarla y protegerla, había cambiado totalmente su imagen: le había cortado el cabello hasta los hombros, se lo había teñido de un tono castaño claro muy distinto al negro azabache que siempre había tenido, y le había enseñado a vestir y comportarse de forma muy diferente a como lo hacía antes. Ahora, nadie en ese lugar tenía ni la más mínima idea de quién era ella en realidad, ni de que había sido una de las promesas más grandes del patinaje artístico mundial. Para todos, ella era solo una joven dulce, tranquila y amable que había llegado al pueblo para recuperarse de un accidente y que vivía allí con su madre.
Había pasado más de un año desde que despertara sin memoria, y durante los últimos meses, un joven del lugar había estado rondándola, tratando de acercarse a ella y de ganarse su cariño. Su nombre era Dante. Era un muchacho apuesto, de unos veinticinco años, tranquilo, trabajador y muy respetado en la zona, ya que era el dueño de la única cantina importante que había en el pueblo, un lugar de reunión habitual para los vecinos. Dante llevaba varios meses pretendiendo a Sofía con mucha paciencia y caballerosidad: la saludaba siempre sonriente, le traía pequeños detalles, le ayudaba en lo que necesitaba y siempre buscaba la forma de coincidir con ella. Sofía, que se sentía sola, que sentía ese vacío constante en su alma y que necesitaba sentir compañía y cariño, había empezado a salir con él. Le agradaba, se sentía segura a su lado, y su madre, viendo que era un chico de bien, del lugar, sin nada que ver con su pasado, lo había aceptado con agrado, pensando que era exactamente lo que su hija necesitaba: una vida normal, sin riesgos, sin problemas.
Pero Dante tenía una gran pasión que Sofía todavía no conocía: era un fanático absoluto de los deportes de combate, especialmente de las artes marciales mixtas. Y entre todos los luchadores del mundo, había uno al que admiraba por encima de todos, al que seguía religiosamente, al que consideraba su ídolo absoluto, su mayor referente: Leo Vargas. Lo seguía desde hacía años, no se perdía ninguna de sus peleas, tenía pósters suyos en la parte trasera de su cantina, hablaba de él con pasión y admiración, y para él, Leo era simplemente el mejor, el más fuerte, el más grande de todos los tiempos.
Esa tarde, Dante tenía planeado llevar a Sofía a pasear, o a cenar, como hacían habitualmente. Pero de repente cayó en la cuenta: ¡esa noche era la última pelea de la temporada, la gran cita que todo el mundo del deporte esperaba, y por supuesto, Leo estaría peleando! No podía perdérselo por nada del mundo. Así que, entusiasmado, decidió cambiar los planes y le propuso a Sofía que la cita fuera esa noche en su cantina, que tenía una pantalla grande instalada especialmente para estos eventos, para poder ver la transmisión en vivo. Sofía aceptó sin dudar, le daba igual dónde estar con tal de pasar un rato agradable con él, así que se arregló un poco y fue hacia el local.
El lugar estaba lleno de gente del pueblo, hombres en su mayoría, que habían llegado expresamente para ver la pelea, comiendo, bebiendo, comentando y esperando con emoción. Dante la acomodó en una mesa muy buena, cerca de la pantalla, le pidió una refresco, mientras él pedía una cerveza para sí, y se quedó con la mirada fija en el televisor, con el cuerpo tenso de la emoción, esperando a que empezara todo. Sofía, por el contrario, estaba allí sentada, tranquila, un poco aburrida, mirando todo con curiosidad pero sin entender mucho de qué iba el asunto. Para ella, todo aquello era nuevo, nunca había visto nada de esto antes, o al menos, ella no lo recordaba. Solo veía gente gritando, luces fuertes, música ruidosa y mucha expectación, pero no le encontraba el sentido.
Hasta que por fin, tras mucha publicidad y presentaciones, la pelea comenzó. Y entonces, él apareció.
En la pantalla, bajo las luces brillantes del estadio, apareció la figura imponente de Leo. Caminaba con esa elegancia y esa fuerza que lo caracterizaban, serio, arrogante, distante, mirando al frente sin ver a nadie, con esa mirada oscura y profunda que parecía traspasar la pantalla. Sofía, que hasta ese momento estaba distraída jugando con el borde de su vaso, levantó la vista justo cuando él entró en el cuadro, y en cuanto sus ojos se posaron en él, algo extraño, algo inexplicable y muy fuerte le golpeó el pecho de golpe.
Se quedó paralizada. Dejó de moverse, dejó de respirar por un segundo, con la mirada clavada en la pantalla, incapaz de apartarla de él. No sabía quién era, no tenía ni la más mínima idea de su nombre, ni de su historia, ni de nada. Para su mente consciente, ese hombre era un completo desconocido. Pero para su corazón, para su alma, para todo lo que llevaba dentro y que su memoria había borrado, ese hombre lo era todo.
Mientras la pelea se desarrollaba, mientras Dante gritaba eufórico, comentaba cada golpe, explicaba lo que pasaba, admirado por la destreza y la fuerza de su ídolo, Sofía no podía apartar la vista de él. Sentía cosas que no entendía. Sentía emoción, sentía miedo, sentía orgullo, sentía angustia, sentía una mezcla de sentimientos tan fuertes que le hacían doler el cuerpo. Cada vez que Leo lanzaba un golpe, ella sentía como si se lo dieran a ella. Cada vez que él se movía con esa agilidad y esa técnica perfecta, ella sentía que su propio cuerpo respondía, que lo entendía, que sabía lo que él iba a hacer antes de que lo hiciera. Sentía que ese hombre le transmitía algo, algo profundo, algo suyo, algo que le gritaba que lo conocía, que lo amaba, que le pertenecía, aunque su cabeza le dijera que nunca en su vida lo había visto.
—¡Es increíble, Sofía, míralo! —le decía Dante entusiasmado, dándole golpecitos en el brazo—. ¡Nadie puede con él! ¡Es un genio! ¡Mira qué forma de moverse, qué seguridad! ¡Leo Vargas es simplemente el mejor de todos los tiempos!
Pero Sofía apenas lo escuchaba. Estaba en otro mundo, absorta totalmente en la imagen de ese hombre en la pantalla. Sentía que sus ojos se llenaban de lágrimas sin razón aparente, sentía un nudo enorme en la garganta, esa sensación familiar de que le faltaba algo, de que le faltaba alguien, que siempre tenía, pero que en ese momento se multiplicaba por mil, por un millón, hasta hacerla sentir que se ahogaba.
Y entonces llegó el final. Vio cómo Leo ganaba con esa facilidad de siempre, vio cómo lo declaraban vencedor, vio cómo él se mantenía impasible, serio, indiferente, como si nada de aquello le importara. Y luego lo vio a él acercarse al borde del ring, y vio cómo una mujer joven, muy guapa, rubia, delgada, atlética, corría hacia él con los brazos abiertos, radiante de felicidad, y se abrazaba fuertemente a su cintura, escondiendo su cara en el pecho de él, llena de amor y orgullo. Vio cómo él dejaba que lo abrazara, cómo se dejaba besar, cómo se dejaba querer, aunque con esa frialdad de siempre, y vio las imágenes que pasaban después: fotos de ellos dos juntos, en eventos, sonriendo, abrazados, la famosa pareja del deporte de la que hablaban todas las noticias.
En ese momento, algo se rompió dentro de ella. Al verlo con esa mujer, al ver que él pertenecía a otra persona, al ver que era feliz con alguien más, aunque no entendía por qué ni de dónde venía ese sentimiento, las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas sin control, abundantes, amargas, dolorosas. No podía parar. Lloraba y lloraba, con el pecho oprimido por un dolor inmenso, un dolor que sentía como si le estuvieran arrancando el corazón, un dolor que le parecía el más viejo y conocido de todos, aunque no sabía por qué.
Dante, que hasta ese momento estaba celebrando la victoria de su ídolo, se giró hacia ella y se quedó totalmente desconcertado y preocupado al verla así, llorando desconsolada.
—¿¡Sofía!? ¿Estás bien? ¿Qué te pasa, mi vida? —le preguntó muy angustiado, acercándose más a ella y tomándola de los hombros—. ¿Te sientes mal? ¿Te pasó algo? ¿Por qué lloras?
Sofía lo miró con los ojos llenos de agua, confundida, asustada de sí misma, sin tener ninguna explicación que darle.
—Lo siento... lo siento mucho —decía entre sollozos, tratando de secarse las lágrimas sin conseguirlo—. No sé... no sé qué me pasa... de verdad que no lo sé. No entiendo nada... de repente me duele mucho aquí, en el pecho, me siento triste, me siento... me siento como si hubiera perdido lo más importante de mi vida, aunque no sé qué sea... y no puedo parar de llorar, Dante, no puedo...
Se sentía mareada, confundida, con esa duda enorme que le corroía el alma: ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué le hacía sentir todo eso? ¿Por qué sentía que lo conocía de toda la vida, que le debía algo, o que él le debía algo a ella? ¿Por qué verlo con otra mujer le causaba un dolor tan inmenso, tan insoportable, como si le estuvieran rompiendo el corazón?
Dante no entendía nada, estaba muy preocupado, pensando que quizás el ruido o la emoción del lugar le habían afectado, o que le había bajado la presión, o que algo le había recordado vagamente su accidente. Así que decidió que lo mejor era sacarla de allí inmediatamente. Pagó la cuenta rápido, la ayudó a levantarse, la envolvió en su abrigo y la acompañó hasta su casa, caminando despacio, tratando de calmarla, de hablarle suavemente, de tranquilizarla. Al llegar a la puerta de su casa, ella ya estaba más calmada, aunque todavía tenía la mirada perdida y los ojos rojos. Él se aseguró de que entrara bien, de que su madre estuviera allí, y se despidió, regresando a la cantina muy confundido, pensando en lo extraño que había sido todo aquello.
Sofía entró en su habitación, se dejó caer sobre la cama y se quedó mirando al techo durante horas, sin poder dormir, dándole vueltas y más vueltas a todo lo que había sentido, a todo lo que había pasado. Esa duda, esa sensación de que había algo grande y oculto en su vida, algo que nadie le había contado, algo que tenía que ver con ese hombre de la pantalla, no la dejaba tranquila. Se durmió muy tarde, con la imagen de Leo grabada en su mente y el corazón apretado por una nostalgia que no sabía de dónde venía.
A la mañana siguiente, cuando despertó, seguía pensando en lo mismo, pero trató de sacárselo de la cabeza, de pensar que solo habían sido cosas de su imaginación, que todavía tenía secuelas de su accidente. Tenía pendiente su cita con Dante, y él pasó a buscarla como habían quedado. Ese día tenía pensado llevarla de paseo a una ciudad un poco más grande que estaba cerca del pueblo, para que conociera lugares nuevos, se distrajera y pasaran un día bonito.
Caminaron por las calles de esa ciudad, entraron en tiendas, miraron escaparates, comieron algo rico, todo muy tranquilo y agradable. Pero en un momento, mientras caminaban por una zona muy concurrida, Sofía se detuvo en seco. Algo había llamado su atención de golpe, algo que le hizo parar en mitad del paso y clavar la mirada al frente.
Allí, justo al lado de una gran plaza, había una pista de patinaje sobre hielo. Era una instalación pública, grande, bonita, llena de gente de todas las edades patinando, riendo, disfrutando. Había luces, música, un ambiente alegre y fresco.
Dante, que caminaba a su lado, se detuvo también al verla parada, y se dio cuenta de cómo la miraba. Vio que los ojos de Sofía brillaban con una luz especial, una luz que él hacía mucho tiempo que no veía en ella, una luz de curiosidad, de emoción, de reconocimiento, como si estuviera viendo algo que amaba profundamente, aunque ella no lo supiera.
—¿Te gusta? —le preguntó Dante sonriendo, muy contento de verla así—. ¿Quieres intentarlo? Vamos, entremos, divirtámonos un rato. Nunca has patinado, ¿verdad? Será algo nuevo para ti.
Sofía lo miró con una mezcla de deseo y miedo, mordiéndose el labio, insegura.
—No sé... no estoy segura —le respondió con voz suave, sin dejar de mirar la pista—. Nunca lo he hecho... o al menos, yo recuerdo que nunca lo he hecho. ¿Y si es muy difícil? ¿Y si me caigo y me hago daño? Ya sabes que soy un poco torpe a veces...
Dante se rió con ganas, le tomó la mano y le dio un apretón cariñoso.
—¡Pues te levantas y seguimos! —le dijo con alegría—. Todo es cuestión de práctica. Vamos, te ayudo, no te dejaré caer.
La convenció, y entraron en las instalaciones. Alquilaron un par de patines para cada uno, se los pusieron, y se acercaron a la entrada de la pista. Dante, que era un chico deportista y ágil, pero que jamás había puesto un pie sobre hielo, se agarró con fuerza a la barandilla, poniendo cara de preocupación. Apenas dio dos pasos, ya estaba resbalando, tambaleándose, intentando mantener el equilibrio sin conseguirlo, dando pequeños pasitos cortos y torpes, riéndose de sí mismo por lo malo que era.
—¡Ay, Dios mío! —decía él riendo, agarrado fuerte al borde—. ¡Esto es más difícil de lo que parece! ¡Casi me rompo el cuello ya dos veces!
Pero lo que pasó después lo dejó con la boca abierta, totalmente sorprendido y admirado.
Sofía, en cambio, en el momento exacto en que se puso los patines y sus pies tocaron la superficie lisa y fría del hielo, cambió por completo. Al principio se agarró también a la barandilla, con miedo, insegura, tal como había dicho. Pero en cuanto dio el primer paso, algo se activó dentro de ella. Su cuerpo, sus piernas, sus brazos, todo su ser, pareció despertar de golpe. Dejó de agarrarse al borde, dio un paso más, luego otro, y de repente, comenzó a deslizarse sobre el hielo con una fluidez, una elegancia, una naturalidad absoluta, perfecta, increíble.
Se movía como si hubiera nacido allí, como si hubiera hecho eso todos los días de su vida, como si su cuerpo conservara cada movimiento, cada giro, cada equilibrio grabado en su memoria muscular, aunque su mente hubiera borrado todo recuerdo. Patinaba suavemente, ligera, graciosa, con la espalda recta, la cabeza alta, los brazos extendidos con esa gracia que siempre la había caracterizado. Empezó a dar vueltas por toda la pista, alejándose de Dante, moviéndose entre la gente con una agilidad impresionante, esquivando a todos sin chocar con nadie. Y entonces, sin pensarlo, sin saber cómo ni por qué, dio un giro perfecto, un salto pequeño pero limpio y hermoso, aterrizando con una precisión milimétrica, y siguió deslizándose como si nada.
La gente que había en la pista se detuvo un momento para mirarla, admirados, sorprendidos por la belleza y la destreza de aquella chica que parecía flotar sobre el hielo. Dante la miraba desde el borde, con la boca abierta, con una mezcla de orgullo y asombro, sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Ella le había dicho que nunca había patinado, que no sabía, y sin embargo, se movía mejor que nadie allí, como una profesional, como una artista.
Pero lo más importante, lo más hermoso de todo, era lo que le pasaba a Sofía por dentro. Mientras patinaba, mientras sentía el aire fresco en la cara, mientras sentía esa libertad y esa sensación de volar que solo el hielo le daba, por primera vez en muchísimo tiempo, desde el día que despertó en el hospital, se sintió bien, se sintió completa, se sintió viva y feliz.
Esa sensación de vacío, ese hueco que siempre tenía en el pecho, esa angustia constante, desaparecieron por completo durante ese rato maravilloso. Por unos instantes, todo estaba bien. Se sentía en su lugar, se sentía ella misma, aunque no entendiera cómo ni por qué. Patinaba y patinaba, giraba, saltaba, sonreía con una sonrisa verdadera, grande, luminosa, que hacía mucho tiempo que nadie le veía. No sabía cómo explicarse por qué lo hacía tan bien, ni por qué le gustaba tanto, ni por qué se sentía tan en paz allí, pero tampoco le importó en ese momento. Solo quería seguir allí, seguir moviéndose, seguir sintiendo esa alegría inmensa que le recorría todo el cuerpo.
Mientras tanto, en el fondo de su corazón, muy en el fondo, un recuerdo borroso, una imagen difusa, casi imperceptible, intentaba abrirse paso: ella patinando, girando, y al final de la pista, una figura alta, fuerte, de ojos oscuros, que la miraba con amor infinito y le aplaudía orgulloso. Pero en cuanto intentaba enfocar esa imagen, se desvanecía, y Sofía se quedaba solo con la sensación de que, de alguna forma, patinar la acercaba a lo que había perdido, y que, de alguna forma, ese hombre misterioso de la televisión y este hielo que tanto amaba tenían mucho más que ver entre sí de lo que su memoria le permitía saber.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.