"Luchando Por Amarte"

CAPÍTULO 40: LA VERDAD EN FRENTE DE SUS OJOS Y EL FIN DE LA MENTIRA

En cuanto la fotografía apareció ante sus ojos, Leo se quedó paralizado. Fue un segundo, apenas un parpadeo, pero fue suficiente. Aunque el cabello era más corto y de un color distinto, aunque su forma de vestir era mucho más sencilla y alejada de la elegancia con la que él la recordaba, era ella. No había duda posible. Esa cara, esa sonrisa, esa mirada dulce que él habría reconocido entre mil, en cualquier lugar del mundo, incluso entre la niebla más espesa. Era Sofía. Viva, sana, real, justo ahí, impresa en ese papel que aquel desconocido sostenía con manos temblorosas.
La reacción de Leo fue instintiva, rápida y violenta. Sin decir una sola palabra, le arrebató la foto de un tirón, con una fuerza desesperada, y al mismo tiempo agarró a Dante del brazo con una presión tan fuerte que el joven creyó que le rompería los huesos. Lo arrastró con él, empujándolo casi a la fuerza hacia su coche que estaba esperando con la puerta abierta, ignorando por completo el caos que se formaba a su alrededor, ignorando los gritos de los periodistas, los flashes de las cámaras y, sobre todo, ignorando a Ángela, que se quedó parada en medio de la acera, sola, con la mano extendida y la boca abierta, sin entender por qué su supuesto novio acababa de llevarse a un desconocido de esa forma tan brusca, dejándola allí plantada como un mueble inútil.
Leo arrancó el coche a toda velocidad, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo, con la respiración agitada, conduciendo casi sin mirar por dónde iba, con la foto de Sofía apretada en una mano, mirándola una y otra vez, incapaz de creer que después de todo ese tiempo, después de todo ese dolor y esa espera, por fin tenía algo real, algo suyo, algo que probaba que ella existía y que estaba en algún lugar.
Llegó a su edificio en tiempo récord, subió las escaleras en lugar de esperar el ascensor, arrastrando a Dante detrás de él, y en cuanto cerró la puerta de su lujoso departamento, se giró hacia el joven, lo empujó contra la pared con una furia contenida que hacía mucho tiempo que no sentía, y lo miró con ojos llenos de rabia y de esperanza a la vez.
—¡¿Quién eres tú?! —le gritó con voz ronca y amenazante, acercando su cara a la de él—. ¡¿Cómo tienes esta foto?! ¡¿Dónde la conseguiste?! ¡¿Dónde está ella?! ¡Habla ahora mismo o te juro que te arrepentirás de haberme buscado!
Dante, asustado pero firme, sabiendo que lo que tenía que decir era lo más importante de su vida, intentó mantener la calma y levantó las manos en señal de paz.
—Por favor, cálmese, se lo suplico... —empezó a decir con voz temblorosa—. Su nombre es Sofía Montero, ¿verdad? La conozco... claro que la conozco. Es mi novia ahora... o al menos, eso es lo que somos desde hace unos meses. Pero... también fue la tuya antes.
Esas palabras fueron la mecha que encendió la pólvora. Leo, ciego de celos, de dolor y de ira, saltó sobre él, lo tomó fuertemente del cuello con una mano, levantándolo un poco del suelo, apretando con fuerza, con los ojos inyectados en sangre, con la furia más salvaje que Dante hubiera visto jamás en un ser humano.
—¡¿Te estás burlando de mí?! —rugió Leo, listo para golpearlo, para destrozarlo, para matarlo si era necesario—. ¡¿Crees que es gracioso venir aquí y jugar conmigo de esta manera?! ¡Esa mujer es mi vida, es todo lo que tengo, y tú te atreves a decirme esas cosas...!
—¡NOOOO! ¡Espere, por favor, déjeme explicarle! —gritó Dante entrecortadamente, luchando por respirar, agarrando la muñeca de Leo—. ¡No es lo que piensa! ¡Yo no sabía quién era ella hasta hace muy poco! ¡Por favor, escúcheme! ¡Ella no te recuerda, Leo! ¡No sabe quién eres! ¡Perdió la memoria, perdió todo recuerdo de su vida pasada, y su madre se ha encargado de ocultárselo todo! ¡Ella no sabe ni siquiera quién es ella misma, ni cuál es su apellido! ¡No sabe nada de nada!
Al escuchar esas palabras, la presión en el cuello de Dante cesó de golpe. Leo lo soltó bruscamente, dejándolo caer contra la pared, y se quedó allí de pie, jadeando, mirando a Dante con una mezcla de confusión, dolor y ansiedad inmensa. La rabia se transformó en angustia pura. Se pasó una mano por el cabello, se dio la vuelta caminando de un lado a otro, y luego se detuvo, mirando a Dante fijamente, esperando, necesitando saber más.
—Explícame... —ordenó con voz baja y temblorosa—. Cuéntamelo todo. No te saltes nada. Si lo que dices es verdad, te lo agradeceré de por vida. Si es mentira... ya sabes lo que te pasará.
Y Dante habló. Le contó todo, absolutamente todo, desde el principio. Le contó cómo había llegado Sofía al pueblo, cómo su madre le había cambiado el aspecto, cómo le había dicho a todos que había tenido una vida difícil y que no debían preguntarle nada del pasado. Le contó cómo se habían conocido, cómo había empezado a pretenderla, cómo la veía tranquila y dulce, pero siempre con ese vacío en la mirada. Le contó sobre la tarde en la cantina, sobre la pelea de Leo, sobre cómo ella se había quedado hipnotizada viéndolo en la pantalla, sobre las lágrimas que habían brotado de sus ojos sin razón aparente, sobre ese dolor en el pecho que ella no entendía.
—Yo vi lo que sentía —le dijo Dante con sinceridad absoluta—. Ella no sabía por qué lloraba, ni por qué le dolía el alma al verte, ni por qué ver a esa mujer abrazándote le causaba tanta desesperación... pero yo lo vi claro. Aunque no te recuerde con la cabeza, Leo, su corazón no te ha olvidado. Ella aún te ama, aunque no sepa quién eres. Y luego... luego fuimos a la ciudad cercana, vimos la pista de patinaje... y ahí fue donde lo entendí todo. Ella me dijo que nunca había patinado, que no sabía hacerlo... y sin embargo, se deslizó sobre el hielo con una maestría, una elegancia, una forma que yo reconocí al instante. Era la misma que veía en los videos, la misma que te acompañaba siempre a ella. Ahí supe quién era realmente. Ahí entendí que su madre le estaba ocultando toda su historia, quién era, qué hacía, quién era tú para ella... todo.
Leo escuchaba cada palabra con el corazón destrozado y a la vez lleno de una esperanza que creía perdida para siempre. Todo encajaba. Todo tenía sentido ahora. El porqué de la desaparición, el porqué de la mentira de la madre, el porqué de que le dijera que ella no quería saber nada de él... todo era parte de ese plan desesperado de alejarla de él, de borrar su vida anterior para "protegerla", sin darse cuenta de que le estaba robando su identidad, su historia y su amor.
—Tengo que ir con ella —dijo Leo de golpe, con firmeza absoluta, con autoridad, como si ya no hubiera nada más que hablar—. Llévame con ella. Ahora mismo.
—Claro... a eso vine —respondió Dante, bajando la mirada un poco, avergonzado—. Pero... tengo un pequeño problema, señor Leo. Y no quiero que lo veas como un soborno, ni que pienses que hice todo esto por interés o para sacar algo de ti. Lo hice porque soy tu fan, porque los admiraba a los dos juntos, porque odiaba ver lo vacío que estabas sin ella, y porque quería hacer lo correcto. Pero... para poder venir hasta aquí, para poder buscarte, tuve que vender mi cantina. Era lo único que tenía, my único sustento, mi vida entera allí. Y entre el viaje, el alojamiento, la comida y todas las semanas que pasé esperando afuera, gasté todo lo que obtuve. Ahora mismo... no tengo ni un peso. No tengo dinero ni para comprar un boleto de autobús, ni mucho menos para el viaje de regreso hasta allá.
Leo se acercó a él, le puso una mano en el hombro con gratitud sincera, una gratitud inmensa.
—No te preocupes por eso —le dijo con voz seria y segura—. Yo pagaré todo. El viaje, la estancia, todo lo que haga falta. Y además... te compraré tu cantina. Te la devolveré, te lo prometo. Te daré más de lo que vale, porque lo que has hecho por nosotros no tiene precio. Pero ahora... lo único que importa es que me lleves con ella.
Dante se quedó allí, instalado cómodamente en una habitación del enorme departamento de Leo, mientras el campeón se movía de un lado a otro con una energía frenética, arreglando todo lo necesario para desaparecer el tiempo que hiciera falta. Llamó a su representante, a su equipo, a su entrenador y amigo Ricardo, y les dio órdenes tajantes, sin dar explicaciones, sin permitir preguntas.
—Cancela todo —dijo al teléfono, con una determinación que no admitía discusiones—. Todos los entrenamientos, todas las reuniones, todos los patrocinios, todas las apariciones públicas. Detén mi agenda por tiempo indefinido. Y quiero que organices una conferencia de prensa para mañana por la mañana. Lo más temprano posible. Que estén todos.
Ricardo, que estaba al otro lado de la línea, se quedó helado, confundido y preocupado. Conocía a Leo mejor que nadie, y esa actitud era nueva, distinta, llena de vida, de decisión, de algo que hacía mucho tiempo que no veía en él.
—Leo... ¿estás bien? —le preguntó con cautela—. ¿Qué locura es esta? ¿Qué vas a anunciar? ¿Te vas a retirar? ¿Estás seguro de lo que haces?
—Hago lo que tengo que hacer, Ricardo —fue la única respuesta que recibió—. Solo obedece y haz lo que te digo. Por favor. Es por mi vida.
Ricardo no entendía nada, pero obedeció. Había visto demasiadas cosas raras en los últimos tiempos, y ver a Leo así, tan decidido, tan firme, tan vivo de nuevo, aunque fuera de forma extraña, le dio algo de esperanza. Pensó que quizás, al fin, Leo había decidido dejar todo esto atrás, dejar el deporte, la fama, la presión, para buscar su felicidad en otra parte, tal como él siempre le había aconsejado. Pero estaba muy lejos de imaginar la verdadera razón.
Al día siguiente, la sala de conferencias de prensa estaba llena hasta los topes. Había cientos de periodistas, fotógrafos, cámaras de televisión, todo el mundo del deporte y del espectáculo esperando con mucha curiosidad, porque Leo Vargas no era de los que convocaban ruedas de prensa así como así, sin motivo aparente. Él hablaba solo cuando ganaba peleas o cuando tenía obligaciones estrictas con sus marcas. ¿Por qué estaba allí entonces? ¿Qué tenía que decir?
En primera fila, con el corazón en un puño, estaba Ángela. Estaba pálida, inquieta, muy preocupada. Desde el día anterior, desde ese momento en que Leo se había llevado a ese hombre misterioso y la había dejado sola, no había podido hablar con él, no sabía nada, estaba llena de miedos y dudas. Pensaba en todo lo que podían anunciar, pensaba que quizás él estaba cansado de ella, pensaba que quizás la relación pública se había terminado... aunque en el fondo, sabía que eso era lo mejor que le podía pasar, porque sabía perfectamente que Leo jamás la había querido ni la querría, y que ella siempre había sido solo un sustituto barato, una sombra de la mujer que él realmente amaba y que había desaparecido.
Las puertas se abrieron y entró Leo. Caminó hasta la mesa con paso firme, serio, imponente, pero con algo distinto en la mirada. Ya no estaba apagado, ni vacío, ni indiferente. Tenía una luz extraña, una mezcla de dolor, determinación y esperanza que nadie supo interpretar en ese momento. Se sentó frente a todos, tomó el micrófono, miró a todos los presentes y luego fijó la vista directamente en Ángela, que lo miraba con ojos llenos de miedo y súplica.
Sin rodeos, sin palabras de presentación, sin agradecimientos previos, Leo habló con voz clara, fuerte y cortante, que se escuchó en todo el salón:
—El día de hoy, estoy aquí para hacer dos anuncios breves y definitivos. El primero: doy por terminada, aquí y ahora, mi relación con Ángela. Se acabó.
Un murmullo enorme recorrió toda la sala. Todos se miraron entre sí, sorprendidos, mientras Ángela se quedaba paralizada, con la boca entreabierta, con las lágrimas brotando de inmediato, sintiéndose expuesta, humillada, destrozada aunque en el fondo lo esperaba. No hubo explicaciones, ni justificaciones, ni palabras amables. Solo la sentencia fría y contundente.
Leo no le dedicó ni un segundo más de atención. Siguió hablando, mirando al frente, a las cámaras, a todo el mundo.
—Y el segundo anuncio: me tomaré un descanso. Será un tiempo indefinido. No pelearé, no entrenaré, no haré apariciones, no firmaré contratos, no estaré disponible para nada ni para nadie. Durante este tiempo, no sabrán nada de mí, no tendrán noticias mías, no sabrán dónde estoy ni qué hago. Es todo lo que tengo que decir. Gracias.
Y dicho esto, se levantó de su silla, dio media vuelta y salió de la sala de conferencias con la misma rapidez con la que había entrado, dejando atrás a una multitud atónita, llena de preguntas, rumores y teorías, dejando atrás a una Ángela llorando desconsolada, dejando atrás su vida de campeón, su fama, su dinero, su mentira... saliendo directo hacia donde estaba su verdad, su vida y su corazón: Sofía.




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