Los flashes de las cámaras no paraban de estallar, cegando a Ángela mientras las voces se mezclaban en un ruido ensordecedor. Todos gritaban a la vez, exigiendo respuestas que ella jamás pensó tener que dar frente a todo el mundo.
—¿Por qué Leo terminó contigo? —preguntó uno.
—¿Qué salió mal entre ustedes? —insistió otro.
—¿Hubo otra persona? —se escuchó más fuerte.
La humillación le quemaba la piel, pero Ángela sabía que no podía derrumbarse allí. Si se veía débil, todo lo que había construido se vendría abajo. Con manos temblorosas, subió al pequeño escenario improvisado, tomó el micrófono y se limpió las lágrimas que se le escapaban sin querer. Respiró hondo, enderezó la espalda y habló con una voz que intentó mantener firme, aunque se le quebraba al final:
—Nunca hubo una relación, al menos no como todos creían. Lo que teníamos Leo y yo era solo un contrato laboral. Todo se hizo para aumentar las vistas de sus proyectos y beneficiar a las marcas que nos patrocinaban. Nada más. —Hizo una pausa, tragándose el orgullo herido—. Leo Vargas es la persona más fría que existe. Tiene un muro de piedra alrededor de su corazón que nadie ha logrado romper… hasta ahora. Como ya habrán escuchado, parece que la única capaz de atravesar esa barrera es Sofía Montero.
Las palabras se quedaron flotando en el aire, y los murmullos crecieron entre la multitud.
A kilómetros de allí, en una casa sencilla en las afueras, Sofía miraba la televisión con la mirada fija. Todo había empezado el día que fue a la cantina y vio a Leo pelear: algo en él la había atrapado, una mezcla de fuerza y tristeza que no lograba explicar. Desde entonces, no había dejado de buscar noticias sobre él, lo seguía en las noticias, en las redes, en todo lo que aparecía en la pantalla. Le había nacido una curiosidad inmensa, una necesidad de saber quién era realmente ese hombre que todos describían como inalcanzable.
Pero cuando escuchó ese nombre: Sofía Montero, algo le estremeció el cuerpo. No sabía qué era, ni cómo explicarlo, pero su corazón empezó a latir tan fuerte que le dolió el pecho. Le parecía que ese nombre no le era ajeno, que tenía algo que ver con ella, aunque no entendía por qué. Apagó el televisor de golpe, como si así pudiera borrar lo que acababa de oír, y caminó rápido hacia la cocina, donde su madre preparaba la cena.
Se quedó parada en el umbral, mirándola, y de repente soltó la pregunta que le rondaba la cabeza desde hacía días:
—Mamá… ¿cuál es mi apellido?
Su madre se detuvo en seco. La cuchara que tenía en la mano cayó al suelo con un ruido seco. Se puso pálida, como si le hubieran quitado todo el aire de golpe. Se giró despacio hacia ella, intentando sonreír, pero sus ojos delataban nerviosismo.
—¿Por qué me preguntas eso ahora, hija? De repente te da curiosidad… —dijo, tratando de suavizar la voz.
—No sé… —respondió Sofía, bajando la mirada—. Creo que al menos debería saber cómo me llamo realmente, ¿no? Siempre me dices cosas, pero nunca me lo has dicho claro.
Su madre desvió la vista, volvió a recoger la cuchara y siguió revolviendo la comida, como si nada fuera importante.
—Te apellidas Mendes. Ya lo sabes. —Y cambió de tema de golpe, sin darle tiempo a preguntar más—. Vamos, siéntate, la cena ya está lista. Comamos antes de que se enfríe.
Sofía obedeció, pero por dentro no estaba tranquila. Algo le decía que su madre le estaba mintiendo. No sabía cómo, ni por qué, pero lo sentía en cada palabra que salía de su boca. Y lo más extraño: cuando pensaba en su nombre, cuando se imaginaba a sí misma, no se sentía identificada como Sofía Mendes. Por el contrario, el apellido Montero le sonaba más familiar, más suyo, como si hubiera sido suyo desde siempre.
Es imposible, se repetía a sí misma, mordiendo el labio con frustración. Ese hombre es un millonario, una estrella, vive en un mundo totalmente distinto al mío. Es inalcanzable. ¿Cómo podría yo ser esa Sofía Montero de la que hablan todos? Es solo una coincidencia, nada más.
Pero la duda ya estaba plantada, y no se iba a ir tan fácil. Necesitaba respuestas. Quería ir a la ciudad, donde había lugares con internet, para investigar todo lo que pudiera sobre esa mujer que compartía su nombre. Quería saber quién era, de dónde venía, si había alguna conexión entre las dos, por pequeña que fuera.
Esa misma noche, se armó de valor y se lo dijo a su madre, sin contarle para qué lo quería:
—Mamá, necesito ir a la ciudad. Solo por unos días.
Su madre la miró de nuevo, con esa expresión rara que le ponía cada vez que Sofía pedía algo que saliera de su rutina. Desde pequeña, le había hecho creer que vivían con muy poco dinero, que eran personas de bajos recursos, que cada centavo contaba. Sofía nunca había visto cuentas bancarias, ni recibos importantes; todo lo que sabía de su situación económica era lo que su madre le había contado. Y el poco dinero que tenía, le venía de lo que ella le daba de vez en cuando, muy poco para ahorrar.
—Hija, eso es muy costoso —le dijo, con tono de lamento—. El boleto de autobús es carísimo, no podemos permitirnos ese gasto ahora mismo. Ya sabes que llegamos justo a fin de mes. —Hizo una pausa, y luego añadió, como si se le ocurriera en ese momento—: Cuando regrese tu novio de su viaje, dile que te lleve él. Seguro que puede ayudarte.
Sofía se quedó callada, la desilusión cayendo sobre ella como un peso pesado. Sabía que no iba a insistir; su madre nunca cambiaba de opinión en esas cosas. Se fue a su cuarto, se sentó en el borde de la cama y miró por la ventana, hacia la oscuridad del patio. Tenía la sensación de que la verdad estaba ahí fuera, esperándola, pero que alguien se estaba encargando de mantenerla lejos, de que nunca la descubriera. Y mientras pensaba en Leo, en el apellido Montero y en todo lo que le habían ocultado, supo que esa curiosidad no se iría hasta que encontrara la forma de averiguar todo lo que le habían escondido.
¿Te gustaría que continúe con el siguiente capítulo donde Sofía busca una forma de ir a la ciudad sin que su madre se entere, o prefieres desarrollar primero el punto de vista de Leo después de las declaraciones de Ángela?