Al día siguiente de la conferencia de prensa, Leo y Dante emprendieron el viaje. Habían hablado largo y tendido la noche anterior, poniendo sobre la mesa todo lo que sabían, todo lo que habían descubierto poco a poco. Lo único que importaba ahora era protegerla: no querían que Sofía quedara expuesta ante la prensa, ni que el impacto brusco de saber que toda su vida reciente había sido una mentira —que su propia madre le había ocultado su identidad, su apellido, su historia entera— le hiciera daño de golpe. Menos aún querían que tuviera que enfrentarse directamente a esa mujer que la había mantenido oculta, o que la repentina aparición de Leo, ese hombre del que todos hablaban y que ella no recordaba, afectara su estabilidad o su salud mental. Por eso el plan estaba claro: Leo esperaría en la casa de Dante, lejos de miradas ajenas, mientras Dante iba a buscarla, tal como lo habían acordado.
Dante llegó a la pequeña casa de las afueras tal como siempre lo hacía. Llevaba en la mano un ramo de flores bonitas, su sonrisa de siempre, esa que había tenido durante año y medio, casi dos años, siendo el novio que ella conocía, el compañero fiel, el hombre que la quería de verdad y que no fingía nada: él era el novio perfecto, tal como lo conocía ella. Al principio, Dante no sabía absolutamente nada de su pasado, de quién era ella, ni de lo que le había pasado. Todo cambió hacía unos meses, cuando la vio patinar sobre el hielo: un gesto, una forma de moverse, algo que le resultó demasiado familiar, y ahí empezaron sus dudas, sus investigaciones silenciosas, hasta que poco a poco fue armando las piezas y descubrió la verdad.
Cuando la señora que decía llamarse Mendes le abrió la puerta, Dante se mostró amable y tranquilo, tal como ella esperaba.
—Buenas tardes —dijo con voz cálida—. Vine a buscar a Sofía, quería invitarla a cenar a la ciudad. Hice una buena venta hace poco, y me di el gusto de comprarme un coche nuevo, así que podemos ir cómodos y pasar un rato agradables.
La mujer asintió complacida, confiada en él, sin sospechar que esa excusa de la venta era solo eso: una forma de no levantar sospechas. En realidad, el auto se lo había comprado Leo Vargas, nada más que para que Dante pudiera ir por ella y alejarla de allí sin llamar la atención.
Sofía salió de la casa con una pequeña bolsa en la mano, contenta de verlo, le dio un beso en la mejilla y subió al vehículo, sin imaginar que ese viaje cambiaría todo lo que creía saber de sí misma. Dante arrancó y condujo despacio por las calles de tierra, hasta que estuvieron a solo un par de cuadras de distancia, lo suficiente para que nadie desde la casa pudiera verlos. Entonces detuvo el auto bajo la sombra de un árbol grande, apagó el motor y se giró hacia ella. Le tomó las manos entre las suyas, y su mirada ya no era la de siempre: estaba seria, profunda, con una mezcla de tristeza y dolor que la desconcertó al instante.
—Sofía, tengo que decirte algo muy importante —empezó, con voz suave pero firme, que se le quebraba un poco—. Hay verdades que te han sido ocultadas desde que llegaste aquí. Tu madre… la mujer que te ha criado todo este tiempo, te ha mentido en todo lo que tiene que ver con tu origen, con quién eres realmente. Esa es la razón por la que hace un tiempo me fui del país: tenía que investigar, tenía que comprobar si lo que empecé a sospechar —desde el día que te vi patinar sobre el hielo— era verdad. Y lamentablemente, mi teoría fue correcta.
Sofía lo miraba con los ojos muy abiertos, el corazón empezando a latirle con fuerza, confundida y asustada a la vez.
—¿De qué estás hablando, Dante? —preguntó, apretando sus manos sin querer—. ¿Qué cosas ocultadas? ¿Qué tiene que ver el día que patiné? No entiendo nada… ¿A qué te refieres con mi origen?
Él suspiró hondo, le acarició suavemente la mejilla y volvió a encender el motor, arrancando de nuevo, pero ya no tomó el camino hacia la ciudad. Giró en una dirección distinta, hacia la zona de casas más grandes y tranquilas, donde estaba su hogar.
—Por ahora no iremos a la ciudad como te prometí —le explicó con calma, aunque se le notaba la tensión—. Vamos a mi casa. Allí te espera alguien. Alguien que te conoce desde mucho antes, alguien que sabe todo lo que te pasó, todo lo que perdiste.
—¿Alguien que me conoce? —repitió ella, cada vez más nerviosa, sintiendo cómo la ansiedad le subía por la garganta—. ¿Qué es lo que perdí? Dante, por favor, explícame… me estás asustando. Dices que no sé quién soy, que me han mentido… ¿qué me pasó?
Dante mantuvo la mirada fija en el camino, pero su voz se volvió más grave, cargada de tristeza.
—Hace aproximadamente un año y medio, casi dos años, tuviste un encuentro violento. Fue culpa de un rival de Leo Vargas —sí, el mismo hombre del que hablan todos—, que te atacó para hacerle daño a él. Te apuñaló, perdiste mucha sangre y entraste en coma. Estuviste cuatro meses sin despertar. Cuando al fin abriste los ojos… no recordabas nada. Ni tu nombre, ni tu familia, ni tu vida anterior. Habías perdido la memoria por completo. Y fue entonces cuando esa mujer que llamas madre te encontró y te trajo aquí, ocultando todo para mantenerte alejada de tu verdadera vida. Yo no sabía nada de esto cuando te conocí, te lo juro. Fui tu novio de verdad, te quise con todo lo que sabía de ti, y solo empecé a atar cabos hace unos meses… demasiado tarde para cambiar lo que ya estaba escrito.
El resto del camino se hizo en silencio. Sofía iba con la mente llena de imágenes borrosas, de sensaciones que no lograba entender. Todo lo que le había pasado últimamente: el nombre Montero que le sonaba tan familiar, las palabras de Ángela en la televisión, esa atracción extraña que sentía por Leo aunque no lo conociera… todo empezaba a encajar de una forma aterradora y dolorosa.
Cuando llegaron a la casa, Dante detuvo el coche frente a la puerta principal: una casa amplia, tranquila, muy distinta a la pequeña vivienda donde ella había crecido. Apagó el motor, ambos bajaron, y Sofía se quedó parada un instante, sintiendo que al cruzar esa puerta nada volvería a ser igual.
Dante caminó hasta ella, se detuvo justo frente a la entrada y la tomó suavemente de los hombros. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no pudo retener, y la miró con una ternura inmensa, la misma que le había tenido cada día desde que la conoció.
—Espera… —le dijo con voz entrecortada—. Sofía, antes de entrar, hay una última cosa que tengo que decirte. Algo que debes saber, antes de que todo cambie para siempre.
Ella asintió, con el pecho apretado, esperando cualquier cosa, pero no lo que salió de su boca.
—Te amo —confesó, y una lágrima se le escapó y rodó por su mejilla—. Te amo desde el primer día, te amo por quien eres, por lo que fuimos, por todo este tiempo que compartimos. Y precisamente porque te amo, porque quiero que seas feliz, que recuperes lo que te pertenece, que vuelvas a ser tú misma… tenemos que terminar nuestra relación.
Sofía dio un paso atrás, sorprendida, herida y confundida al mismo tiempo.
—¿Pero por qué? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Por qué dices eso? ¡Si estamos bien, Dante! Siempre nos hemos llevado bien, nos queremos, tú siempre has sido perfecto conmigo… ¿qué cambia ahora? ¿Por qué tenemos que terminar justo ahora?
Él negó con la cabeza suavemente, con una sonrisa triste y dulce.
—Porque tú no me amas —le dijo con toda la honestidad del mundo—. Crees que sí, me lo has dicho muchas veces, y lo sentías con todo lo que tu memoria te permitía sentir. Pero en realidad, lo que sentías por mí era cariño, gratitud, confianza… pero no amor verdadero. Ese amor ya estaba ocupado en tu corazón desde mucho antes, desde tu vida anterior, aunque tú no pudieras recordarlo. Y cuando cruces esa puerta, cuando sepas todo, cuando lo veas a él… lo entenderás todo. Entenderás por qué mi lugar nunca pudo ser definitivo a tu lado, por qué mi amor siempre fue insuficiente para llenar ese espacio que tenías reservado para otra persona.
Se secó las lágrimas con la mano y señaló la puerta, donde la silueta de alguien se adivinaba detrás del cristal.
—Adelante. Entra. Allí te espera tu verdadera historia, Sofía Montero. Y te espera él… el hombre por el que te lastimaron, el hombre que nunca dejó de buscarte, el que siempre ha estado en tu destino.