"Luchando Por Amarte"

Capítulo 43: El reencuentro que el destino guardó

Al empujar la puerta y dar los primeros pasos dentro de la sala, el tiempo pareció detenerse. Allí estaba él: Leo Vargas. De pie, con el cuerpo tenso, las manos cerradas en puños y la mirada fija solo en ella, como si todo lo demás hubiera desaparecido del mundo. En el instante en que sus ojos se encontraron, Leo no pudo contenerse más. Se lanzó hacia ella con pasos largos y desesperados, y la envolvió en un abrazo tan fuerte, tan lleno de todo lo que había callado durante casi dos años, que le cortó el aliento.
Sofía se quedó helada, paralizada por la sorpresa. Ese hombre… el mismo que había visto mil veces en la televisión, el nombre que no se le iba de la cabeza, la imagen que su mente buscaba sin saber por qué, ahora estaba ahí, sosteniéndola entre sus brazos, llorando como un niño pequeño que por fin recupera lo más valioso que tenía. Y lo más extraño, lo que le hizo temblar el alma: ella también estaba llorando. No sabía por qué, no recordaba nada de él, pero en cuanto sintió su calor, su olor, la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente contra el suyo, supo que no quería separarse nunca. Era como volver a casa después de un viaje muy largo, como si esos brazos hubieran sido su refugio desde siempre, aunque su memoria se negara a decírselo.
Detrás de ellos, Dante se detuvo un segundo en el umbral. Los miró, con el corazón apretado por la tristeza de saber que su tiempo con ella había terminado, pero también lleno de una alegría inmensa por haber cumplido su promesa. Lo hice, pensó con una sonrisa melancólica mientras cerraba la puerta suavemente, dejándolos solos. Los reuní de nuevo, tal como debía ser.
Dentro de la sala, Leo se fue calmando poco a poco, aunque seguía sin soltarla, como si tuviera miedo de que si la dejaba ir, ella desapareciera. Con mucha suavidad, la tomó de la mano y la guio hasta el sillón que estaba cerca. Se sentaron uno al lado del otro, muy cerca, sin dejar de mirarse. Él le acarició la mejilla con la yema de los dedos, con un cuidado infinito, como si ella fuera de cristal.
—¿Cómo te sientes? ¿Estás bien? —le preguntó con voz ronca por el llanto, mirándola a los ojos con una mezcla de amor y dolor—. Ha pasado tanto tiempo… casi dos años desde la última vez que te vi. Casi dos años esperando este momento.
Sofía lo escuchaba anonadada, sin apartar la vista de él. Cada palabra que salía de su boca le llegaba directo al corazón, como si una parte de ella ya supiera todo lo que le estaba diciendo.
—Me asaltaron, ¿verdad? —respondió ella bajito, pensando en lo que Dante le había contado en el auto—. Me golpearon… y por eso perdí la memoria. No sé quién eres, Leo… no recuerdo nada de mi pasado, ni de nosotros. Pero hay algo aquí dentro —se tocó el pecho, justo donde le latía fuerte el corazón— que me grita que te conozco, que te he amado desde siempre.
Leo negó con la cabeza, y sus ojos se llenaron de culpa y dolor. Le tomó ambas manos entre las suyas y las apretó con suavidad.
—No te asaltaron, Sofía. Y todo lo que te pasó fue culpa mía. Lo siento… lo siento con toda mi alma. —Hizo una pausa, tragando el nudo que se le formaba en la garganta, y empezó a contarle todo, sin ocultarle nada—. Tengo muchos enemigos, gente que quiere destruirme por negocios, por envidia, por todo lo que soy. Uno de mis rivales más peligrosos, para hacerme el daño más grande que podía imaginar, decidió atacarte a ti. Sabía que eras mi debilidad, que eras lo único que realmente me importaba. Esa noche te esperaron, te apuñalaron… perdiste muchísima sangre y entraste en coma. Estuviste cuatro meses dormida, sin saber nada de nadie. Y cuando despertaste… todo se había borrado de tu mente. Fue entonces cuando esa mujer que llamas madre te encontró, te llevó lejos y te escondió del mundo, de tu familia… y de mí.
Sofía escuchaba todo con la boca entreabierta, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Le costaba asimilarlo, pero a la vez todo tenía sentido.
—Pero hay algo más… —continuó él, con una pequeña sonrisa que mezclaba tristeza y orgullo—. Tú no eras solo alguien en mi vida. Tú eras la mejor patinadora artística del mundo. Conquistaste todo, ganaste todo lo que se puede ganar, eras una leyenda sobre el hielo. Esa era tu vida, tu pasión, tu sueño.
Los ojos de ella se abrieron más que nunca. De repente, todo lo que le había pasado en la ciudad, esa vez que se había parado sobre el hielo sin haberlo hecho nunca, la facilidad con la que se movía, la alegría inmensa que sentía al hacerlo… todo encajó a la perfección.
—¡Por eso! —exclamó ella con voz temblorosa, pero llena de comprensión—. Por eso esa vez… cuando patiné, sentí que mi cuerpo sabía qué hacer, aunque mi cabeza no entendía nada. Sentí que eso era lo que debía hacer, que ahí era donde yo pertenecía. No lo entendía, pero ahora… todo tiene sentido.
Leo asintió, acariciando su cabello con ternura.
—Eso nunca se borró de ti, mi vida. Porque eso eres tú, eso llevas en la sangre, igual que me llevas a mí en el corazón, aunque no puedas recordarlo todavía.
Se quedaron hablando toda la noche, hasta que los primeros rayos del sol empezaron a entrar por la ventana. Leo le contó detalles de su vida, de cómo se conocieron, de los momentos felices, de los sueños que tenían juntos, de todo lo que compartieron antes de esa noche fatal. Ella escuchaba todo con atención, devorando cada palabra, y poco a poco, muy despacio, imágenes borrosas, sensaciones, sonrisas y momentos que no sabía de dónde venían empezaron a cruzar por su mente. No eran recuerdos claros, todavía eran como niebla, pero estaban ahí: el brillo de unas cuchillas sobre el hielo, una mano que le daba la suya, una voz que le decía te amo, la sensación de volar mientras giraba…
Cada vez que algo así le pasaba, Sofía cerraba los ojos con fuerza, intentando agarrar esa memoria que se le escapaba, y cuando los abría, se encontraba con la mirada de Leo, ahí, esperándola, paciente, dispuesto a esperar todo el tiempo que fuera necesario hasta que ella pudiera recordarlo todo tal como fue.
Por primera vez en casi dos años, ambos sentían que el vacío que tenían en el pecho empezaba a llenarse. La distancia se había acabado, las mentiras empezaban a caer, y lo único que quedaba era la verdad de lo que sentían: un amor tan fuerte que ni la pérdida de la memoria había logrado borrar.




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