Dante no podía quitar la vista de encima de ella. Estaba allí, de pie, sobre el hielo, moviéndose con esa elegancia natural, con esa gracia que parecía parte de su propio ser, y él no daba crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Durante todos los meses que llevaba conociendo a Sofía, siempre se había mantenido al margen de ciertos temas, siempre había respetado aquella advertencia que su madre le había hecho desde el primer día en que empezaron a hablar. La mujer lo había llevado aparte, con voz seria y tono de súplica, y le había dicho claramente: «Mire, Dante, mi niña ha tenido una vida muy difícil, ha sufrido mucho y ha pasado por cosas terribles. Por favor, le pido de todo corazón que nunca le pregunte sobre su pasado, sobre dónde vivía antes o sobre lo que hacía. No queremos que recuerde nada de eso, porque todo lo que trae son recuerdos de dolor y sufrimiento, y solo queremos que sea feliz ahora, en paz, sin volver a pasar por lo mismo. No le haga daño haciéndole recordar».
Dante, que era un hombre bueno, respetuoso y que ya sentía un gran cariño por ella, había obedecido al pie de la letra. Jamás le había hecho una sola pregunta sobre su vida antes de llegar al pueblo. Se conformaba con saber lo que ella le contaba por sí misma, que era muy poco, casi nada, y se limitaba a disfrutar del día a día, de su compañía y de esa dulzura y tranquilidad que ella irradiaba. Pero ese día, al verla patinar, al ver esa forma tan peculiar, tan perfecta, tan profesional de deslizarse, de girar, de mover los brazos, un pensamiento cruzó por su mente como un relámpago, un pensamiento que lo dejó helado, boquiabierto y con el corazón latiéndole a mil por hora.
«No... no puede ser... no es posible... pero es igual... es exactamente igual», pensaba Dante, mientras la observaba dar otra vuelta perfecta por la pista, con el viento moviendo su cabello teñido de castaño claro, con esa sonrisa que le iluminaba la cara. «Yo he visto esto antes. Yo he visto exactamente estos mismos movimientos, esta misma forma de ser, esta misma luz en los ojos... en televisión, en revistas, en fotos... junto a él. No puede haber dos personas iguales. ¡Es ella! Es Sofía Montero».
Le costaba asimilarlo, le costaba creer que la mujer de la que todo el mundo hablaba, la gran campeona que había desaparecido de la nada, que había dejado su carrera sin explicación, que había sido la pareja de su ídolo, estuviera allí, justo frente a él, viviendo bajo una identidad distinta, con la memoria borrada y un aspecto físico modificado para no ser reconocida.
Cuando salieron de la pista, seguían caminando por la ciudad, disfrutando del paseo, pero Dante ya no escuchaba nada de lo que ella le decía. Tenía la mente en otro lugar, dando vueltas a todo lo que sabía, a todo lo que había visto a lo largo de los años, conectando puntos que antes estaban separados. No podía quitarse esa idea de la cabeza, y la necesidad de confirmarlo, de saber si estaba en lo cierto, era más fuerte que la promesa que le había hecho a su madre. Así que, poco a poco, con mucho cuidado, empezó a hacerle preguntas, preguntas que nunca antes se había atrevido a formular.
—Oye, Sofía... —empezó a decir con voz suave, tratando de que no sonara a interrogatorio—, solo por curiosidad... ¿dónde vivías antes de llegar a nuestro pueblo? ¿En alguna ciudad grande?
Sofía lo miró con una sonrisa tranquila y negó suavemente con la cabeza.
—No lo sé, Dante. De verdad, no lo recuerdo. Mi mamá me cuenta cosas, me dice que vivíamos en varios sitios, que nos mudábamos mucho, pero yo... yo no guardo nada de eso en mi memoria. Es como si todo ese tiempo no hubiera existido para mí.
Dante asintió, tragó saliva y siguió indagando, con el corazón en un puño.
—¿Alguna vez te han dicho, o te ha dicho alguien, que te pareces a alguien famoso? A alguna artista, o deportista... ¿te suena eso?
Ella se rió con ganas, una risa dulce y sincera, y volvió a negar.
—¡Para nada! —respondió alegremente—. ¿Famosa? ¿Yo? Qué va, Dante. No creo que me parezca a nadie, yo soy muy normalita, ya lo sabes. Nadie me ha dicho nunca nada de eso, te lo aseguro. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada... solo curiosidad —dijo él, intentando disimular—. Oye... y otra cosa... ¿a qué te dedicabas antes? Quiero decir... ¿qué hacías, en qué trabajabas o estudiabas, antes de mudarte aquí? ¿Te gustaba algún deporte, o algo así?
En ese momento, la expresión de Sofía cambió por completo. La sonrisa desapareció de sus labios, sus ojos se nublaron y su rostro se llenó de una tristeza profunda, esa tristeza que siempre aparecía cuando tocaba temas que estaban fuera de su recuerdo. Se detuvo en medio de la calle, bajó la mirada y respondió con voz bajita y apagada:
—No tengo ni idea, Dante. No sé nada de mi pasado. Te conté que me asaltaron, ¿verdad? Me hicieron mucho daño, me golpearon en la cabeza... y desde que desperté en el hospital, todo lo que fue mi vida antes de ese día se borró por completo. No recuerdo a mis amigos, ni a mis casas, ni a lo que hacía, ni a quién quería... nada. Mi mamá me ayuda, me cuenta cosas poco a poco, pero... hay un vacío enorme ahí dentro que no sé cómo llenar.
Dante sentía que el pecho se le aceleraba más y más. Estaba a punto de confirmar todo. Solo quedaba una cosa por preguntar, la más importante de todas.
—Y... perdona que insista, mi vida... ¿cuál es tu apellido?
Sofía se quedó totalmente en blanco. Lo miró con los ojos muy abiertos, confundida, como si le hubieran preguntado algo imposible. Se rió nerviosamente, se pasó una mano por el cabello y se encogió de hombros.
—¡Vaya! Pues... pues no lo sé —dijo con incredulidad ante sí misma—. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo es posible que no sepa mi propio apellido? Nunca me lo he preguntado a mi madre, siempre le digo "mamá" y ya... Nunca lo he necesitado. La verdad es que no tengo ni idea. ¿Crees que soy tonta o qué? —añadió intentando bromear, aunque se notaba que le molestaba no saberlo.
En ese instante, todo tuvo sentido para Dante. Todas las piezas del rompecabezas encajaron a la perfección, y la certeza absoluta lo golpeó con fuerza: era ella. No cabía duda. Era Sofía Montero. Él la conocía, la había visto miles de veces en pantalla, en fotos, caminando de la mano de Leo, abrazándolo, mirándolo con ese amor que se veía a kilómetros. Reconocía cada gesto, cada mirada, esa forma única de patinar que era su sello personal, inconfundible. Y ahora entendía todo: por qué había desaparecido de la nada, por qué había dejado su carrera en la cima, por qué nadie sabía de ella, por qué su madre la había traído hasta allí, le había cambiado el aspecto y le había borrado todo rastro de su historia. Lo estaba ocultando todo. Le había ocultado su pasado, su identidad, su amor, todo, con el único fin de alejarla de todo lo que había vivido y, sobre todo, alejarla de Leo.
Dante pensó entonces en todo lo que él había visto y seguido en las redes y en las noticias. Él adoraba a esa pareja, le encantaba verlos juntos, le parecían perfectos, dos almas gemelas que brillaban juntas. Y había notado perfectamente el cambio radical que había sufrido su ídolo, Leo Vargas, desde el día exacto en que ella desapareció. Antes, cuando estaba con Sofía, Leo brillaba, era alegre, sonreía, ganaba con el corazón, tenía luz en la mirada, era invencible porque tenía por qué luchar. Pero después... después se había convertido en lo que era ahora: un hombre frío, arrogante, distante, vacío por dentro, que ganaba por inercia, que no disfrutaba de nada, que vivía solo por cumplir, muerto en vida. Y esa mujer que ahora decían que era su novia, Ángela... Dante la detestaba. No la podía ver. Para él, era una mujer falsa, interesada, que solo estaba ahí por fama y dinero, que no le aportaba nada bueno, que no lo entendía ni lo conocía, y que solo servía para tapar el dolor inmenso que Leo sentía por la pérdida de su verdadero amor.
Pero Dante no dijo ni una sola palabra de todo lo que sabía o sospechaba. Entendió inmediatamente que si la madre de Sofía se enteraba de que él lo había descubierto, de que él sabía quién era ella realmente, lo primero que haría sería volver a llevársela, mudarse de nuevo, desaparecer de su vida para siempre, y él no podía permitir eso. No solo porque la quería a ella, sino porque sentía que tenía una misión que cumplir, algo más grande que él mismo: tenía que volver a juntarlos. Amaba tanto a su ídolo, lo admiraba tanto, que no podía soportar verlo así, tan roto, tan vacío, tan triste, cuando sabía perfectamente que la única cura para todo ese dolor estaba a miles de kilómetros de distancia, viva, sana, pero olvidada de sí misma. Sabía que juntos eran la luz del otro, que solo juntos estaban completos, y él estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que volvieran a estarlo, aunque eso significara perder a la mujer que él amaba, aunque eso significara quedarse sin ninguna oportunidad con ella. Su amor por ellos, como pareja y como personas, era más grande que su propio interés.
Así que, tomando una decisión rápida y firme, se acercó a ella, le tomó las manos entre las suyas y la miró a los ojos con seriedad.
—Sofía, escúchame bien, por favor. Lo que me has contado... no le digas nada de esto a tu madre, ¿me lo prometes? —le pidió con voz suave pero firme—. Ella me pidió que no te preguntara nada, y entiendo que lo hace porque te quiere proteger y no quiere que sufras recordando cosas malas. No quiero que ella se enfade conmigo, ni que piense que he roto mi palabra. Por favor, que esto se quede entre nosotros dos, ¿está bien? Yo te ayudaré, te lo prometo, pero no le digas nada a nadie.
Ella, confundida pero confiando plenamente en él, asintió sin dudar.
—Está bien, Dante. Te lo prometo. No le diré nada, tranquilo.
A partir de ese día, todo cambió para Dante. En cuestión de horas, puso en venta su cantina, el negocio que había sido su vida durante años, el lugar donde había crecido y trabajado duro. Sofía no entendía nada, estaba muy extrañada y le preguntaba una y otra vez por qué hacía eso tan de repente, sin previo aviso.
—¿Por qué vendes todo tan rápido? —le decía ella con cara de tristeza—. ¿Te vas a ir del pueblo? ¿Ya no vas a volver?
Dante le acarició la mejilla con cariño, ocultando la angustia que sentía por tener que dejarla, pero firme en su decisión.
—Tengo algo muy importante que hacer fuera del país, Sofía. Algo que puede cambiar muchas cosas, algo que es necesario hacer. Necesito el dinero del negocio para poder viajar y resolverlo todo. Pero no te preocupes, mi vida. Cuando regrese, si todo sale bien, estoy seguro de que podré volver a comprarla, y quizás... quizás las cosas sean muy distintas para todos nosotros. Solo espérame y confía en mí.
Se despidió de ella con un abrazo largo y sentido, sabiendo que pasaría mucho tiempo antes de volver a verla, y salió de ese pueblo con una meta clara en la cabeza: llegar hasta Leo Vargas, hablar con él, contarle la verdad y devolverle el amor de su vida.
Viajó hasta el país donde Leo vivía, esa gran ciudad llena de luces y ruido, tan distinta a lo que él conocía, y desde el primer día, empezó su búsqueda desesperada. Sabía dónde entrenaba, sabía dónde solía ir, sabía cuándo eran sus peleas y sus ruedas de prensa. Así que empezó a ir a todos los sitios. Iba al estadio cuando había combates, iba a las salas de conferencias, iba al gimnasio donde él entrenaba todos los días. Como no lo dejaban entrar, se pasaba las horas y las horas esperando afuera, en la calle, bajo el sol o bajo la lluvia, con la esperanza de verlo salir aunque fuera un segundo.
Cada vez que veía aparecer su figura imponente, rodeado de guardaespaldas, periodistas y gente de su equipo, Dante se abalanzaba hacia él, estiraba la mano, intentaba acercarse, gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Señor Leo, por favor! ¡Escúcheme un momento! ¡Necesito hablar con usted! ¡Es muy importante, por favor!
Pero siempre pasaba lo mismo. La seguridad se interponía en su camino, lo empujaban suavemente pero con firmeza, lo apartaban, le cerraban el paso, lo trataban como a un fanático más, como a uno más de los tantos que siempre andaban detrás de él pidiendo fotos o autógrafos. Leo ni siquiera lo miraba al principio, pasaba de largo, indiferente, serio, con esa mirada perdida que siempre tenía, dejando las súplicas de Dante atrás.
Pasaron las semanas. Dante no se rindió. Seguía allí, día tras día, siempre presente, siempre esperando, siempre intentando acercarse. Y poco a poco, Leo empezó a fijarse en él. Empezó a reconocer su cara, su voz, esa figura que siempre estaba ahí, en todos los eventos, gritando lo mismo, insistiendo sin parar, sin importarle el frío, el cansancio o que lo echaran. Leo llegó a conocerlo tan bien que, cuando lo veía aparecer entre la gente, ponía los ojos en blanco, hacía una mueca de fastidio y le decía a los que iban con él:
—Ahí está de nuevo... mi fiel acosador. ¿Es que este tipo no tiene nada mejor que hacer? Siempre en todas partes, diciendo lo mismo. Ignórenlo, como siempre.
Pero Dante sabía que tenía que ser paciente, que tenía que encontrar el momento exacto, el momento perfecto en que pudiera estar lo suficientemente cerca para que Leo no pudiera ignorarlo más. Y ese día llegó.
Fue al salir de una entrevista importante. Había muchísima gente, cientos de paparazzi empujando, gritando, con las cámaras y los micrófonos por delante, todo un caos de luces y ruido. Leo caminaba rápido, con la cabeza baja, intentando llegar a su coche, rodeado de seguridad, mientras Ángela iba a su lado, sonriendo y saludando, fingiendo ser la novia perfecta. Dante aprovechó la confusión, se abrió paso a empujones entre la multitud, esquivó a los guardias que intentaban detenerlo y, justo cuando Leo estaba a solo un metro de él, sacó de su bolsillo una fotografía impresa, una foto que llevaba guardada desde hacía semanas, preparada para ese momento.
Era una foto de Sofía. En ella se veía distinta, sí: con el cabello cortito y teñido, vestida de forma sencilla, muy diferente a la imagen pública que todo el mundo recordaba de ella, pero era ella, sin duda alguna. Dante la sostuvo en alto, frente a la cara de Leo, tan cerca que no tuvo más remedio que verla, que mirarla, que fijarse en ella.
—¡Señor Leo, por favor, mire esto! —gritó Dante con todas sus fuerzas, con la voz quebrada por la emoción y la urgencia—. ¡Mírela bien! ¡Sé que la conoce! ¡Tenemos que hablar, es una cuestión de vida o muerte!