Luz de Asfalto

Estrella...

Estrella

Ella misma, completamente sola, era su propio todo. Una estrella pulsante, lo único que tenía y que tendría hasta el final de su mundana existencia. Era una estrella sin ningún astro acompañante que danzara en ese vals infinito junto a ella; pues es sabido que un ser celeste siempre opaca al otro, y el de menor brillo se ve obligado a girar en torno a aquel. Pero ella decidió que no giraría en torno a nadie, ni obligaría a alguien a seguir los crueles pasos de su camino.
Ella, Estrella —pues así le decían—, fue aquel lucero que dejó de brillar esa fría noche de diciembre y que nadie vio apagarse. La única estrella que perdió su resplandor a raíz de una vana y fugaz munición de bala, destinada a romper su pecho y una costilla del lado izquierdo, justo donde quedaba su corazón, atravesando arduamente hasta aquella alma perdida de la desdichada Estrella, que nunca encontraría rumbo alguno en la jerarquía del universo.
Óscar Jozef Aponte Antara era su verdadero nombre, el que sus padres le dieron al nacer, y fue el nombre que aborreció en su antinatural adolescencia. El nombre que sería echado al olvido, dando paso a “Estrella”, para él en aquel entonces completamente prohibido; nombre de aquellas pequeñas luciérnagas que brillan en el cielo de noche y titilan con fulgor. De allá vino esa mujer, caída desde las nebulosas de Andrómeda —esa fue la historia que ella le contó a él—. Vivió atrapada dentro de Óscar por demasiado tiempo, dejando que el brillo sucumbiera.
Se dio un nuevo nombre a sí misma a sus diecisiete años, una noche que recordó claramente para el resto de su fugaz vida, cuando el cielo se encontraba totalmente minado por aquellos viejos luceros; ese recuerdo también vino a su mente en el momento final. Por primera vez frente al espejo, Estrella (sin nombre que presidiera) se encontraba de pie, con el viejo maquillaje de mamá transformando todo su rostro a un punto casi ridículo, y una sábana beige como velo o quizás cabello, la cual cubría puramente su cabeza hasta enrollarse delicadamente como culebra en su delgado cuello. Era hermosa, aunque en realidad no; la mujer más hermosa que vio nunca. Ella pedía permiso para salir; rogó de rodillas y con lágrimas en los ojos dar una razón a la vida que Óscar no pudo dar a aquel desdichado cuerpo. Esa noche, Estrella tomó el control del cuerpo y del alma que compartían, y Óscar, sin luchar, sin oponerse, cayó en el olvido total, por un agujero negro del que no retornaría.
La vida no fue nada fácil, aunque para nadie lo es, sinceramente. El rechazo, el desprecio y el odio que ella nunca buscó ni reflejó la perseguían a donde fuera que caminara; pues para el mundo que la rodeaba, ella no era ella: solo era un ser impostor robando la existencia a aquel joven. Pero él no apreciaba la vida como ella lo hacía. Sus padres la negaron y repudiaron, pero eran los padres de él, no de ella; sus pocos amigos igual, aunque no le dolió, ya que ellos eran amigos de Óscar y no suyos. Su rostro no decayó, pues era fuerte como él nunca lo fue, y tenía el valor que él nunca tuvo. La despedida fue ante unos desconocidos que la odiarían el resto de su vida.
Paró en las calles como un alma joven desperdiciada que tuvo que vivir de las sobras del mundo, sobreviviendo entre otros como ella, que vivían de la calle, del olvido. Mas ni el odio ni el maltrato la detuvieron; su semblante nunca bajó, pues amaba la vida sin importar las espinas clavadas en la piel, ya que ahora había conseguido compañía: la compañía de los antiguos luceros que cada noche venían a visitarla, pidiendo que fuera con ellos de vuelta al firmamento, aunque fuera eso imposible, pues ella ya dudaba de ser una de ellos. Las tristes estrellas, más allá del fin del mundo, la guiaban y ayudaban por dura que fuera la vida, pues no importaba mientras esa vida perteneciera a ella. Estrella sonreía siempre que pudiera, aunque la situación no lo ameritara, aunque las lágrimas quemaran sus ojos rogando que las dejara salir, muriendo ante el fuerte temple de su alma. Su imperfecta sonrisa fue su sello y el recuerdo de quien la viera; su sonrisa, aunque suene triste escribirlo, fue su fin.



#1497 en Otros
#270 en Relatos cortos
#1362 en Novela contemporánea

En el texto hay: drama, lgbt+, crudeza

Editado: 19.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.