Madera y Salitre: Gloria y Tragedia del Ruiseñor de América

Capitulo 3: La cruz Inacabada

El calendario marcaba 1941 y el sofocante calor de Guayaquil parecía presagiar la asfixia que estaba a punto de caer sobre la casa de las calles Gómez Rendón y Villavicencio.

La primera estocada llegó sin hacer ruido, disfrazada de una fiebre traicionera que se instaló en el cuerpo de la más pequeña de la casa. La hermana menor de Pepe y Julio, la niña que había completado la estampa familiar, comenzó a marchitarse en los brazos de doña Apolonia. En los barrios de caña y lodo, las medicinas eran un lujo y los médicos una quimera. A pesar de los rezos, los paños de agua fría y el llanto ahogado de la madre, la muerte cobró su primera cuota, llevándose a la pequeña y dejando un silencio antinatural en la casa.

Apolonia y Juan Pantaleón enterraron a su hija con el alma rota. El hombre de la sierra, incapaz de lidiar con el vacío, se refugió en sus herramientas. Esta vez no cortaba cuero ni remendaba trajes; sus manos curtidas tallaban madera pesada. Estaba construyendo, con la devoción y la desesperación de un padre destrozado, una gran cruz para coronar la humilde tumba de su niña.

Pero el luto es un huésped pesado y traicionero, el destino había preparado una ironía macabra para asestar su golpe final.

A principios de abril de ese mismo año trágico, mientras Juan Pantaleón trabajaba de sol a sol en aquella estructura, la tragedia se consumó. En un instante fatal en medio del taller, la pesada cruz de madera que él mismo había ensamblado con tanto esmero cedió, cayendo con toda su fuerza sobre el cuerpo del artesano. El 2 de abril de 1941, aplastado de manera fulminante por el mismo madero que debía honrar la memoria de su hija, Juan Pantaleón Jaramillo exhaló su último aliento, dejando sus oficios a medias y una promesa de hogar quebrada.

Julio Alfredo, con apenas cinco años, observaba todo desde el umbral de la puerta. Era muy pequeño para comprender la inmensidad de la palabra "muerte", pero lo suficientemente listo para entender que el olor a madera, a cuero curtido y betún de su padre pronto desaparecería de la casa para siempre.

De la noche a la mañana, Apolonia se encontró viuda, vestida de negro profundo, en una ciudad implacable. Ya no había un marido que trajera el sustento, ni una hija a la que arrullar. Solo estaban ella, Pepe, el pequeño Julio, y el eco vacío del taller con aquella cruz inacabada y manchada. Con los ojos secos de tanto llorar, la mujer de raíces jamaiquinas empacó las herramientas de su difunto esposo, cerró la puerta de la sala y tomó la única decisión posible para una madre en la miseria: sobrevivir. Si tenía que lavar ropa ajena hasta que le sangraran los nudillos, o trabajar como auxiliar en el Hospital Asilo Mann, lo haría. Sus muchachos no se morirían de hambre.

A partir de ese abril negro, la infancia inocente de los hermanos Jaramillo terminó. Y en medio de esa orfandad y ese luto asfixiante, el pequeño Julio comenzaría a buscar, inconscientemente, un refugio para tanto dolor.




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