Capítulo 4: La guitarra clandestina y el escape de la horma
Los años que siguieron a la muerte de Juan Pantaleón fueron de un rigor militar en la casa de los Jaramillo Laurido. Doña Apolonia, convertida en padre y madre, se multiplicó. Consiguió trabajo en el Hospital Asilo Mann y pasaba las horas lavando y planchando para asegurar que a sus hijos no les faltara el bocado. Pero con la viudez, su carácter se endureció; el miedo a la pobreza extrema la volvió implacable.
Para ella, el único futuro seguro y honorable para Pepe y Julio era continuar el legado de su padre. Por eso, a regañadientes, los matriculó en la Sociedad Filantrópica del Guayas. La orden era clara: debían aprender el oficio de zapateros.
Para Julio, que entraba en la efervescencia de la adolescencia, el taller de la escuela era una prisión. El olor a pegamento, a badana y a suela de caucho le traía el recuerdo difuso del hombre que había muerto cuando él tenía cinco años, pero las leznas y las hormas de madera le pesaban en las manos. Su espíritu no estaba hecho para el encierro, ni para el silencio disciplinado de los artesanos. Su espíritu le pertenecía a la calle.
Fue en esos callejones del centro-sur, esquivando la mirada vigilante de Apolonia, donde la verdadera vocación lo asaltó. El primero en caer bajo el hechizo fue su hermano Pepe, quien empezó a juntarse con los "lagarteros", aquellos músicos de alquiler que rondaban las esquinas y cantinas esperando que algún enamorado o despechado les pagara por una serenata.
Julio, siempre siguiendo los pasos de su hermano mayor, descubrió pronto el rincón de Ignacio Toapanta, un vecino que tocaba el piano y la guitarra. Fue Toapanta quien le permitió a Julio sentir por primera vez la madera vibrar entre sus manos. Mientras debería haber estado en la Filantrópica clavando suelas, Julio se escapaba para aprender a afinar, a colocar los dedos sobre los trastes y a rasguear los primeros pasillos.
Cuando doña Apolonia descubrió la primera guitarra escondida en la casa, ardió Troya. Para la viuda, la música no era arte; era el camino directo a las cantinas, al vicio, al alcoholismo y a la ruina. Las discusiones se volvieron el pan de cada día. Apolonia le gritaba que de las canciones no se comía, que los músicos terminaban tirados en las cunetas. Julio, con esa terquedad que lo acompañaría hasta la tumba, escuchaba en silencio, pero con una determinación inquebrantable ardiendo en los ojos.
La calle lo llamaba con fuerza. Empezó a faltar a la escuela de manera definitiva. Cambió los talleres y las herramientas por las madrugadas guayaquileñas, el humo de cigarrillo y el olor a aguardiente barato de las fondas. Aún no era el gran solista, apenas hacía voces y acompañaba a su hermano o a otros lagarteros de la zona, pero su voz, esa voz aguda, cálida y cargada de una melancolía que parecía contener todo el luto de su infancia, empezó a llamar la atención de los noctámbulos.
La ruptura con el destino que su madre le había trazado era total. Julio Jaramillo habíaabandonado la horma del zapatero para abrazar la guitarra, sin saber que, alhacerlo, estaba firmando también su primera sentencia hacia una vida de lucescegadoras y sombras muy profundas.