A mediados de los años cincuenta, Guayaquil no solo olía a cacao y ría, sino también a ondas radiales. La radio era la reina absoluta del entretenimiento y los auditorios de emisoras como Radio Cóndor y Radio Ortiz eran los templos donde se consagraban los ídolos.
Julio rondaba esos pasillos como un fantasma flaco y tenaz. Con su guitarra al hombro, esperaba por horas en las afueras de los estudios, mendigando una oportunidad para pararse frente a un micrófono. Su hermano Pepe ya había logrado abrirse cierto camino, pero Julio aún era visto como un muchacho inexperto, un muchacho de voz aguda que, aunque afinaba bien, le faltaba el peso de los consagrados.
Sin embargo, el destino tiene formas caprichosas de abrir las puertas. Fresia Saavedra, quien para entonces ya era una figura respetada del pentagrama nacional y a quien llamaban "La Señora del Pasillo", necesitaba una voz masculina para hacer dúo en una grabación. Fresia, con un oído educado para detectar el talento en bruto, notó a ese jovencito de diecinueve años que rondaba la emisora. Había en la voz de Julio un desgarro natural, una tristeza añeja que no correspondía a su edad, pero que encajaba perfectamente con el dolor del pasillo ecuatoriano.
En 1955, Julio Jaramillo cruzó por primera vez las puertas de un estudio de grabación para acompañar a Fresia. Y como si el universo tuviera un sentido irónico del humor, la canción elegida para que el hijo rebelde de doña Apolonia dejara su primera marca en el acetato fue un pasillo titulado "Pobre mi madre querida".
Cuando la aguja cortó el vinilo, la historia de la música latinoamericana cambió para siempre, aunque en ese pequeño estudio guayaquileño nadie lo supiera aún. Julio grabó su parte con una intensidad que dejó a los técnicos en silencio. No cantaba con técnica refinada, cantaba con las entrañas, con el luto de su infancia y con la urgencia de quien no tiene nada más que perder.
Días después, el milagro eléctrico ocurrió. En la modesta casa de caña del barrio sur, doña Apolonia lavaba ropa ajena contra la piedra de lavar. En la casa de una vecina, una radio a transistores sonaba a todo volumen para espantar el calor de la tarde. De pronto, entre las estáticas y los anuncios comerciales, sonaron los acordes de una guitarra y una voz se elevó por los aires.
Apolonia detuvo sus manos enjabonadas. El corazón le dio un vuelco. No necesitaba que el locutor anunciara el nombre del cantante. Una madre conoce el llanto de su hijo desde el primer día, y esa voz que salía de la caja de madera y alambres era, sin lugar a dudas, la de su muchacho.
Allí, con las manosempapadas, Apolonia sintió que una mezcla de orgullo aterrador y resignación lainvadía. Comprendió, con la sabiduría amarga de las madres, que había perdidola batalla. Julio ya no le pertenecía a ella, ni al taller de zapatos, nisiquiera a su casa de caña. A partir de ese primer surco de vinilo, su hijo lepertenecía al viento, a la noche y a las multitudes.