El éxito de aquella primera grabación con Fresia Saavedra no fue un espejismo, fue apenas la primera chispa de un incendio forestal que nadie en Guayaquil pudo prever. Para 1956, el nombre de Julio Jaramillo ya no era un murmullo en los pasillos de las radios; era un rugido que corría de boca en boca por las cantinas del Barrio Cuba y los salones de baile del centro. Pero el verdadero terremoto, el que cambiaría el eje de su destino, ocurrió cuando su voz se encontró con las cuerdas mágicas del requinto de Rosalino Quintero.
Rosalino no era solo un músico; era un arquitecto del sonido. Cuando se sentaron por primera vez en los modestos estudios de Discos Ónix, hubo una química inmediata. Julio traía el sentimiento crudo y el dolor de la calle; Rosalino traía la elegancia y ese punteo de guitarra que parecía llorar junto al cantante.
La primera gran explosión fue el vals peruano "Fatalidad". Desde el primer día que el disco salió a la calle, las vitrolas y rocolas del puerto no dejaron de girar. La demanda fue tan salvaje que las fábricas de acetato en Guayaquil no daban abasto; los discos se vendían como pan caliente en las aceras, en los mercados y en las puertas de los teatros. Julio, con apenas 21 años, empezó a ver cómo su rostro aparecía en los diarios y cómo los empresarios se peleaban por una hora de su tiempo.
Pero el destino le tenía reservada la inmortalidad un año después, en 1957. Un día, llegó a sus manos la letra de un bolero puertorriqueño escrito por Benito de Jesús. Rosalino Quintero, con una intuición de genio, decidió que no sería un bolero tradicional. Le cambió el ritmo, le dio ese aire de "bolero-moruno" con un punteo de requinto que se clava en el pecho, y dejó que la voz lastimera de Julio hiciera el resto.
Cuando "Nuestro Juramento" sonó por primera vez en la radio, el país entero se paralizó. Ya no era solo Guayaquil; desde los páramos fríos de la Sierra hasta las costas del Pacífico, el Ecuador entero lloraba con la promesa de aquel amor que juraba seguir amando incluso después de la muerte. Julio dejó de ser un simple cantante para convertirse en un fenómeno de masas, en el "Ruiseñor" que todos querían abrazar.
Con la fama, llegó el dinero. Billetes que Julio jamás había imaginado ver juntos. De un día para otro, el muchacho que usaba zapatos remendados por la pobreza empezó a vestir trajes a la medida, a comprar guitarras de maderas finas y a invitar rondas enteras de aguardiente a sus amigos en las madrugadas guayaquileñas.
En la casa del barrio sur, doña Apolonia observaba el cambio con el corazón dividido. Julio llegaba a veces al amanecer, eufórico, y le dejaba fajos de billetes sobre la mesa de madera para que ya no tuviera que lavar ropa ajena nunca más. Pero junto al dinero, dejaba también en la sala un rastro de olor a tabaco negro, a licor barato y a perfumes de mujeres que Apolonia no conocía. El hijo amoroso seguía ahí, pero estaba siendo devorado rápidamente por la criatura de la noche que él mismo había creado.
El punto de no retorno llegó a finales de 1957. El éxito de "Nuestro Juramento" cruzó las fronteras como una marea imparable. Los empresarios de Colombia y Perú lo exigían en sus teatros. Había llegado el momento de que el Ruiseñor dejara el nido.
Una tarde nublada de diciembre, Julio empacó un par de trajes elegantes y su guitarra en una maleta de cuero. En la puerta de la modesta casa, doña Apolonia le dio la bendición, trazando la señal de la cruz sobre la frente de su muchacho. No hubo muchas palabras. Mientras Julio caminaba hacia el auto que lo llevaría al aeropuerto, Apolonia se quedó de pie en el umbral, sabiendo en lo más profundo de su ser que aquel joven rebelde que alguna vez huyó de la escuela de zapateros, no volvería a ser totalmente suyo.
Había nacido la leyenda, y con ella, empezaba el largo camino del exilio, gloria y el dolor que marcarían el resto de sus días.