Madera y Salitre: Gloria y Tragedia del Ruiseñor de América

Capítulo 8: Las luces de México y el imperio de las Sombras

La Ciudad de México en 1960 no era simplemente una capital; era la meca de los sueños en blanco y negro, el lugar donde se fabricaban los ídolos que luego toda América Latina adoraba. Cuando Julio Jaramillo aterrizó en el antiguo aeropuerto central, no era un desconocido, pero tampoco imaginaba que esa ciudad de concreto y volcanes se convertiría en su mayor triunfo y, a la vez, en su jaula de oro.

Julio entró a los estudios de la legendaria disquera Peerless con la humildad del zapatero que aún recordaba el olor a badana, pero con la seguridad del hombre que sabía que su voz era un don divino. Allí, rodeado de micrófonos de plata y técnicos que habían grabado a los más grandes, el "Ruiseñor" comenzó a tejer su inmortalidad.

Las sesiones de grabación eran maratónicas. Julio podía grabar diez temas en una sola noche, sin que su voz flaqueara, asombrando a los directores musicales mexicanos que no comprendían de dónde sacaba ese "llanto" natural. Fue en una de esas madrugadas, entre el humo de los cigarrillos Delicados y el aroma a café de olla, donde nació el milagro de "Sombras".

Rosalino Quintero, su sombra fiel, ajustó el requinto con un ritmo de bolero-moruno que parecía galopar. Julio cerró los ojos, visualizó quizás el rostro de su madre o el de alguna de las tantas mujeres que ya empezaban a poblar su pasado, y soltó los versos que paralizarían al continente:

"Quisiera abrir lentamente mis venas, mi sangre toda verterla a tus pies..."

No era solo una canción; era una confesión visceral. En México, esa interpretación lo elevó al altar de los inmortales junto a Javier Solís y Pedro Infante. Julio ya no caminaba por las calles; lo llevaban en hombros. Pero mientras las radios de la XEW lanzaban su voz a todo el hemisferio, el hombre detrás del ídolo empezaba a fragmentarse.

México también le ofreció a Julio el cáliz de la bohemia extrema. La Plaza Garibaldi se convirtió en su segundo hogar. Allí, entre mariachis y tequilas, Julio se sentía rey. Invitaba rondas enteras a desconocidos, regalaba billetes a los músicos callejeros y se perdía en noches que terminaban cuando el sol ya quemaba el asfalto.

Sin embargo, en medio de la euforia, el cuerpo empezó a enviar sus primeros telegramas de auxilio. Un dolor sordo en el costado derecho, una fatiga que no se iba ni con el mejor descanso y esos ojos que, a veces, reflejaban un tono amarillento que el maquillaje de la televisión intentaba ocultar. Pero Julio, fiel a su terquedad, se reía de la muerte. Si el hígado protestaba, él respondía con otra canción y otro brindis. Sentía que el éxito era una hoguera que debía alimentar sin descanso, por miedo a que el frío de la pobreza de su infancia volviera a alcanzarlo.

A pesar de la opulencia de sus trajes de seda y los autos elegantes, Julio seguía manteniendo una línea de vida directa con Guayaquil. Cada mes, doña Apolonia recibía no solo el dinero, sino también los recortes de periódicos que hablaban de su hijo como el "Rey del Bolero".

Pero Apolonia no se dejaba engañar por el brillo. En las cartas que le enviaba, sus palabras eran como ungüento sobre una herida:

—Julito, hijo mío, el oro brilla pero no calienta el alma. Escucho tus canciones y oigo que tu voz está más triste que cuando te fuiste. Cuida ese cuerpo que Dios te dio, porque las luces de México son hermosas, pero ciegan a los que caminan solos.

Apolonia sabía lo que Julio callaba: que las "esposas" y los compromisos legales en Ecuador ya eran una montaña difícil de escalar. Las demandas por alimentos de sus primeros hijos y los reclamos de María Eudocia Rivera hacían que Julio sintiera que su propia patria se volvía un terreno minado. México era su refugio, pero también el lugar donde empezó a comprender que el éxito internacional era un camino de ida, del cual el retorno sería cada vez más amargo.

En este periodo, Julio ya no solo amaba en Guayaquil o Lima. En México, su fama de seductor creció a la par de su discografía. Mujeres de la alta sociedad, actrices y admiradoras se disputaban su atención. Julio se entregaba a todas con la misma pasión con la que grababa un pasillo, dejando un rastro de corazones rotos y promesas incumplidas.

Su vida era unapelícula de cine negro: éxito total de día, soledad y excesos de noche. Había cambiado la horma del zapatero por la guitarra, pero ahora la guitarra parecía pesarle más que cualquier herramienta de hierro.




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