Madera y Salitre: Gloria y Tragedia del Ruiseñor de América

Capítulo 9: El precio del auto destierro y el silencio del puerto

Para mediados de los años sesenta, Julio Jaramillo era un nombre que pertenecía más al continente que a su propia patria. Sin embargo, mientras en Venezuela y México lo trataban como a un monarca, en Ecuador el panorama se oscurecía. Este capítulo marca el cierre de su etapa de mayor gloria internacional, empañada por la amargura de no poder volver a pisar el suelo que tanto le cantaba.

La "leyenda negra" de sus múltiples compromisos sentimentales finalmente le pasó la factura. Las demandas por pensiones alimenticias de sus diversos hogares en Ecuador se acumularon hasta convertirse en una montaña de expedientes legales. Para Julio, regresar a Guayaquil ya no significaba solo abrazar a doña Apolonia; significaba enfrentar una posible orden de captura en la misma escalerilla del avión.

Este fue el inicio de su autoexilio. Julio se vio obligado a mirar su país a través de los mapas y a escucharlo a través de las cartas de su madre. La impotencia de ser el "Ruiseñor de América" y no poder volar de regreso a su nido empezó a corroer su ánimo. Se sentía un extraño en tierras ajenas, un hombre que tenía las llaves de todos los teatros del mundo, pero que había perdido la llave de su propia casa.

Fue en este periodo de exilio en Venezuela donde la salud de Julio dio los avisos más graves. Sin el ancla de su familia cercana y con el peso de la nostalgia, se refugió aún más en las noches de Caracas. Las grabaciones continuaban, pero su voz empezaba a adquirir un matiz de cansancio, una pátina de humo y licor que, aunque lo hacía sonar más humano y desgarrado, preocupaba a sus amigos más cercanos.

Grababa canciones que sonaban a despedida anticipada. Ya no canta solo al amor, sino al olvido y a la muerte. El éxito seguía ahí, pero el brillo se estaba volviendo opaco.

Desde la calle Villavicencio, doña Apolonia sentía el vacío de los años. Los giros de dinero seguían llegando, puntuales como un reloj, pero ella habría cambiado cada fajo de billetes por una tarde de café con su hijo. En sus oraciones, ya no pedía por su éxito, sino por su libertad y su salud.

—Hijo mío —le decía en una cinta magnetofónica que le envió—, el mundo te aplaude porque no conoce tus cicatrices. Regresa cuando puedas, que aquí tu cama sigue tendida y tu madre te espera con el perdón en los ojos.

Esa grabación, escuchada por Julio en la soledad de un hotel en Caracas, fue el golpe final. Julio Jaramillo estaba en la cúspide de su carrera, pero atrapado en un laberinto de soledad, deudas y una salud que empezaba a apagarse.




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