Madera y Salitre: Gloria y Tragedia del Ruiseñor de América

Capítulo 11: El retorno del hijo pródigo y el último abrazo

El avión de Ecuatoriana de Aviación rompió la densa capa de nubes que siempre parece proteger al Golfo de Guayaquil. A través de la pequeña ventanilla, Julio Alfredo Jaramillo observó el río Guayas, esa vena de agua color chocolate que serpenteaba con la misma parsimonia de su infancia. A su lado, Nancy Arroyo le apretó la mano con fuerza; ella podía sentir el pulso acelerado del hombre que había conquistado imperios con su voz, pero que ahora, ante la visión de su propio puerto, se sentía tan frágil como un cristal al borde de una mesa.

Cuando la puerta de la aeronave se abrió en el aeropuerto Simón Bolívar, el calor sofocante y húmedo del trópico lo golpeó de frente, como un abrazo largamente esperado. Pero no fue el clima lo que lo dejó sin aliento, sino el rugido humano. Miles de guayaquileños habían roto los cercos de seguridad, trepándose a las terrazas y ocupando la pista. Los "lagarteros", sus hermanos de cuerda y bohemia, alzaban sus guitarras como espadas al sol. El pueblo no había olvidado a su Ruiseñor; lo habían guardado en el pecho durante casi veinte años de ausencia, escándalos y éxitos lejanos.

Julio bajó la escalerilla con pasos que ya no tenían la ligereza de la juventud. Su rostro, esculpido por las noches de México y las madrugadas de Caracas, reflejaba una sonrisa que era mitad triunfo y mitad súplica de perdón. Los flashes de las cámaras lo cegaban, pero sus ojos buscaban algo más allá de la fama: buscaban la paz que solo el suelo natal puede otorgar.

El trayecto hacia el Barrio Sur fue una procesión de fe. El carro apenas podía avanzar entre la multitud que quería tocarle la ropa, como si Julio fuera un santo que repartiera milagros en forma de canciones. Pero el ruido del mundo se detuvo en seco cuando el vehículo se estacionó frente a la modesta casa donde todo había empezado. Allí, en el umbral, estaba ella.

Doña Apolonia parecía haberse vuelto más pequeña con los años, una figura menuda de cabellos blancos que sostenía el peso de la historia sobre sus hombros. Julio caminó hacia ella, ignorando a los periodistas y a los curiosos que lo rodeaban. Se arrodilló sobre el pavimento caliente, justo ahí, donde el salitre de la ría se mezcla con el polvo de la calle, y escondió el rostro en el regazo de su madre.

—Ya estoy aquí, mamá. He vuelto por fin —susurró Julio con la voz quebrada.

—Has tardado mucho, Julito, pero mi oración nunca te soltó —respondió Apolonia, acariciándole la frente con esas manos que olían a jabón y a una vida de sacrificios.

Nancy Arroyo observaba la escena desde el auto, comprendiendo en ese instante que Julio no había regresado solo por su carrera o por el aplauso; había vuelto para cerrar el ciclo de la madera y el salitre en el único lugar donde todavía podía ser simplemente "Julito".

A pesar de la euforia del retorno, la sombra lo seguía de cerca. Julio intentó retomar su vida en el puerto. Volvió a las cabinas de las radios locales, donde su sola presencia paralizaba el tráfico, y se presentó en peñas donde la gente lloraba antes de que él soltara la primera nota. Pero su cuerpo era un mapa de advertencias. La cirrosis, ese enemigo silencioso que había alimentado con cada brindis en el exilio, empezaba a cobrarle la factura definitiva.

Nancy se convirtió en su fortaleza y su enfermera. Ella era quien controlaba las visitas, quien le recordaba las medicinas y quien intentaba, en vano, que el Ruiseñor guardara el reposo que su hígado exigía. Pero Julio era un ave de fuego; si no cantaba, sentía que se apagaba.

—Si me quitan el escenario, Nancy, me quitan el aire —decía él, mientras se preparaba para una de sus últimas actuaciones en Guayaquil, ocultando con maquillaje el tono amarillento que empezaba a invadir su mirada.

Julio sentado en elMalecón al atardecer, mirando las barcazas cruzar el río Guayas. Siente el pesode la lezna de su padre en el recuerdo y el eco de las canciones de su hermanoPepe en el viento. Ha vuelto a su hogar. Pero sabe, por el dolor sordo en sucostado y la fatiga que ya no lo abandona, que la función está por terminar yque la próxima vez que el pueblo se reúna por él, ya no será para pedirle otracanción, sino para darle el último adiós.




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