Madre Por contrato De las hijas del Ceo Frio..

CAPÍTULO 2

Cristóbal

—Pues lamento mucho darte esta noticia, pero estás despedida. Está claro que cometiste un error, uno muy delicado. Aquí los niños deben tratarse con delicadeza, con sumo cuidado y usted cometió su peor error, licenciada.

Ella negó lentamente, bajó la mirada, y noté una lágrima deslizarse por su mejilla. Luego me miró con frialdad. Pero así eran las cosas en el trabajo. Nada debía volvernos débiles. Si cometes un error, estás fuera. Y yo era así. Mi legado tenía que continuar.

Las personas no eran juguetes. Eran vidas que necesitaban cuidado y más aún si se trataba de niños.

La enfermera me observó en silencio y caminó hacia la puerta, pero la detuve en seco. No sabía qué demonios me pasaba, quizá era una estupidez. O quizá mi padre tenía la culpa.

—Podemos hacer un trato, si usted quiere. Tal vez pueda conseguirle otro trabajo. Está a punto de perder su licencia como enfermera, porque lo que ocurrió, esa madre no lo dejará pasar. Y yo no puedo remediarlo.

—¿A qué se refiere? ¿Puede explicarme? ¿Cree que esto es un juego? ¿Una burla?

—Aquí está mi tarjeta. Piénselo. Si desea un nuevo trabajo, no dudaré en dárselo. Pero por ahora no podrá seguir trabajando como enfermera. Perdiste tu licencia y solo yo podría ayudarte. Aun así, puedo ofrecerte algo mucho mejor. Ganarás más de lo que imaginas.

Le ofrecí la tarjeta.

Ella apenas sonrió, arqueando una ceja. Era una sonrisa cargada de burla. Negó con la cabeza y siguió caminando, pero se detuvo en la puerta.

—No volveré a cruzarme en su camino. Jamás. Tampoco pienso rogarle por trabajo. No importa si pierdo mi licencia, sé muy bien que no cometí nada. Y, sinceramente, no pensé que usted fuera el dueño de este hospital. No lo parece, por su actitud tan déspota y frívola. Espero que investigue bien quién cometió el error antes de juzgarme.

Dicho eso, salió de la oficina.

Solté un suspiro pesado y tomé sus papeles.

Quién lo diría eh.

¿Y si ella no era la culpable de que esa niña casi perdiera la vida por una alergia? ¿Entonces quien lo fue?
Necesito averiguarlo cuanto antes.

***

Al finalizar la jornada laboral, me quité la bata y la dejé sobre el perchero de la oficina. Llevo apenas unas semanas en qué vine al país y lo primero es precienciar la mala práctica de varios médicos y enfermeras.

Me dirigí a mi Audi y subí. Mientras manejaba, mi móvil sonaba una y otra vez. Sabía perfectamente quién era, pero en ese momento lo único que me importaba era llegar a casa.

Antes, pasé por una heladería. Compré dos botes de helado: uno de menta con vainilla y otro de chocolate con menta. También tomé algunos panecillos dulces bajos en calorías.

Luego regresé al auto y conduje hasta mi residencia.

Al llegar, estacioné el coche, le entregué la llave al guardia de seguridad y entré con prisa.

En ese instante, la alegría de mis hijas llenó el ambiente.

Corrieron hacia mí y me abrazaron con fuerza y en ese momento me sentí el hombre más feliz del mundo.

—¡Papito, ya estás en casa! ¿Qué nos trajiste? —dijeron ambas al unísono.

Me puse en cuclillas y les mostré el helado y los panecillos.

—Papá les trajo lo que siempre les gusta. Pero recuerden, no hay que abusar.

—¡Sí, papito! No vamos a abusar. ¡vamos a buscar a Sofía para que coma con nosotras!

Salieron corriendo emocionadas.

Una de las criadas se llevó los helados y los panecillos. Judith se acercó y tomó mi maletín.

—Cristóbal, ¿quieres que te prepare algo de comer? ¿Algún té?

—Gracias, Judith. Llévalo a mi despacho, por favor. Necesito hacer unas llamadas.

—También te preparé la mermelada que te gusta. Te la llevaré.

Asentí y entré al despacho.

Me senté y observé varias llamadas perdidas de mi padre.

Bufé con frustración.

Nunca se cansaba de fastidiarme.

Le devolví la llamada, y al primer tono respondió.

—Necesito que traigas tu trasero ahora mismo a la empresa. Tenemos una reunión importante, y sabes muy bien a qué me refiero, hijo.

—Padre, por favor, déjame en paz. Acabo de salir del hospital y estoy cansado. Ya te dejé claro que no aceptaré esa alianza ni esa boda por contrato.

—Debes pensarlo muy bien. Te lo he dejado claro: eres un hombre que debe contraer matrimonio. Ni siquiera quieres presentarme a la madre de tus hijas, si es que realmente existe. Recuerda que puedes perder toda la herencia de tu madre y de tus abuelos.

—Ya te dije que esta vez no te haré caso. Cancela esa reunión y adiós.

—Cristóbal… lo haré cuando me presentes a la madre de las gemelas. Y recuerda: perderás el hospital si no cumples.

Colgué la llamada con enojo.

—¿Pero qué demonios le pasa? —murmuré entre dientes—. ¿Por qué mi padre no entiende que no deseo casarme solo para presentar a una mujer ante la familia de mi madre y así poder heredar lo que me pertenece?

No lograba comprender por qué le mentí, diciendo que estaba con la madre de las gemelas, cuando todo es una maldita mentira. Y lo peor de todo, podría perder la custodia de mis hijas. Eso no lo iba a permitir. Jamás.

Tampoco iba a permitir que me arrebataran el hospital que tanto esfuerzo me ha costado levantar. Desde que mamá falleció, lo único que he hecho es trabajar sin descanso para sacar adelante la red de hospitales que dejó como herencia. Desde los dieciséis años me preparé, estudié en la universidad más prestigiosa de medicina, todo para cumplir con las expectativas de mis padres.

Siempre he sido un hombre decidido, pero ellos nunca han dejado de intentar controlar mi vida.

Quise ser feliz con la mujer que amaba y tampoco se pudo.

Ahora, lo único que me importa son mis hijas. Ellas son mi todo. Pero incluso por ellas, tengo que pensar con la cabeza fría: no puedo perder el hospital, ni las clínicas y mucho menos verme obligado a casarme sin amor con una mujer que no sería suficiente para ellas. Lo peor es qué mi padre desea qué yo maneje la empresa de automóviles.




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