Madre Por contrato De las hijas del Ceo Frio..

CAPÍTULO 3

Kariza

No paraba de llorar. Mi cuerpo temblaba y mi vida se sentía miserable. No sabía qué hacer. Me había quedado sin trabajo por un maldito error que no cometí, y para colmo, aquel imbécil se encargó de hacerme sentir de lo peor.

¿Qué iba a hacer ahora con mi abuelita?
¿Dónde encontraría otro trabajo?
¿De dónde sacaría dinero para salir adelante?

Solo me quedaba un cheque que, con suerte, me alcanzaría para unos meses… nada más.

Y lo peor de todo era la forma en la que me humilló, diciéndome que podía “conseguirme un trabajo”.
¿A qué se refería?
¿De qué demonios estaba hablando?

—¿No vas a ir al trabajo? —preguntó mi abuela Sandra.

Rápidamente me limpié las lágrimas para que no me viera así. Me acerqué a ella y le di un beso en la frente mientras terminaba de servirle su atol de avena con enrollados de canela.

—Abuelita, por ahora no. Estoy de vacaciones —mentí con suavidad—. Así podemos pasar una semana juntas. Iremos a comprar cosas para la despensa. ¿Quieres ir a algún lugar en especial?

—Sí, me gustaría ir al cementerio, para visitar a tu abuelo y a tú madre. Luego podemos ir a otro lugar —respondió con una leve sonrisa.

Asentí, tragando saliva. Recordar a mi abuelo y a mamá siempre me llenaba de tristeza.

—Claro, iremos a donde tú quieras. Pero primero desayuna, porque vamos a salir temprano.

Mi abuelita asintió. Se acomodó en su silla, oró en silencio y luego empezó a comer con tranquilidad.

La observé unos segundos antes de retirarme a mi habitación.

En cuanto cerré la puerta, me derrumbé otra vez. Empecé a llorar sin saber qué hacer. Sentía que todo se me venía encima.

Sin trabajo y sin saber qué hacer.

De pronto, mi teléfono comenzó a sonar.

Lo tomé y, al ver la pantalla, fruncí el ceño.

Lucas.

—¿Y este estúpido qué quiere ahora…? —murmuré.

Ni siquiera contesté.

Suspiré, me levanté y me miré en el espejo. Con manos temblorosas, me arreglé un poco y me puse algo de maquillaje para disimular el llanto.

—Esto es solo un mal momento —me dije a mí misma—. Voy a salir adelante. Voy a conseguir otro trabajo.

Respiré hondo.

—Mi abuela va a estar bien, tendremos comida, ella tendrá su tratamiento y todo va a estar bien.

Aunque, en el fondo, no estaba tan segura.

***

Llegamos al cementerio. Mi abuela colocó flores sobre la tumba de mi abuelo y la de mi madre. Yo solté un suspiro pesado mientras limpiaba las lágrimas que no dejaban de brotar. Los recuerdos golpeaban con fuerza, un pasado doloroso que parecía no dar tregua.

Pero ¿qué podíamos hacer? Solo nos quedaba seguir adelante.

Lo que más me inquietaba era no saber qué haría a partir de ahora.

—Cada paso que des, no te sientas triste al salir de casa —murmuró mi abuela con dulzura—. Recuerda que ella siempre estará contigo.

La abracé con fuerza.

—Sí, abuela, lo sé. Mamá está conmigo y también contigo. Al igual que el abuelo.

Ella sonrió levemente y acarició mi cabello.

—Si sientes que todo se vuelve difícil, no te desesperes, hija. La vida a veces pesa, pero nada es imposible. Recuerda lo que dice la Biblia: todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Aférrate a eso cuando te sientas débil.

Asentí, tratando de tranquilizarme.

—Lo haré, abuela, sin duda alguna.

Guardé silencio unos segundos antes de hablar de nuevo.

—¿Qué tal si ahora me dices a dónde quieres ir?

Ella me entregó un papel con una dirección. Fruncí el ceño al leerla.

—Abuela, esto es un asilo.

Ella no respondió de inmediato. Bajó la mirada, como si reuniera fuerzas, y luego habló con una calma que me heló el corazón.

—Sí, mi niña, quiero ir ahí.

La miré, sin poder creerlo.

—¿Qué estás diciendo? No… no puedes hablar en serio.

—Anoche te escuché llorar —continuó—. Sé que te despidieron del hospital y me duele, porque sé que estás cargando con demasiado.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Cómo… cómo escuchaste eso?

—Tu abuela está vieja, cariño, pero no sorda —respondió con una leve sonrisa triste—. Además, tampoco he olvidado lo que dijo el médico. Mi enfermedad no va a mejorar.

Negué de inmediato.

—No digas eso.

—Tengo Alzheimer, hija —dijo con suavidad, pero firme—. Y sé lo que eso significa. No puedes estar pendiente de mí todo el tiempo, ni gastar en personas que no hacen bien su trabajo. Tampoco quiero que sigas molestando a la vecina para que me cuide. El Alzheimer esta avanzando y no quiero ser una carga demasiado pesada para ti.

—¡No eres una carga! —exclamé, sintiendo cómo la desesperación me rompía por dentro—. ¿Por qué dices eso?

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

Ella llevó su mano a mi mejilla y limpió mi llanto con ternura.

—Porque te amo —susurró—. Y me duele verte así. Estoy cansada, mi niña y quiero estar tranquila. Pero también quiero que tú lo estés.

Negué una y otra vez.

—No… no puedes hacer esto yo quiero estar contigo.

—Y lo estarás —respondió—. Pero de otra manera. En ese asilo estaré cuidada. Solo tendrás que pagar la mensualidad y yo también ayudaré. Puedo tejer, hacer gorritos, algo sencillo para no sentir que dependo completamente de ti.

—Nunca fue mi intención dejarte ahí —dije entre sollozos.

—Lo sé —sonrió con tristeza—. Por eso tomé la decisión yo misma.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué… qué quieres decir?

—Ya me inscribí —confesó con calma—. Solo falta completar el pago.

Me quedé paralizada.

—¿Por qué hiciste eso sin preguntarme?

—Porque sé que no habrías aceptado —respondió—. Y no quiero que te detengas por mí. Eres joven, tienes toda una vida por delante. Mereces trabajar, salir adelante, ser feliz. Casarte algún día qué es lo qué le pido al cielo antes de morir.

—Pero mi felicidad eres tú… —susurré rota —No deseo casarme tampoco.




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