Kariza
Evidentemente, fui una villana en el pasado, porque no encuentro otra explicación para que todo me esté saliendo tan mal.
Nadie quiere contratarme como enfermera. Y claro, el idiota del CEO del hospital se encargó de hacer bien su trabajo. Arruinar mi licencia de enfermera pediátrica. Qué eficiente el muy desgraciado.
Caminé sin rumbo, apretando los puños, imaginando lo satisfactorio que sería golpear esa cara perfecta, ojos grises, mirada fría y corazón inexistente.
—Imbécil… —murmuré.
Terminé sentándome en un viejo balancín. Me mecí suavemente mientras desenvolvía un helado. Lo compré sin pensar, como si el azúcar pudiera arreglar mi vida, obviamente, no lo hace.
Mientras lo comía, pensé en mi abuela. La había llamado esta mañana. Dijo que estaba bien y feliz incluso. Y luego colgó.
Sí, claro. Feliz. Seguro.
Miré el cielo; el calor era insoportable, estábamos en verano y con tantas cosas, sentía que se me iba subir la presión.
—¿Dónde más puedo buscar trabajo? —susurré—. ¿O mejor pregunto directamente dónde venden vidas nuevas? Tal vez de esa manera, nazca siendo rica, hija de un gran magnate o tal vez la hija del Rey.
¡Pero que locuras! El calor me esta dejando mal.
Terminé el helado y me levanté, caminando sin rumbo. A lo lejos, unos niños jugaban, corrían, gritaban, reían sin preocupaciones.
Suspiré.
—Me hubiera gustado quedarme en esa etapa. ¿Porqué tenemos que crecer y sufrir?
Negué con la cabeza.
—Aunque claro, ya estoy “vieja”. Veinticinco años, prácticamente al borde del colapso —ironizé para mí misma.
Mi abuela siempre decía que apenas estaba floreciendo.
Ajá… floreciendo en la miseria.
No tengo dinero, no tengo trabajo, no tengo casa propia. Apenas una habitación incómoda con una cama que cruje más que mi paciencia. Bendita casera qué me saco del apartamento para meter a su familiar. Y para rematar, el próximo mes debo pagar el asilo.
Qué gran vida la mía.
Aunque, siendo honesta tal vez fue la mejor decisión para ella.
O eso quiero creer.
Mi celular sonó. Era del hospital.
El doctor Lakwood había firmado mi liquidación.
Perfecto. Mi única fuente de ingresos, por ahora.
—Qué emoción —murmuré sin emoción alguna.
Tomé el metro, crucé la calle y respiré hondo antes de entrar al hospital. Varias enfermeras me miraron, otras simplemente me ignoraron.
Yo hice lo mismo.
Me acerqué al asistente del director.
—Vengo por mi liquidación. Quiero hablar con el director.
—Hola, señorita Logan —respondió con una sonrisa demasiado profesional—. En realidad, quien tiene sus documentos es el CEO.
Por supuesto que sí.
—¿El doctor Lakwood?
—Exactamente. Él la espera en su oficina.
—Claro, porque nada en mi vida puede ser fácil.
—Ya sabe, las normas.
—Sí, sí. Las normas, siempre tan oportunas —respondí con una sonrisa falsa.
Caminé hacia su oficina. Respiré profundo.
Esto sería rápido.
O eso esperaba.
Toqué la puerta.
—Adelante.
Entré.
Ahí estaba el medicucho, impecable, con su bata blanca, lentes elegantes y ese aire de superioridad que daban ganas de borrar.
Me indicó que me sentara.
—Sus documentos. Y su liquidación. Firme, pero léalo primero.
—Qué considerado —murmuré.
Tomé el papel y lo revisé.
Y entonces fruncí el ceño.
—Esto es más dinero del que esperaba.
—Le añadí un poco más.
Levanté la mirada, incrédula.
—¿Perdón?
—Escuché que tiene una abuela enferma. Tal vez esto le sirva por unos meses.
Solté una risa seca.
—Vaya, no sabía que también hacía donaciones. Pensé que solo arruinaba carreras por un chismecitos falso sin pruebas.
Sus ojos no cambiaron. Ni un poco.
—Señorita Logan, tengo acceso a sus documentos. Sé que su abuela es su única familia y lo del supuesto "chismecito" si hay pruebas.
—Qué conveniente —respondí, cruzándome de brazos—. ¿También revisa vidas ajenas como pasatiempo o solo cuando quiere jugar a ser buena persona?
—Le recomiendo un poco más de formalidad al dirigirse a mí.
Alcé una ceja, mirándolo fijamente.
—¿Formalidad? Claro. Disculpe, señor “arruiné su vida pero aquí tiene dinero para que no se queje”.
El silencio se volvió pesado.
Pero, sinceramente, me daba igual.
—¿Como lograste tener una licenciatura? No respetas a tus superiores.
—¿Por qué tendría yo que hablarle con respeto? Ya no trabajo para usted, doctor. Y si hubiera sabido que usted era el dueño aquí, dudo mucho que hubiera venido a quedarme. Lástima que no lo supe, pero bueno, eso ya no importa.
Tomé el lapicero con molestia. Sin pensarlo demasiado, firmé donde él me indicó.
—Aquí está mi firma. Ahora entrégueme mi licencia. La necesito.
El doctor no respondió de inmediato. Solo me observó con detenimiento, como si analizara cada uno de mis gestos.
—No tienes la culpa de lo que pasó —dijo finalmente—, pero la madre de la niña hizo un escándalo, incluso demandó al hospital.
—¿Qué? —fruncí el ceño, sorprendida—. Pero eso no tiene sentido, yo no hice nada.
—Tenemos pruebas, aunque no entiendo cómo aparecieron si usted afirma que no hizo ningun error —añadió, pensativo—. Aun así, mientras esto siga así, no puedes trabajar ni como auxiliar.
Sentí que el mundo se me venía abajo.
—Esto es una locura. Yo jamás cometería un error así, menos con una niña. Usted lo sabe, por favor, no puede dejarme sin trabajo.
Mis manos temblaban.
—Siempre he trabajado desde que salí de la universidad ¿qué voy a hacer ahora?
El doctor sacó otra hoja y me la extendió.
—Trabaja para mí.
Lo miré, confundida.
—Qué de nuevo y aquí.
—Ya le dije que no puedes ejercer por ahora, pero hay otros trabajos y le pagare mucho mejor. Léelo con calma.