Kariza
Volví a leer, asegurándome de no estar entendiendo mal.
"Si acepta, limpiaré su nombre y podrá volver a ejercer como enfermera. Tendrá una mensualidad, vivienda, y tratamiento para su abuela"
Sentí un nudo en la garganta.
—Esto, esto es una locura.
El taxista me miró por el retrovisor, pero no dijo nada.
Un trato absurdo.
"Un sacrificio qué tendrá su recompensa" todavía escribe eso al final.
De verdad que Cristóbal Lackwood estaba loco.
Cerré los ojos un momento.
Porque, aunque quisiera negarlo,
Sabía que no estaba en posición de rechazarlo tan fácilmente.
Arrugué el papel entre mis manos con fuerza, tanta que mis nudillos se tornaron blancos. Estuve a nada de tirarlo por la ventana del auto, de verlo desaparecer como una mala broma, pero no lo hice. Porque, aunque odiara admitirlo, ese papel representaba algo más que una estupidez.
Representaba una opción.
Y eso era lo que más me molestaba.
—Déjeme en un banco —le dije al chofer, tratando de sonar firme, aunque por dentro todo estaba hecho un desastre.
El auto se detuvo y bajé sin esperar respuesta, caminando rápido, como si así pudiera dejar atrás la idea absurda que me perseguía. El banco estaba lleno, como siempre.
Cambié el cheque, observé el dinero unos segundos antes de guardarlo. Separé una parte para mi cuenta, intentando ser “responsable”, como si eso fuera a solucionar algo.
—Esto debería durarme… ¿qué? ¿Unos meses? —murmuré con sarcasmo—. Genial, Kariza, tu futuro es brillante.
Solté una pequeña risa. No porque fuera gracioso, sino porque si no me reía, probablemente terminaría llorando en medio del banco, y eso sí que sería vergonzoso.
Salí de ahí y decidí comprar algunas cosas. Nada extravagante. Unos víveres, medicinas básicas, ropa sencilla para mi abuela y útiles necesarios. Mi mente no paraba de gritar.
"Cristóbal Lackwood"
Ese nombre se me clavaba en la cabeza como un eco molesto.
—Se le zafó un tornillo o todo el cerebro completo —susurré, tomando un paquete de pan sin siquiera mirarlo bien—. ¿Quién propone algo así como si fuera pedir un café?
Negué con la cabeza.
—No pienso hacerlo. No. No. No.
Repetirlo me hacía sentir un poco más en control, aunque en el fondo sabía que la vida no funcionaba con simples negaciones.
Pagando todo, salí rumbo al Asilo de la Esperanza.
Qué nombre tan, optimista para un lugar que, siendo sincera, necesitaba más que esperanza.
Al bajar, forcé una sonrisa. No porque tuviera ganas, sino porque mi abuela merecía verme bien.
—Buenas tardes —saludé, entrando con paso ligero.
Busqué a mi abuela, pero no la vi con las demas ancianas. Fruncí el ceño y me acerqué a la recepción.
—Disculpe, ¿mi abuela Sandra Logan?
La recepcionista levantó la mirada con calma.
—No ha querido salir de la habitación.
Mi estómago se apretó.
—¿Cómo que no ha querido salir?
—Fui a darle una pastilla, pero no quiso moverse.
La preocupación me golpeó de lleno.
—¿Está enferma? ¿Y no me avisaron?
—Ella pidió que no la avisáramos.
Claro. Porque mi abuela era experta en fingir que todo estaba bien.
Sin decir nada más, caminé rápido hasta la habitación. Abrí la puerta sin tocar.
Y ahí estaba, toda frágil.
—Abuela.
Ella giró el rostro lentamente y sonrió.
—Ay, mi niña, viniste tan pronto.
Esa sonrisa que intentaba tranquilizarme incluso cuando claramente no estaba bien.
Me acerqué de inmediato.
—Obviamente vine —respondí, dejando las bolsas a un lado—. Te traje algunas cosas.
Me incliné un poco.
—¿Te sientes mal?
—Un poquito, nada grave.
Claro. Nada grave. Solo se veía pálida como un fantasma.
—¿Por qué no me dijiste? —pregunté, tratando de no sonar molesta—. ¿Te han atendido bien?
Ella asintió suavemente.
—Sí, tranquila.
Miré alrededor y sentí un nudo en la garganta.
Apreté los labios.
—No puedes seguir aquí —dije en voz baja—. Vamos a mi departa...
Pero no logré terminar de hablar. Al recordar que ya no estaba en el apartamento si no en un cuartucho, con una pequeña cama y un baño sin condiciones.
—No me pienso ir.
Suspiré.
—Abuela…
—Ayúdame a levantarme mejor.
No insistí. Sabía que cuando se ponía así, no había discusión que valiera.
La ayudé con cuidado, sosteniéndola con delicadeza. Abri un yogurt, le di unos panecillos sin azúcar
—Come un poco, por favor.
Se veía débil y eso me rompía más de lo que quería admitir.
—Voy a pagar para que te atiendan mejor —añadí—. Ya que no quieres irte, al menos vas a estar bien aquí.
—No te preocupes tanto —respondió—. No se puede todo.
Sonreí.
No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque era lo único que podía hacer.
—Claro que se puede —dije con un toque ligero—. Solo que a veces cuesta un poquito más pero con un buen salario mensual, tu estarás bien.
—¿Conseguiste un buen trabajo?— preguntó emocionada. Y estuve apunto de decirle que no por ahora sin embargo me salio una mentira.
—Si, un buen trabajo, vendré cada fin de semana y traeré frutas frescas, tu tratamiento y todo lo necesario.
Ella asintió con una sonrisa tranquilizadora.
La dejé lo más cómoda posible y salí de la habitación antes de que mis emociones me traicionaran.
Me acerqué a recepción y pagué el extra para mejorar su atención. Médicos y los cuidados necesarios.
—No se preocupe, la atenderemos bien —me afirmo la recepcionista.
Asentí.
Pero no estaba tranquila.
¿Cómo podría estarlo?
Mi abuela estaba ahí, en un lugar que apenas cumplía lo básico y yo con un dinero que no duraría ni seis meses.
Salí del asilo con una sonrisa que no sentía.
—Bueno, Kariza —murmuré, mirando al cielo—, oficialmente estás en problemas.