El hielo tenía un sonido particular cuando nadie más estaba en la pista.
No era exactamente silencio.
Era más bien un murmullo suave, como si la superficie blanca respirara lentamente bajo las luces del complejo deportivo.
Meraki Takahashi estaba acostumbrado a ese sonido.
Había aprendido a reconocer cada crujido, cada raspadura de sus cuchillas contra el hielo pulido. Era un idioma propio, uno que solo existía en las madrugadas cuando el mundo todavía dormía.
Cinco de la mañana.
Siempre llegaba a la misma hora.
No porque alguien se lo exigiera.
Sino porque era el único momento del día en que podía entrenar sin sentir la mirada de los demás.
El complejo estaba casi vacío. Las luces blancas del techo iluminaban la pista con una claridad fría que hacía que todo pareciera más distante.
Meraki deslizó sus patines con precisión.
Un trazo largo.
Otro.
El movimiento era automático. Su cuerpo conocía el hielo como si hubiera nacido sobre él.
Impulso.
Salto.
Giró en el aire.
Tres rotaciones.
Aterrizaje limpio.
No hubo aplausos.
No hubo música.
Solo el eco de sus cuchillas deslizándose.
Así lo prefería.
Meraki respiró lentamente mientras se desplazaba hacia el centro de la pista. El vapor de su respiración se elevó en el aire helado.
Durante un segundo cerró los ojos.
Entonces llegó el recuerdo.
Siempre llegaba.
Un escenario.
La madera del suelo bajo sus pies.
El sonido de un piano afinándose.
El murmullo de un público antes de que se levantara el telón.
Ballet.
Meraki abrió los ojos de golpe.
Su mandíbula se tensó.
Había pasado mucho tiempo desde que dejó ese mundo atrás.
Pero los recuerdos tenían la mala costumbre de aparecer cuando menos los necesitaba.
Flexionó la rodilla izquierda.
El impacto del salto todavía vibraba en su pierna.
No dolía.
No realmente.
Era solo una sensación persistente, como un recordatorio constante de que su cuerpo no era invencible.
Pero el dolor físico era fácil de controlar.
El otro no.
El sonido metálico de una puerta abriéndose rompió el silencio de la pista.
Meraki frunció ligeramente el ceño.
Nadie venía a esa hora.
Se giró lentamente.
Una figura apareció en la entrada.
Era una chica.
Se detuvo en la puerta como si no estuviera segura de si debía entrar. Llevaba una sudadera gris demasiado grande que le llegaba hasta los muslos y un bolso deportivo colgado del hombro.
Su cabello oscuro estaba recogido de manera descuidada, con algunos mechones cayendo sobre su rostro.
Cuando vio a Meraki, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Oh.
Su voz era suave.
—Lo siento.
Su acento era leve, pero claramente extranjero.
Francés, tal vez.
Meraki no respondió.
Simplemente la observó.
La chica dio un paso hacia la pista, todavía dudando.
—Pensé que estaba sola —agregó.
Meraki se encogió ligeramente de hombros.
—El hielo no es mío.
La chica pareció relajarse.
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
—Gracias.
Entró a la pista con cuidado, como si no quisiera interrumpir su entrenamiento.
Meraki pensó que comenzaría a practicar saltos inmediatamente.
Todos los patinadores lo hacían.
Pero ella no.
Dejó el bolso junto a la barandilla.
Se quitó la sudadera.
Debajo llevaba un vestido de entrenamiento sencillo, azul oscuro, con mangas largas.
Durante un momento pareció quedarse quieta, como si estuviera escuchando algo que solo ella podía oír.
Y entonces comenzó a moverse.
Meraki se dio cuenta casi de inmediato.
Eso no era patinaje.
Era danza.
Sus brazos se elevaron con una suavidad natural. Su cuerpo se inclinó ligeramente mientras sus patines dibujaban un círculo perfecto sobre el hielo.
Giró lentamente.
No había prisa en sus movimientos.
No estaba practicando un programa.
No estaba entrenando.
Estaba bailando.
Meraki se quedó inmóvil.
La forma en que extendía las piernas.
La manera en que mantenía la espalda recta.
La fluidez de sus giros.
Había visto esos movimientos antes.
Miles de veces.
Ballet.
Un nudo se formó en su pecho.
La chica terminó el movimiento con una pequeña risa para sí misma.
No sabía que alguien la estaba mirando.
Meraki apartó la mirada.
Debería irse.
Ese tipo de cosas ya no le interesaban.
Pero no lo hizo.
Se quedó donde estaba.
Observando.
Porque por alguna razón que no podía explicar…
algo en su interior se había movido.
Algo que había estado dormido durante años.