Ramé Laurent estaba segura de que había interrumpido el entrenamiento de alguien importante.
No era difícil darse cuenta.
El chico en la pista tenía la postura de alguien acostumbrado a ser observado.
Incluso cuando estaba quieto.
Sus hombros estaban relajados, pero había una tensión invisible en su cuerpo, como si siempre estuviera preparado para moverse.
Ramé lo reconoció después de unos segundos.
Meraki Takahashi.
Había visto videos de sus competencias.
Todo el mundo los había visto.
Era el patinador que había aparecido casi de la nada en el circuito internacional hacía unos años.
Silencioso.
Impecable.
Imposible de leer.
Ramé intentó concentrarse en su propio entrenamiento.
Comenzó con algunos deslizamientos básicos.
Respiró profundamente.
El hielo estaba más frío de lo normal a esa hora.
Tomó impulso para un salto.
Giró.
Aterrizó mal.
Sus patines resbalaron y terminó sentada en el hielo.
Ramé se quedó quieta durante un segundo.
Luego empezó a reír.
No era la primera vez que caía.
Ni sería la última.
Se levantó rápidamente.
Cuando levantó la mirada, Meraki la estaba observando.
Su expresión no mostraba absolutamente nada.
Ramé sintió una ligera vergüenza.
—Lo siento —dijo—. Soy un poco torpe por las mañanas.
Silencio.
Meraki habló finalmente.
—No eres torpe.
Ramé parpadeó.
—¿No?
—Tu entrada al salto fue mala.
Ramé pensó en eso un momento.
—Ah.
Sí.
Eso tenía sentido.
Se acercó un poco.
—¿Podrías mostrarme?
Meraki la miró como si estuviera evaluando la idea.
Luego se impulsó suavemente sobre el hielo.
Repitió el movimiento.
Su salto fue perfecto.
Ramé lo observó con fascinación.
Cuando aterrizó, sus cuchillas apenas hicieron ruido.
—Eso fue increíble.
Meraki no respondió.
Pero antes de alejarse dijo:
—Mantén el eje del cuerpo más alto.
Ramé sonrió.
Era un consejo simple.
Pero era el primero que él le había dado.