Las mañanas empezaron a repetirse.
Ramé llegaba a la pista antes de que amaneciera.
Y Meraki ya estaba ahí.
Nunca hablaban demasiado.
Pero algo empezó a formarse entre ellos.
No era exactamente amistad.
Era más bien una especie de rutina compartida.
Ramé entrenaba.
Meraki entrenaba.
A veces intercambiaban una frase.
A veces no.
Una mañana Ramé llegó con dos cafés.
Los dejó en la banca.
—Compré uno extra —dijo—. Por si quieres.
Meraki no respondió.
Ramé se encogió de hombros y comenzó a practicar.
Diez minutos después, Meraki pasó cerca de la banca.
Tomó el café.
No dijo gracias.
Pero Ramé lo vio hacerlo.
Y sonrió para sí misma.