Ramé estaba practicando un salto más complicado de lo normal.
Había fallado varias veces.
Meraki la observaba desde el otro lado de la pista.
Ella tomó impulso nuevamente.
Saltó.
Aterrizó mal.
Su tobillo se dobló.
Ramé perdió el equilibrio.
Antes de que tocara el hielo, una mano la sostuvo.
Meraki.
Su agarre era firme.
—No apoyes el peso todavía.
Ramé lo miró sorprendida.
—Estoy bien.
Meraki no parecía convencido.
La ayudó a deslizarse hasta la banca.
Ramé se sentó.
—Pensé que no te agradaba nadie.
Meraki respondió con calma:
—No me agrada nadie.
Ramé se rió.
—Entonces soy una excepción.
Meraki no respondió.
Pero tampoco se fue.