El amanecer aún no había llegado.
El cielo detrás de las ventanas altas del complejo deportivo era de un azul oscuro, casi negro, y las luces blancas del techo iluminaban la pista con una claridad artificial que hacía que el hielo pareciera infinito.
Meraki Takahashi ya estaba allí.
Como siempre.
Cinco de la mañana.
Era una costumbre que nadie le había pedido que tuviera, pero que su cuerpo había adoptado como una necesidad. Despertaba antes de que sonara la alarma. Antes incluso de que la ciudad comenzara a respirar.
Había aprendido que las primeras horas del día eran las únicas que verdaderamente le pertenecían.
Sin entrenadores.
Sin periodistas.
Sin competidores.
Sin preguntas.
El hielo estaba recién pulido cuando llegó.
La superficie blanca reflejaba las luces del techo como si fuera un espejo congelado.
Meraki comenzó a calentar.
Primero movimientos lentos.
Deslizamientos largos para despertar los músculos.
Después giros.
Saltos cortos.
Todo era preciso.
Controlado.
Eficiente.
Cada movimiento tenía un propósito claro.
Había entrenado su cuerpo para eliminar cualquier gesto innecesario.
El patinaje artístico, al menos en la forma en que él lo practicaba, no era emoción.
Era cálculo.
Ángulos.
Velocidad.
Fuerza.
Ganaba competencias porque su técnica era perfecta.
Porque su disciplina era brutal.
Porque no dejaba espacio para errores.
Ni para sentimientos.
Después de cuarenta minutos de entrenamiento continuo, Meraki se detuvo cerca del centro de la pista.
Respiraba con calma, aunque su cuerpo estaba caliente por el esfuerzo.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas.
Entonces escuchó el sonido.
La puerta metálica del pasillo que llevaba a la pista se abrió lentamente.
Meraki frunció el ceño.
Era temprano incluso para Ramé.
Se incorporó.
La figura apareció en la entrada unos segundos después.
Ramé Laurent caminó hacia la pista con el mismo bolso deportivo que siempre llevaba.
Parecía adormilada.
Su cabello oscuro estaba recogido en un moño desordenado que dejaba escapar varios mechones alrededor de su rostro.
Llevaba una sudadera grande, probablemente varias tallas más grande que ella, que le cubría hasta la mitad de los muslos.
Meraki pensó que ella lo vería de inmediato.
Pero Ramé no levantó la mirada.
Caminó hasta la barandilla de la pista, dejó su bolso y comenzó a prepararse como si estuviera completamente sola.
Meraki permaneció en silencio.
No sabía exactamente por qué no anunció su presencia.
Tal vez porque estaba curioso.
Tal vez porque quería ver qué hacía cuando creía que nadie la observaba.
Ramé se quitó la sudadera.
Debajo llevaba un vestido de entrenamiento sencillo de color crema.
Sus brazos eran delgados, pero fuertes.
Se deslizó hacia el hielo con suavidad.
Durante unos segundos permaneció quieta.
Sus patines trazaron un pequeño círculo en el hielo mientras respiraba profundamente.
Meraki supuso que comenzaría con ejercicios de calentamiento.
Pero no lo hizo.
Ramé cerró los ojos.
Y entonces levantó los brazos lentamente.
El primer movimiento fue tan delicado que Meraki tardó un instante en entender lo que estaba viendo.
No estaba patinando.
Estaba bailando.
No era un programa de patinaje artístico.
No había saltos.
No había secuencias técnicas.
Solo movimiento.
Su cuerpo se inclinó hacia adelante con elegancia natural.
Sus brazos dibujaron una curva suave en el aire mientras su pierna derecha se extendía detrás de ella en una línea perfecta.
Meraki sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.
Ese movimiento.
Lo conocía demasiado bien.
Ramé giró lentamente sobre el hielo.
Su espalda permanecía recta.
Su cabeza ligeramente inclinada.
Sus manos se movían con una delicadeza que no parecía ensayada.
Era instintiva.
Orgánica.
Ballet.
La palabra apareció en la mente de Meraki con una claridad dolorosa.
Se quedó completamente inmóvil.
Observándola.
Cada gesto que hacía era un recordatorio de un mundo que él había enterrado profundamente dentro de sí mismo.
El movimiento de sus pies.
La forma en que transfería el peso del cuerpo.
Incluso la manera en que inclinaba la cabeza después de un giro.
Era ballet adaptado al hielo.
Pero no parecía consciente de ello.
No había precisión técnica exagerada.
No había rigidez.
Era simplemente… expresión.
Ramé giró nuevamente.
Esta vez más rápido.
Su vestido se movió ligeramente con el impulso.
Se detuvo en una arabesque perfecta.
Meraki sintió una presión incómoda en el pecho.
Recordó algo que no había recordado en años.
Un estudio de danza en Tokio.
Las ventanas abiertas.
El sonido de un piano practicando escalas.
La voz de su instructor corrigiendo la postura de los bailarines.
—La danza no es fuerza, Meraki. Es intención.
Apretó la mandíbula.
Ramé terminó el movimiento con una pequeña risa.
Era una risa tranquila.
Casi infantil.
Como si estuviera disfrutando el simple hecho de moverse.
No estaba practicando para competir.
No estaba pensando en jueces.
Ni en puntuaciones.
Estaba patinando porque quería hacerlo.
Meraki sintió una emoción incómoda subir lentamente dentro de él.
Irritación.
Celos.
Confusión.
Porque ella hacía algo que él ya no podía permitirse.
Sentir.
Ramé se impulsó nuevamente.
Comenzó una serie de giros suaves que parecían formar parte de una coreografía invisible.
Sus movimientos eran libres.