Durante los días siguientes, Meraki Takahashi comenzó a llegar a la pista aún más temprano.
No se lo propuso conscientemente.
No fue una decisión tomada con claridad.
Simplemente ocurrió.
El despertador seguía sonando a las cinco de la mañana, pero ahora Meraki abría los ojos unos minutos antes. Permanecía acostado mirando el techo oscuro de su habitación durante unos segundos, escuchando el silencio del edificio.
Luego se levantaba.
Sin pensarlo demasiado.
Se vestía con la misma ropa de entrenamiento de siempre: pantalones negros, camiseta térmica oscura y una chaqueta ligera.
Salía del apartamento cuando la ciudad aún estaba sumida en la madrugada.
Las calles estaban vacías.
Las luces de los semáforos cambiaban de color para nadie.
El aire frío de la mañana le despejaba la mente mientras caminaba hacia el complejo deportivo.
Era una rutina que había repetido miles de veces.
Pero ahora había una diferencia.
Una pequeña diferencia que Meraki no estaba dispuesto a analizar demasiado.
Cuando llegaba a la pista, no comenzaba a entrenar de inmediato.
Primero miraba la puerta.
Solo durante un segundo.
Luego se dirigía al hielo.
Entrenaba.
Saltos.
Giros.
Secuencias.
Movimientos repetidos con precisión mecánica.
Sin embargo, una parte de su atención permanecía siempre alerta.
Esperando.
Y eso lo irritaba profundamente.
Meraki no esperaba a nadie.
Nunca.
Había pasado años enseñándose a sí mismo a no necesitar la presencia de otras personas.
Porque cuando dependes de alguien, también le das el poder de destruirte.
Eso lo había aprendido demasiado bien.
Aun así…
El tercer día después de haber visto a Ramé bailar, Meraki llegó a la pista a las cuatro y media de la mañana.
El hielo estaba completamente vacío.
El complejo deportivo estaba silencioso.
Demasiado silencioso.
Meraki comenzó su calentamiento habitual.
Pero el tiempo parecía moverse con una lentitud irritante.
Saltó.
Aterrizó.
Repitió el movimiento.
El reloj en la pared marcaba las 4:52.
Se impulsó nuevamente sobre el hielo.
4:56.
Giró.
Aterrizó.
5:01.
La puerta metálica del pasillo se abrió.
Meraki no miró inmediatamente.
Continuó su movimiento.
Pero su atención estaba completamente concentrada en el sonido.
Pasos suaves.
El roce de una bolsa deportiva.
Y entonces la voz.
—Pensé que hoy llegaría antes que tú.
Meraki se giró lentamente.
Ramé Laurent estaba de pie cerca de la barandilla, quitándose la bufanda que llevaba alrededor del cuello.
Su cabello oscuro estaba recogido de la misma manera desordenada de siempre, aunque algunos mechones sueltos caían sobre sus mejillas rosadas por el frío.
Sonreía.
Como si encontrarlo allí fuera algo completamente normal.
—Hoy lo hiciste —respondió Meraki.
Ramé levantó una ceja.
—¿Ah sí?
—Llegué antes.
Ramé lo observó durante un segundo.
Luego rió suavemente.
—Eso suena como si fuera una competencia.
Meraki no respondió.
Ramé dejó su bolso sobre la banca y comenzó a prepararse para entrar al hielo.
Esta vez no parecía nerviosa por su presencia.
Era una diferencia pequeña, pero Meraki la notó de inmediato.
La primera vez que la había visto bailar, Ramé parecía avergonzada cuando descubrió que él la estaba observando.
Ahora no.
Simplemente actuaba como si fuera natural compartir ese espacio con él.
Se quitó la sudadera.
Entró al hielo.
Durante unos segundos permaneció quieta.
Meraki sabía lo que iba a hacer.
Lo sabía incluso antes de que levantara los brazos.
Ramé comenzó a bailar.
No había música.
Solo el sonido suave de sus patines sobre el hielo.
Sus movimientos eran tan ligeros que parecían no ejercer peso sobre la superficie.
Giró lentamente.
Sus brazos describieron un arco elegante en el aire.
Meraki se apoyó contra la barandilla sin darse cuenta.
Observándola.
Intentó convencerse de que solo estaba analizando su técnica.
Que estaba evaluando la forma en que transfería su peso.
El ángulo de sus giros.
Pero sabía que no era cierto.
Había algo más.
Algo que no podía reducirse a técnica o disciplina.
Ramé se movía como alguien que no estaba pensando.
Como alguien que simplemente sentía.
Y eso era algo que Meraki había olvidado cómo hacer.
Cuando Ramé terminó el movimiento, se dio cuenta de que él la estaba observando otra vez.
Esta vez no se sonrojó.
Simplemente se acercó patinando.
—¿Estaba muy mal?
Meraki frunció el ceño.
—¿Por qué estaría mal?
Ramé se encogió ligeramente de hombros.
—Porque tú siempre encuentras algo que corregir.
Meraki la miró durante un momento.
—Tus pies están demasiado relajados en el giro.
Ramé sonrió.
—Lo sabía.
—Pero funciona —añadió Meraki.
Ramé parpadeó.
—¿Eso fue… un cumplido?
Meraki se impulsó sobre el hielo sin responder.
Ramé lo siguió.
—Creo que sí lo fue.
Meraki comenzó a practicar una secuencia de giros.
Ramé lo observó durante un momento antes de intentar imitar el movimiento.
No salió bien.
Su equilibrio falló y tuvo que extender los brazos para no caer.
Meraki suspiró.
—Estás entrando demasiado rápido.
Ramé lo miró.
—¿Puedes mostrarme?
Meraki dudó durante un segundo.
Luego repitió el movimiento lentamente.
Esta vez exageró cada paso para que pudiera observarlo.
Ramé intentó nuevamente.
Esta vez lo logró.
Cuando terminó, levantó los brazos en señal de victoria.
—¡Lo hice!
Meraki la observó.
Había visto a muchos atletas mejorar con entrenamiento.