Las mañanas en la pista habían cambiado.
No de forma evidente.
Nada espectacular había ocurrido. Nadie lo habría notado si mirara desde afuera.
Pero Meraki lo sentía.
La rutina seguía siendo la misma: llegar antes del amanecer, entrenar en silencio, repetir cada movimiento hasta que su cuerpo lo ejecutara con precisión absoluta.
Sin embargo, ahora había otra presencia en el hielo.
Ramé Laurent.
Y aunque Meraki jamás lo admitiría en voz alta, su presencia había alterado algo en la atmósfera de esas madrugadas.
El silencio ya no era tan pesado.
Aquella mañana el frío era más intenso que de costumbre.
Las ventanas del complejo deportivo estaban empañadas por la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior. Afuera, el cielo apenas comenzaba a aclararse con una franja gris azulada en el horizonte.
Meraki estaba terminando su calentamiento cuando Ramé apareció por la puerta.
Entró con pasos rápidos, frotándose las manos.
—Hace demasiado frío hoy —dijo mientras dejaba su bolso en la banca.
Meraki no respondió de inmediato.
Estaba practicando una serie de saltos.
Tomó impulso.
Saltó.
Giró en el aire.
Aterrizó con precisión perfecta.
Ramé lo observó con los ojos muy abiertos.
—Eso fue increíble.
Meraki deslizó sus patines hasta detenerse.
—Es entrenamiento.
Ramé negó con la cabeza.
—No, eso fue arte.
Meraki frunció ligeramente el ceño.
No le gustaba esa palabra.
Arte.
La asociaba con algo que había perdido.
Ramé entró al hielo con cuidado.
Durante unos minutos ambos entrenaron en silencio.
Meraki ejecutaba secuencias complejas de saltos y giros.
Ramé practicaba combinaciones más simples, aunque con un estilo que siempre parecía más libre.
Después de varios intentos fallidos de un salto doble, Ramé se detuvo frente a él.
—¿Puedes mostrarme otra vez?
Meraki suspiró.
Pero repitió el movimiento.
Lo hizo lentamente esta vez.
Explicando cada parte.
—El impulso viene de aquí —dijo señalando la posición de su pie—. No del salto.
Ramé intentó imitarlo.
Saltó.
Giró.
Cayó.
De forma espectacular.
Resbaló hacia atrás y terminó sentada en el hielo.
El impacto produjo un sonido seco.
Ramé se quedó quieta durante un segundo.
Luego comenzó a reír.
No una risa tímida.
Una risa abierta.
Despreocupada.
Meraki la observó en silencio.
La mayoría de los atletas reaccionaban a las caídas con frustración.
Golpeaban el hielo.
Maldiciones.
Ira.
Ramé simplemente reía.
—Eso fue terrible —dijo entre risas.
Meraki extendió una mano para ayudarla a levantarse.
—Tu eje estaba torcido.
Ramé aceptó su ayuda.
—Sí, definitivamente estaba torcido.
Se levantó.
Intentó sacudirse el hielo de la espalda.
Pero parte del hielo quedó atrapado en la tela de su vestido.
Intentó alcanzarlo girando el brazo detrás de su espalda.
No pudo.
Intentó otra vez.
Se giró más.
Casi perdió el equilibrio.
Meraki la observaba con una expresión neutral.
Ramé seguía intentando alcanzar el hielo.
—Creo que estoy atrapada —murmuró.
Intentó nuevamente.
Giró demasiado.
Sus pies resbalaron.
Y volvió a caer.
Esta vez de lado.
El sonido fue aún más ridículo.
Ramé quedó acostada en el hielo mirando el techo.
Silencio.
Luego habló.
—Creo que el hielo me odia.
Meraki la miró durante unos segundos.
Y algo inesperado ocurrió.
Primero fue apenas un gesto.
Una pequeña curvatura en la esquina de sus labios.
Luego un sonido muy suave escapó de su garganta.
Una risa.
Muy breve.
Pero real.
Ramé levantó la cabeza.
—¿Te estás riendo?
Meraki inmediatamente recuperó su expresión habitual.
—No.
Ramé lo miró con sospecha.
—Sí lo hiciste.
Meraki se giró.
—Levántate.
Ramé se sentó lentamente.
—Acabas de reírte.
Meraki extendió la mano para ayudarla.
—No fue una risa.
Ramé aceptó su ayuda.
—Fue una risa.
Meraki la soltó una vez que estuvo de pie.
—Fue una reacción involuntaria.
Ramé lo miró con una sonrisa enorme.
—¡Eso significa que puedo hacerte reír!
Meraki suspiró.
—No lo intentes.
Ramé cruzó los brazos.
—Ahora definitivamente lo intentaré.
Meraki negó con la cabeza.
Pero cuando Ramé volvió a intentar el salto y cayó nuevamente de una manera aún más torpe, la pequeña sonrisa regresó.
Esta vez no logró ocultarla completamente.
Ramé lo vio.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Lo hiciste otra vez!
Meraki apartó la mirada.
Pero algo dentro de él se había relajado.
Un poco.
Después de varios intentos más, Ramé finalmente logró aterrizar el salto correctamente.
Se quedó quieta durante un segundo.
Luego levantó los brazos como si hubiera ganado una competencia olímpica.
—¡Lo logré!
Meraki asintió ligeramente.
—Estuvo mejor.
Ramé se acercó patinando.
—¿Solo mejor?
Meraki la miró.
—Mucho mejor.
Ramé sonrió con satisfacción.
Patinaron en silencio durante varios minutos más.
El cielo afuera comenzaba a aclararse lentamente.
Una luz suave atravesaba las ventanas altas del complejo.
Ramé se detuvo cerca de la barandilla.
—¿Sabes algo curioso?
Meraki se apoyó en la barandilla también.
—¿Qué?
Ramé observó la pista.
—Cuando patino contigo aquí… no me siento tan nerviosa.
Meraki no respondió.
Ramé continuó.
—Antes siempre tenía miedo de equivocarme.
Miró el hielo.
—Pero contigo aquí… siento que puedo intentarlo otra vez.