El invierno había comenzado a asentarse con fuerza en la ciudad.
Las mañanas eran más oscuras.
Más silenciosas.
El hielo de la pista parecía aún más frío cuando Meraki llegaba antes del amanecer.
Durante años, esa frialdad le había resultado reconfortante.
El hielo no juzgaba.
No preguntaba.
No traicionaba.
Simplemente estaba ahí.
Inmutable.
Pero últimamente algo había cambiado.
Las madrugadas ya no eran completamente silenciosas.
Siempre había un segundo par de patines deslizándose sobre la pista.
Ramé.
Aquella mañana el complejo deportivo estaba casi vacío.
Las luces del techo iluminaban la pista con un resplandor blanco y uniforme.
El eco de los patines resonaba suavemente contra las paredes.
Meraki estaba practicando una serie complicada de giros cuando escuchó el sonido de la puerta abrirse.
No necesitó mirar.
Ya sabía quién era.
Ramé apareció con su habitual bufanda gris enrollada alrededor del cuello.
Su cabello estaba húmedo, como si acabara de salir de la ducha apresuradamente.
—Hoy casi no llego —dijo mientras dejaba su bolso en la banca.
Meraki no respondió.
Terminó su secuencia de giros antes de detenerse cerca de la barandilla.
Ramé entró al hielo.
Durante unos minutos ambos entrenaron en silencio.
Pero Ramé parecía distraída.
Intentó un salto.
Falló.
Intentó otra vez.
Falló nuevamente.
Finalmente se detuvo frente a Meraki.
—¿Puedo preguntarte algo?
Meraki levantó la mirada.
—Depende.
Ramé inclinó la cabeza.
—¿Depende de qué?
—De la pregunta.
Ramé sonrió ligeramente.
Pero esta vez su sonrisa era más suave.
Más seria.
—¿Por qué patinas así?
Meraki frunció el ceño.
—¿Así cómo?
Ramé se impulsó lentamente sobre el hielo, colocándose frente a él.
—Como si estuvieras luchando contra algo.
El comentario lo tomó por sorpresa.
Meraki mantuvo la mirada fija en ella.
—Todos los atletas luchan contra algo.
Ramé negó suavemente con la cabeza.
—No es lo mismo.
Hizo una pequeña pausa.
—Cuando tú patinas… parece que estás peleando contra el hielo.
Meraki no respondió.
Ramé continuó.
—Pero cuando haces esos movimientos más suaves… —levantó ligeramente las manos para imitar un giro elegante— …parece que el hielo te pertenece.
Meraki sintió un pequeño nudo formarse en su pecho.
Esos movimientos.
Los que Ramé estaba describiendo.
No eran de patinaje artístico.
Eran movimientos de ballet.
Movimientos que su cuerpo aún recordaba aunque él intentara ignorarlos.
Ramé lo observaba con atención.
—¿Aprendiste a bailar antes de patinar?
La pregunta cayó en el aire entre ellos.
Durante un momento largo, Meraki no respondió.
El silencio se extendió sobre la pista.
Ramé parecía darse cuenta de que había tocado algo delicado.
—Si no quieres decirlo, está bien —añadió rápidamente.
Meraki miró el hielo bajo sus patines.
Había pasado años evitando esa pregunta.
Años construyendo un muro alrededor de su pasado.
Pero por alguna razón…
con Ramé frente a él…
las palabras parecían menos imposibles.
—Ballet —dijo finalmente.
Ramé parpadeó.
—¿Ballet?
Meraki asintió apenas.
—Antes.
Ramé lo miró con sorpresa genuina.
—Eso explica muchas cosas.
Meraki levantó una ceja.
—¿Como qué?
Ramé sonrió.
—Tu postura.
Señaló sus hombros.
—La forma en que usas los brazos.
Luego hizo un pequeño gesto con la mano.
—Y esos giros elegantes que haces cuando crees que nadie está mirando.
Meraki frunció el ceño.
—Siempre estás mirando.
Ramé se encogió de hombros.
—Es difícil no hacerlo.
Meraki apartó la mirada.
Ramé lo observó durante unos segundos.
Luego habló con cuidado.
—¿Por qué lo dejaste?
La pregunta era inevitable.
Meraki lo sabía.
Y sin embargo, escucharla en voz alta hizo que su cuerpo se tensara.
Durante un momento largo, el único sonido fue el leve crujido del hielo bajo sus patines.
Las imágenes aparecieron en su mente sin que pudiera detenerlas.
Un escenario iluminado.
El público.
La música.
La sensación de volar durante un salto perfecto.
Y luego…
las voces.
Las acusaciones.
La mirada decepcionada de su familia.
La traición.
Elias.
Meraki cerró los ojos brevemente.
Ramé lo observaba en silencio.
No había presión en su mirada.
Solo paciencia.
—Porque alguien decidió destruirlo —dijo Meraki finalmente.
Ramé no preguntó quién.
No preguntó cómo.
Simplemente escuchó.
Meraki continuó hablando sin mirarla.
—El ballet era todo.
Sus manos se cerraron ligeramente.
—Y luego… desapareció.
Ramé permaneció en silencio.
El hielo reflejaba la luz del techo como una superficie de cristal.
Después de un momento, Ramé habló suavemente.
—Lo siento.
Meraki levantó la mirada.
—No necesitas sentirlo.
Ramé negó con la cabeza.
—Sí.
Lo miró directamente.
—Porque sé lo que se siente perderlo todo.
Meraki frunció el ceño.
Ramé rara vez hablaba de su pasado.
Ella tomó una pequeña respiración.
—Mis padres murieron cuando tenía seis años.
Las palabras fueron dichas con una calma extraña.
Como si hubieran sido repetidas muchas veces en su vida.
—Un accidente de coche.
Meraki sintió algo moverse en su pecho.
Ramé miró el hielo.
—Después de eso… todo fue difícil durante mucho tiempo.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero mis tíos me cuidaron.
Meraki recordaba haber escuchado brevemente sobre ellos.