Maemuki

Capitulo 10 Donde la tierra respira y el silencio se vuelve hogar

El invierno aún dominaba la ciudad cuando Ramé mencionó por primera vez el viñedo.

Fue una mañana después del entrenamiento.

La pista estaba comenzando a llenarse con otros patinadores, entrenadores y el ruido habitual de las rutinas diarias. Aquellas horas tempranas —las que Meraki y Ramé habían convertido en su pequeño mundo silencioso— estaban llegando a su fin.

Ramé estaba sentada en la banca quitándose los patines.

Meraki terminaba de enrollar sus vendajes para los tobillos.

Durante unos segundos nadie habló.

El silencio entre ellos ya no era incómodo. Era simplemente… natural.

Entonces Ramé dijo, con aparente casualidad:

—¿Alguna vez has estado en un viñedo?

Meraki levantó la mirada lentamente.

—No.

Ramé asintió como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.

—Deberías venir al de mis tíos.

Meraki frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

Ramé se encogió de hombros mientras guardaba los patines en su bolso.

—Porque el invierno es la época más tranquila.

Luego añadió con una pequeña sonrisa:

—Y porque creo que necesitas salir de la pista de hielo de vez en cuando.

Meraki soltó una pequeña exhalación.

—Estoy bien aquí.

Ramé lo observó durante un momento.

—Sí, pero la vida no está hecha solo de hielo.

Meraki no respondió.

Ramé se puso de pie.

—Vendrás conmigo el domingo.

Meraki levantó una ceja.

—Eso no fue una invitación.

—Fue una decisión.

—No recuerdo haberte dado autoridad para tomar decisiones por mí.

Ramé sonrió.

—Entonces considéralo una sugerencia muy insistente.

Meraki no respondió.

Pero el domingo por la mañana…

estaba parado frente al automóvil de Ramé.

Ni siquiera estaba completamente seguro de por qué había aceptado.

Tal vez curiosidad.

Tal vez aburrimiento.

Tal vez algo más que aún no quería analizar.

Ramé llegó unos minutos después.

Llevaba un abrigo largo color crema y una bufanda azul oscuro.

Su cabello estaba recogido de forma descuidada, con varios mechones sueltos que el viento movía ligeramente.

Cuando lo vio, sonrió con genuina sorpresa.

—Pensé que ibas a cambiar de opinión.

Meraki abrió la puerta del pasajero.

—Aún puedo hacerlo.

Ramé negó con la cabeza mientras encendía el motor.

—Demasiado tarde.

El camino

La ciudad fue quedando atrás poco a poco.

Los edificios altos dieron paso a carreteras más abiertas.

Luego a colinas.

Después a campos.

El paisaje cambió gradualmente hasta convertirse en algo mucho más amplio.

Más silencioso.

Las hileras de viñedos comenzaron a aparecer a los lados del camino.

Filas ordenadas de plantas que parecían extenderse hasta el horizonte.

El invierno las había dejado desnudas.

Las ramas retorcidas se elevaban hacia el cielo gris como esculturas naturales.

Ramé conducía con tranquilidad.

—Cuando era niña odiaba venir aquí.

Meraki la miró.

—¿Por qué?

—Porque significaba que estaba lejos de la ciudad.

Sonrió suavemente.

—Ahora es el único lugar donde realmente me siento en paz.

Meraki observó el paisaje.

Había algo en ese lugar.

Algo… tranquilo.

Algo que hacía que el aire pareciera más limpio.

Después de unos minutos más, Ramé giró hacia un camino de tierra.

El automóvil avanzó lentamente.

Y entonces Meraki lo vio.

La granja y el viñedo

La propiedad era extensa.

Mucho más grande de lo que Meraki había imaginado.

El viñedo se extendía en colinas suaves cubriendo una enorme superficie de tierra.

En el centro de la propiedad había una casa grande de piedra clara.

No era una mansión ostentosa.

Pero tenía una elegancia antigua.

Las ventanas amplias reflejaban la luz del invierno.

Cerca de la casa había un granero de madera roja y varios árboles viejos que parecían haber estado allí durante décadas.

Ramé estacionó el automóvil.

—Bienvenido.

Meraki salió del vehículo.

El aire era diferente.

Más fresco.

Más vivo.

Se escuchaban sonidos lejanos de animales de granja.

Y el viento moviendo suavemente las ramas de las vides.

La puerta principal de la casa se abrió.

Dos hombres salieron al porche.

Ramé sonrió inmediatamente.

—¡Tíos!

Corrió hacia ellos.

El primero era alto y delgado, con cabello plateado recogido en una pequeña cola baja.

Tenía una presencia elegante.

Sus movimientos eran suaves, casi coreografiados.

El segundo era un poco más robusto, con barba corta y ojos cálidos que se arrugaban cuando sonreía.

Ambos irradiaban una especie de serenidad que Meraki no había visto en mucho tiempo.

Ramé abrazó primero al hombre de cabello plateado.

—Tío Laurent.

—Pequeña estrella —respondió él con una sonrisa suave.

Luego abrazó al otro.

—Tío Mateo.

Mateo la levantó del suelo con facilidad.

—Sigues siendo demasiado ligera.

Ramé rió.

—¡Bájame!

Cuando finalmente la soltaron, Ramé se giró hacia Meraki.

—Él es Meraki.

Los dos hombres lo observaron con curiosidad.

Pero no con juicio.

Simplemente… curiosidad.

Ramé continuó:

—Entrenamos juntos.

Laurent inclinó ligeramente la cabeza.

—Bienvenido a nuestra casa, Meraki.

Mateo extendió la mano.

—Cualquier amigo de Ramé es bienvenido aquí.

Meraki estrechó su mano.

El gesto era simple.

Pero algo en la forma en que lo dijeron…

sin reservas.

sin desconfianza.

lo tomó ligeramente por sorpresa.

Dentro de la casa

El interior de la casa era cálido.

La madera dominaba cada espacio: vigas en el techo, pisos antiguos, muebles robustos.




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