Maemuki

Capitulo 11 Donde las raíces se entrelazan

El silencio del campo no era como el silencio de la pista.

Meraki lo notó desde el momento en que salió de la casa después del almuerzo.

En la pista de hielo, el silencio era duro.

Frío.

Era un silencio que amplificaba cada error, cada pensamiento, cada recuerdo que uno trataba de ignorar.

Aquí, en cambio, el silencio era diferente.

Era amplio.

Respirable.

El viento movía suavemente las ramas desnudas de las vides. Las hileras se extendían por la colina como si alguien hubiera dibujado líneas perfectas sobre la tierra.

Ramé caminaba delante de él por el sendero de grava.

Sus botas hacían un sonido suave con cada paso.

—¿Te gusta? —preguntó sin voltear.

Meraki observó el paisaje antes de responder.

—Es tranquilo.

Ramé sonrió ligeramente.

—Eso es lo que dicen todos cuando no saben qué más decir.

Meraki no respondió.

Pero la verdad era que no encontraba palabras más precisas.

El lugar tenía algo difícil de explicar.

Una especie de calma profunda que parecía nacer de la tierra misma.

Ramé se detuvo cerca de una de las primeras hileras de viñedos.

Extendió la mano y tocó una de las ramas.

—En primavera todo esto se llena de hojas.

Señaló el horizonte.

—Y en verano… uvas.

Meraki observó las plantas con curiosidad.

—Nunca había visto un viñedo tan de cerca.

Ramé lo miró con una expresión divertida.

—Eso explica por qué estás caminando como si estuvieras en un museo.

Meraki frunció ligeramente el ceño.

—Estoy observando.

—Sí —respondió Ramé—. Como un científico.

Meraki iba a responder cuando escucharon pasos detrás de ellos.

Mateo apareció caminando desde el granero.

Llevaba una chaqueta gruesa y un sombrero de lana.

—Ahí están.

Ramé levantó la mano saludándolo.

—Le estoy enseñando el viñedo.

Mateo se acercó lentamente.

—Entonces aún no has visto lo mejor.

Ramé levantó una ceja.

—¿Qué es lo mejor?

Mateo sonrió.

—El viñedo no es lo importante.

Señaló la colina detrás de ellos.

—Lo importante es lo que hay arriba.

La colina

El camino hacia la cima era estrecho.

Las botas se hundían ligeramente en la tierra húmeda.

Meraki caminaba detrás de Ramé y Mateo mientras subían lentamente.

Desde esa altura el viñedo comenzaba a verse distinto.

Las hileras de plantas formaban patrones geométricos perfectos sobre la tierra.

Mateo habló mientras caminaban.

—Compramos esta propiedad hace veintidós años.

Ramé miró hacia atrás.

—¿Ya tanto tiempo?

Mateo asintió.

—Llegamos aquí cuando todo estaba… bastante roto.

Meraki comprendió a qué se refería.

La historia de los tíos de Ramé no era difícil de imaginar.

Dos bailarines famosos.

Cancelados.

Rechazados.

Mateo continuó con tranquilidad.

—El primer año fue terrible.

Ramé sonrió.

—Porque ninguno de ustedes sabía cultivar nada.

Mateo rió.

—Exactamente.

Laurent apareció detrás de ellos en el camino.

Había salido de la casa sin que se dieran cuenta.

—Las primeras vides murieron —dijo con una sonrisa irónica.

Ramé rió.

—¡Recuerdo eso!

Mateo señaló a Laurent.

—Este hombre intentó leer libros sobre agricultura como si fueran partituras.

Laurent levantó una ceja.

—Funcionó eventualmente.

Llegaron a la cima de la colina.

Y Meraki se detuvo.

Desde allí se podía ver toda la propiedad.

Las hileras del viñedo.

La casa de piedra.

El granero rojo.

Y más allá…

las montañas lejanas cubiertas por una ligera niebla invernal.

El viento soplaba suavemente.

Ramé se sentó sobre una roca.

—Cuando era niña venía aquí cuando estaba triste.

Mateo se sentó cerca de ella.

—Y llorabas durante horas.

Ramé lo miró con una expresión exageradamente ofendida.

—¡Eso es información privada!

Laurent sonrió suavemente.

—Siempre terminabas bailando.

Meraki levantó la mirada.

—¿Bailando?

Ramé se encogió de hombros.

—Cuando era pequeña hacía ballet.

Meraki la miró sorprendido.

—¿En serio?

Ramé asintió.

—Solo unos años.

Miró el horizonte.

—Pero después del accidente… ya no quise continuar.

El silencio volvió.

Laurent habló con voz suave.

—El ballet exige mucho del corazón.

Meraki entendía exactamente lo que quería decir.

Mateo se levantó lentamente.

—¿Sabes qué es lo curioso del vino?

Meraki lo miró.

—¿Qué?

Mateo señaló las vides.

—Estas plantas sufren para producir algo bueno.

Meraki frunció el ceño.

Mateo continuó:

—Si la tierra es demasiado perfecta… las uvas no desarrollan carácter.

Laurent añadió:

—Necesitan luchar un poco.

El viento movió ligeramente las ramas desnudas de las plantas.

Mateo miró a Meraki directamente.

—Las personas no son muy diferentes.

Meraki sostuvo su mirada.

Había algo en la forma en que hablaban.

No era consejo.

No era lástima.

Era… comprensión.

Algo que Meraki no había sentido desde hacía muchos años.

Ramé se puso de pie.

—Vamos.

Meraki levantó una ceja.

—¿A dónde?

Ramé sonrió.

—A mostrarte el lugar más importante de la casa.

Mateo suspiró.

—Ah.

Laurent sonrió.

—El granero.

El granero

El interior del granero era amplio.

La luz entraba por pequeñas ventanas altas, iluminando partículas de polvo suspendidas en el aire.

Había herramientas de trabajo.

Barriles de vino.

Cajas de madera.

Pero lo que Meraki notó primero…

fue el espacio abierto en el centro.

Un suelo de madera perfectamente pulido.

Mateo cruzó los brazos.




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